Amasar pan dice mucho de ti

No voy a esconder que este es un post publicitario. No me han pagado nada por él ni pienso recibir nada en premio más allá de la satisfacción de ver cómo una buena idea tira para arriba y consigue hacerse realidad cada día. Como el pan.

Una de mis grandes frustraciones siempre ha sido el horno. Cocinar se me da bien, aunque lo que de verdad me gusta a mí es hacer bizcochos, magdalenas, pan. Porque a mí un desayuno con trocitos de bizcocho flotando en el café con leche me da aliento para todo el día, y una rebanada de pan con aceite a media mañana es capaz de insuflarme energía para seguir adelante hasta la siguiente parada. Y últimamente, no sé si os pasa a vosotros también, nada de lo que como sabe como solía saber. Ni los huevos fritos ni el pan con aceite ni las magdalenas. Proust en nuestros tiempos jamás hubiera escrito la escena famosa de En busca del tiempo perdido. Simplemente, los sabores ya no existen y no despiertan nada en nuestra memoria.

¿O sí?

Mi amiga María González me invitó hace unos días a amasar pan con ella en The Home Academy, la idea hecha realidad que ha puesto en marcha junto con dos amigas en Torrelodones.

Cuando nos presentamos al panadero, Alfredo Burgos, nos preguntó cuál era nuestra experiencia en el horno. Yo dije la mía: frustrante. Todo se me viene abajo y el pan queda duro como un madero. “A mí esto no se me da”, resumí. Me dio la harina más difícil (centeno) y me dijo que lo hacía para que me diera cuenta de cómo no era cierto que no se me diera bien hacer pan. Se me iba a dar bien hasta con la harina más difícil.

Explicó los distintos tipos de harina, cómo reaccionan cada uno y cuáles te piden más y menos agua. Nos contó cómo hacer masa madre y lo importante que es que la sal que echemos a la masa no tenga antiapelmazantes que evitan que la sal se apelotone como antiguamente pero impiden que la masa suba bien. Detalles así te dan claves sobre parámetros que desconocías, y te ayudan a hacer pan en casa sin desanimarte.

Tocar la harina, mezclarla con la levadura (a)morosamente con tus manos mientras charlas, dejar que se enrede en tus dedos, añadir el agua tibia con atención para no pasarte, no quedar corto. Y amasar, amasar sin miedo a ensuciar, a pringarte, amasar no con la Thermomix, sino con las manos desnudas y limpias, comprobando cómo esa masa viva huele a algo que hace mucho tiempo que no hueles pero de lo que tienes memoria.

Salí con mi pan bajo el brazo, entendiendo todo lo que había hecho y por qué hasta ese momento nunca había podido hacer pan. Salí con un pan oscuro pero no tanto como lo venden (porque el centeno no es tan negro como lo pintan, nunca mejor dicho) y que duró tierno y rico varios días. Aprendí que una piedra refractaria puede mejorar mucho un horno convencional, y que hay que calibrar el horno para saber realmente si la temperatura que dice que tiene ES la que dice que tiene… todo eso y mil detalles sobre harinas, alergias, sabores, soluciones a dudas que no eran mías y que nunca había tenido pero que otros compañeros de clase pusieron sobre la mesa de la cocina y para que Alfredo las contestara.

Me divertí como una niña.

Ya sé hacer pan.

Próximo taller de pan: sábado 9 de abril. Más info, aquí.

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Cómo evitar que te hagan un Blas de Lezo

La tentación era grande. Dar el nombre de un almirante español a un barco de la armada británica es la típica cosa que puede ponerle los dientes largos a cualquier español que  alardee de patriota.

Pero por dios, que no vengan por barlovento.

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“Ahí vienen. Por barlovento”1, debieron decir los ingleses cuando vieron a miles de usuarios de Forocoches troleando todos a una la web en la que la Royal Navy (en el momento de publicar esto, lleva horas hundida) proponía a los ciudadanos que votaran el mejor nombre para bautizar a un nuevo navío de investigación polar.

Básicamente, los forococheros han propuesto (y votado masivamente hasta llevarlo hasta el segundo puesto) el nombre de Blas de Lezo para este barco que estudiará los mares helados de los polos. Blas de Lezo fue, según ABC, un “almirante español cojo, tuerto y manco” que humilló a los ingleses en 1741, en la defensa de Cartagena de Indias.

