Archivos Mensuales: diciembre 2012

Campanadas en Sol: lo que nadie cuenta

Foto: Tomás Fano (Flickr)

Foto: Tomás Fano (Flickr)

En 1996, Vicente Rodríguez, un funcionario municipal, mayor, enjuto, callado pero cordial, era el relojero de cabecera de la Puerta del Sol. Llevaba 20 años viviendo con la maquinaria del legendario artefacto, del que conocía cada una de sus manías. Cada uno de sus sonidos y cada uno de sus engranajes.

Había sufrido como un perro cada tropiezo de aquellas piezas antiquísimas, de nombres tan extraños para los profanos como los de las herramientas de un carpintero o de un marinero: venterol, áncora, sonería, cañón. Sufrió especialmente cuando en 1991, un electricista de Televisión Española dañó varias piezas del mecanismo al colocar unos focos mediante gatos apoyados en los contrapesos del reloj, parando las manecillas un día antes de la Nochevieja en las siete de la tarde. Vicente Rodríguez se llevó a su casa las piezas, que habían resultado gravemente dañadas, y pasó la noche arreglándolas para garantizar que 1992 empezara, como siempre, con las campanadas desde la Puerta del Sol.

Cuando años después, el Gobierno regional decidió remodelar el edificio de la Real Casa de Correos, las obras incluyeron la limpieza del reloj y su puesta a punto, trabajo que se encomendó a la casa Losada, de donde había salido el reloj en 1866. No puedo dejar de imaginar los celos profesionales que surgirían entonces entre el artesano y el “equipo de técnicos”, como llamaban a los Losada las fuentes oficiales.

El 31 de diciembre de 1996, los periodistas de Madrid hicimos el habitual reportaje de las doce campanadas de mediodía para los informativos de radios y televisiones. En aquella ocasión, habiéndose inaugurado la renovada maquinaria 15 días antes, las crónicas ponían especial énfasis en el reestreno del centenario mecanismo. Al escuchar las campanadas de mediodía, todos coincidimos en encontrar demasiado rápida la cadencia como para comer las uvas sin morir atragantados, y así se lo hicimos saber a Vicente Rodríguez, con legítima preocupación. Nos explicó que no pasaba nada, que haría como todos los años: colocaría unas palas en el venterol de manera que se ralentizara el ritmo de las campanadas, que durarían 34 segundos en lugar de los 18 habituales. Era lo que venía haciendo cada nochevieja en los 20 años que llevaba como relojero del reloj más famoso de España. Y todos nos fuimos a casa tan conformes, después de mandar nuestras crónicas.

Sin embargo, aquella noche cambiaría la vida de Vicente (y las de los Losada) para siempre.

Cuando, en las horas previas a la última noche del año, Vicente se disponía a modificar el mecanismo para que no se nos atragantaran las uvas de la suerte, debió de haber sus más y sus menos entre él y los Losada porque finalmente, Juan Blasco, arquitecto responsable de las obras de rehabilitación del edificio de Sol y por tanto, del éxito de las campanadas en su primer año de reestreno, prohibió manipular de ningún modo el mecanismo. Sus palabras textuales fueron, según recoge el ABC del 2 de enero de 1997, que se trataba de una operación “irrespetuosa y atrevida” de don Vicente, al que no acusó de hacerlo con mala fe, sino “con toda su buena voluntad y amor al reloj”. Calificó de “truco” la maniobra del viejo relojero y aseguró que “si don José Rodríguez Losada, creador del reloj, hubiera querido que las campanadas se hubieran dado más lentamente, así lo hubiera hecho”. Y ya que se le había calentado la boca, anunció que de ser necesario, el año siguiente se modificaría la maquinaria para no atragantarnos a todos: “Pero no con mecanismos caseros, sino con rigor profesional”. Acababa de despedir a un hombre y de adjudicar un contrato.