Pero lo peor no ha sido el troleo a cuenta del marino vasco, apodado “mediohombre”, sino que un montón de gente ha propuesto nombres horribles y vergonzosos para ese barco, y el riesgo es que alguna idiotez llegue a ser la más votada. Así que la Royal Navy, una vez que ha visto las dimensiones de la crisis, ya ha dicho que sí, que voten ustedes lo que quieran pero que será el jefe del Consejo de Investigación de Medio Ambiente británico el que elija el nombre a lo Pérez-Reverte: como me dé la gana.

No hacía falta votar entonces, ni abrir una web específica, ni gasto alguno de esa índole. Se bautiza al barco en la intimidad y ya está. Pero no, ahora queremos dar visibilidad a lo que hacemos, y para ello es preciso contar con el cariño del público que a su vez necesita de la participación para sentirse querido, involucrado. El público lo que tiene es que a veces sale cabroncete… y además es global, así que puedes encontrate con troleos como el que nos ocupa. Y peores.

Durante el tiempo que estuve en Sepes, se decidió que una de las actuaciones urbanísticas residenciales en el suelo de un viejo cuartel no debería llevar el nombre de “cuartel de”, porque era eso: cuartelero. Sonaba belicoso, cerrado y hostil. Olía a zotal, a posguerra y a frío. Y aquello iba camino de ser un barrio con vida civil que merecía un nombre civil. Abrimos un concurso en Facebook para dar nombre al barrio. El nombre del barrio se elegiría sin trampa ni cartón: lo votarían sus futuros vecinos. Pero estaba muy fresco lo de John Cobra y Chikilicuatre,y tomamos una elemental precaución. Redactamos unas bases que fijaban dos etapas de concurso. Primera, recogería nombres por propuesta libre, pero eso sí, motivada: cada propuesta había de llevar una breve explicación sobre por qué ese nombre para ese barrio. Y de entre todas las propuestas, un jurado de Sepes elegiría las diez con mejor encaje en función de criterios que estaban especificados en las propias bases. La segunda fase sería someter esas diez propuestas a la votación democrática de todos los que quisieran participar. Y así se hizo.

Creo que es una solución sencilla, transparente y justa de convocar a la participación, hacer sentir a tu público comprometido con algo, y evitar que haya propuestas inadmisibles y soeces que te obliguen a recordar que el barco es tuyo y lo llamas como te da la gana. También impides que alguien más ingenioso que tú haga famoso a un marino cuya victoria casi nadie en este siglo recordaba, y vuelva a mojarte la oreja 275 años después.

Ahora sólo queda ver si, caso de ser Blas de Lezo el nombre más votado, la famosa flema británica admitiría con elegancia la victoria y daría el nombre de este militar a uno de sus barcos. Podrían dar así muestra de elegancia en la derrota y de paso recordar al mundo que se puede ser cojo, tuerto y manco y sin embargo tener lo que haga falta para asombrarnos a todos.

Por cierto, hablando de asombrar, aprovecho para dejar aquí el enorme corto de Javier Fesser y Teresa Perales. Me ha encantado. Esta mujer sí que es asombrosa.

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1 Esto sólo lo van a entender los que hayan leído Cabo Trafalgar, de Arturo Pérez-Reverte. Que por cierto estos días anda muy revolucionado retando a duelo a algunos tuiteros. Yo reconozco que no comparto muchas de sus opiniones, muchísimas diría yo. Pero si he de discutir con él, mejor en el bar de Lola que en Twitter, donde uno nunca cambia de opinión, al contrario: tiende uno a atrincherarse.

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Tiempos locos es bien

Estoy hablando por el Messenger de Facebook con mi amiga Elisa McCausland, y me ha dado el título para este post. Tiempos locos es bien.

Me refería a la locura de día que ha sido hoy la presentación de Perspectivas wellcomm en el centro de innovación BBVA, con la maravilla de crew que tienen Silvia Albert y Rosa Matías, y con todos los “colaboradores necesarios” en esta obra que he tenido el gusto de coordinar y disfrutar.

Tiempos locos es bien. Hasta hace poco, esa frase mal construida no habría sido entendida, pero las redes están cambiando el lenguaje mucho más a fondo de lo que creemos. No basta con incluir en nuestro vocabulario expresiones como emoticono o tuit. La universalización del uso de estas herramientas está cambiando nuestra forma de escribir, de leer, las frases hechas pueden ser -como en este caso- calcos del inglés o giros que proceden de las redes y que usamos en tono irónico, cómico o festivo. Si el lenguaje hace el pensamiento, cambiar el lenguaje ¿cómo afecta a nuestra percepción y a nuestra forma de ver la vida?

Las redes están cambiando la comunicación a gran velocidad pero también a gran profundidad, como digo. Ya no es que Twitter o Facebook o Instagram vayan a perdurar. Es la lógica que rige todas ellas la que va a perdurar y la que convendría que muchas empresas, organizaciones e instituciones interiorizaran lo antes posible para que no mueran de rigidez.

Ejemplos hay a diario pero hoy me detengo en uno porque es de hoy y es paradigmático: la Consejería de Sanidad de Madrid ha prohibido que en los pasillos de urgencias haya periodistas o políticos, para evitar filtraciones. Más allá de que un periodista o un político puede ser paciente de urgencias en cualquier momento, ¿han pensado que hoy cualquier paciente lleva un móvil con cámara, con grabadora, con redes sociales, y eso le convierte en testigo y medio a la vez?

Llevamos años hablando de transparencia y nos vienen con esas…

Pero es que esa es la realidad. Por eso es a veces tan duro y tan frustrante trabajar en comunicación. Es una profesión magnífica y creativa donde la curiosidad te lleva a leer y aprender cada día lo nuevo, lo último, lo que viene, estás obligado a ir por delante de las tendencias para anticipar estratégicamente a dónde vas a ir, qué elementos debes ir preparando. Y cuando eres el que está en el último berrido, llegas con él a tu organización, a tu empresa, a tu cliente y le muestras el futuro… él o ella no están preparados para la propuesta. Esa es la realidad.

Y esa realidad es la que hemos querido recoger en el Informe de Perspectivas wellcomm de Comunicación 2016. Mi empeño fue hacerlo paritario (que hubiera tantos expertos como expertas), y que mirara la comunicación desde otros puntos de vista: directivos, presidentes, lectores, influencers, clientes, pacientes, responsables de marketing, de RSC, de eventos, de otras áreas, para que nos viéramos a nosotros mismos como nos ven “los otros”.

Así ha salido este informe que no hubiera podido jamás hacer yo sola, y que es el fruto del trabajo y la reflexión de muchas personas. Es una visión poliédrica del estado de la comunicación en 2016, y de las tendencias que quizá lleguen a consolidarse. Querría pensar que esas tendencias encontrarán mentes arriesgadas que las abrazarán y las harán realidad, dándonos ejemplos creativos como este que he visto hoy y que me ha fascinado: En una sola acción, comunicación en vivo, branded content y RSC. Bravo.

Mientras tanto, consejos vendo: compañeros, compañeras, no dejéis que la realidad de instituciones, organizaciones y empresas os desanime u os haga pensar que estar en la avanzadilla es estar equivocados, que aprender nuevas cosas es perder el tiempo. No. Seguid siempre curioseando, no dejéis de investigar qué nueva tendencia puede ser útil para contar mejor y más rápido aquello que tenéis que contar. Siempre puede surgir la oportunidad de ser los primeros en hacer algo, y en todo caso, siempre podréis decir, llegado el momento: “Ya lo decía yo”.

No cabrían ni en mil posts las palabras de agradecimiento que tengo en mi corazón para quienes participaron en este informe wellcomm, para quienes hoy nos acompañaron en la presentación como público y como ponentes, y para quienes (Rosa, Silvia) me dieron la oportunidad de hacer uno de esos informes que, año tras año, he devorado para saber de qué iba a ir mi trabajo. También a los que no pudieron venir pero nos siguieron en streaming o en las redes o simplemente nos tuvieron en cuenta. Gracias, gracias, gracias.

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El hombre de hojalata

Hay tres cuentos que, para mí, son imprescindibles y que sin embargo les leemos poco a los niños y que leemos menos aún de mayores. Uno es Alicia en el país de las maravillas, otro El Principito (enlazo pdf) y el tercero es El Mago de Oz. Todos precisan una relectura adulta, por supuesto. Demasiado ricos en símbolos y poesía.

En El Mago de Oz, la pequeña Dorita recorre el camino de baldosas amarillas para llegar a la Ciudad Esmeralda, donde vive un mago que puede hacer que se cumplan sus deseos. Por el camino, se encuentra a un espantapájaros que quiere un cerebro inteligente; a un hombre de hojalata que pide un corazón; y a un león, que pide el valor y el coraje que no tiene. En el cuento, los cuatro consiguen llegar a la Ciudad Esmeralda donde el mago les encomienda peligrosas misiones, en las que los tres personajes secundarios logran demostrar que sí, que tenían cerebro, corazón y valor suficientes.

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Pedro Sánchez era para muchos un hombre de hojalata (“cartón-Pedro” le bautizaron en alguna redacción), un hombre con apostura pero sin valor; e incluso a veces, parecía sólo una sonrisa sin nada más detrás, en la sesera.

Veo desde hace semanas a Pedro Sánchez recorriendo el camino de baldosas amarillas que va de la Zarzuela a Moncloa pasando por la carrera de San Jerónimo, y veo que por el camino va ganando, no en apostura, que eso era ya difícil porque la verdad, es un guapo muy de libro (y lo sabe); sino en valor, en corazón y en inteligencia.

Valor para jugárselo todo a la carta de una investidura que es un triple salto mortal sin red sobre una piscina llena de ti-barones.

Corazón para dejar de ser ese hombre de sonrisa inefable y voz impostada (como bromeaba una amiga, “cuánto daño ha hecho el instituto Jaime Vera”) a quien era imposible creer por pluscuamperfecto.

Y la inteligencia para gestionar una situación en la que los demás sólo vemos sus posibilidades de perder o perder, perder contra los suyos o perder contra los otros.

La protagonista del cuento, Dorita, no consiguió hacer realidad sus deseos, como sí hicieron el espantapájaros, el león y el hombre de hojalata. Pero se tiró tras su perro desde un globo y se salvó de morir pensando muy fuerte que en ningún sitio se está como en casa.

Así, con un salto al vacío, logró su objetivo.

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La Navidad de los niños huérfanos

 

Feliz2016Estos días entrañables en los que todos esperamos y envolvemos regalos y adornamos las casas y las mesas, y celebramos y brindamos, no puedo dejar de pensar en las familias donde este año falta la madre porque la ha matado el padre, el marido, el ex marido, el novio, el que sea. Pienso en esos hijos, huérfanos de repente sin haber podido hacer nada, culpándose ya para siempre de no haberse interpuesto para salvar a la que lo daba todo, a la que más querían.

Me hacen llorar sus infantiles caras pensativas en Nochebuena, preguntándose qué celebran, dónde está su madre, qué estaría haciendo ahora si estuviera viva. Aún sólo intuyen pero no saben expresar la contradicción que les provoca celebrar esa glorificación de la familia heteronormativa y tradicional, la familia por defecto, la que reproducimos con mayor o menor éxito la inmensa mayoría de nosotros. Esa familia en la que ellos ya no vivirán más, en la que quizá nunca vivieron. Porque en las familias felices de los demás no se oyen gritos ni se esgrimen cuchillos ni martillos, ni restallan cinturones.

Pienso que en estos días muchas mujeres pondrán la sonrisa en la cena y brindarán pensando que quizá las cosas cambien, que otro año ha llegado viva a la Nochebuena y que quizá llegue viva también a la del año que viene.

Intento imaginar la tensión en esos hogares cuando en las noticias de la tele se escuchan los llantos de amigos y familiares de las mujeres asesinadas. Me pregunto si esas mujeres que aún viven (¿viven?) en una pesadilla de abusos y silencios se verán reflejadas ahí, en esas noticias. Intento imaginar esa sala de estar en la que almuerzan el futuro asesino y su víctima como si no pasara nada, y el aire se puede cortar, pesa como el plomo mientras él cambia de canal y ella piensa que cualquier día les tocará a sus vecinas salir llorando en la tele y contar lo buena persona que era, lo feliz que se la veía con sus niños, que lo eran todo para ella, que lo daba todo por ellos.

Quiero pensar que un puñado de esas mujeres no morirá en 2016 y logrará salir de ese infierno. Quiero pensar que los gritos traspasarán las paredes y los vecinos tendrán, tendremos valor para parar al maltratador y denunciarlo. Que las administraciones públicas se ocuparán de dar cobijo a las víctimas antes de que sea tarde, que los jueces y las juezas tendrán ojos para ver y oídos para escuchar. Que en las escuelas se enseñará a identificar patrones de conducta manipuladores, machistas y autoritarios. Que las niñas aprenderán a ser ciudadanas antes que mujeres. Que somos personas, todos y todas.

Pero sé que otro puñado de mujeres no lo logrará. Morirán asesinadas, quizá no puedan siquiera evitar morir delante de sus hijos y de sus hijas, ni ese último pudor se les respetará. Encontrarán el descanso, eso sí, quiero pensar que sí. Pero yo volveré a acordarme de todas ellas la próxima Navidad.

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