Un año después de aquellos sucesos, Pedro Izquierdo, maestro relojero que siempre sospechó motivos económicos y políticos tras lo ocurrido, organizó un homenaje a Vicente Rodríguez por su dedicación en favor de la relojería monumental.

Desde entonces, en las vísperas de Nochevieja, son los Losada quienes salen en la tele.

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El Empleo

Fotograma del corto El Empleo, de Santiago Bou

Fotograma del corto El Empleo, de Santiago Bou

Hace como un año vi este cortometraje de animación y me conmocionó. Muchos ya lo habréis visto, pero a quienes no lo conocéis, os recomiendo verlo hasta el final, hasta después de los títulos de crédito.

Tiene muchas lecturas, muy interesantes. Pero para mí, explica cómo estamos ahora. Y diréis: “Exagerada, es una metáfora. Es una visión apocalíptica de hacia dónde vamos, pero no estamos así”. Yo creo que sí. Estamos así desde el momento en que pusimos el empleo por encima de cualquier otra prioridad, de cualquier otro valor. Se ha convertido en un valor absoluto. Como la Paz, la Justicia, la Libertad. El Empleo.

Esto me lleva a preguntarme cuántas más cosas estamos dispuestos a vender por un empleo. Hasta hace poco, uno vendía su trabajo y su tiempo -el de estar con su familia, el de ver crecer a sus hijos- a cambio de dinero, el salario. Sacrificaba muchas horas del día, más de las ocho recomendables, seguro, pero eso le permitía tener unos ingresos con los que disfrutar del resto de sus horas, y de su vida, de sus amigos y su familia, de sus aficiones. Además, si tu trabajo te gustaba -a mí me pasaba eso, siempre he trabajado en lo que me ha gustado- te reportaba otros beneficios que no eran económicos pero sí personales, sociales y afectivos.

De pronto, empezaron a ir mal las cosas. A la gente la echaban de su trabajo y no encontraba otro. Escuchabas historias de gente que iba a la fábrica, o a la redacción, día tras día, a hacer su trabajo, aunque llevaban meses sin cobrar. Se desencadenó un proceso de psicosis colectiva en el que empezaron a escucharse frases como “no voy a quejarme; al menos, tengo trabajo”, “no me pagan, pero si dejo de ir a trabajar no cobraremos los atrasos en la vida”, o “han echado a siete, y los tres que quedamos trabajamos como mulas y sin rechistar, no vayamos a correr la misma suerte”. Y el consabido: “Si no lo haces tú, en la calle hay gente que lo hará y por mucho menos”.

Las redes sociales aliñaron esto y en alguna ocasión hubo quien me dijo que tuviera cuidado con lo que tuiteaba. Ahora, que trabajo por mi cuenta, también hay quien me dice que si digo lo que pienso, nunca encontraré trabajo. Y también he empezado a morderme la lengua, lo confieso.

A cambio de un sueldo, ¿cuántas cosas estamos vendiendo, además del trabajo? ¿A cuántas libertades estamos dispuestos a renunciar por aferrarnos a un empleo? ¿A qué parte de nuestra dignidad? ¿Qué amistades “peligrosas” dejaremos de frecuentar en la cafetería para que nadie piense que simpatizamos con el comité, o con ese compañero que ha denunciado a la empresa? ¿Qué opiniones dejaremos de dar, no sea que nos señalemos? ¿Qué precio estamos dispuestos a pagar por un empleo? Porque os recuerdo que por un empleo se cobra, no se paga.

Y ¿cómo se llega a la situación del vídeo? Por el miedo.

Hay valores que nunca deberían serlo. El empleo es uno de ellos.

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Brindis al sol

Brindis al sol

Permitidme un brindis. Al sol, sí, como los lunes de demasiada gente. Pero un brindis.
Por que éste sea el año en que los contenidos salven a los periodistas del hambre.
Por un año en que volvamos a beber de esas fuentes a las que nunca debimos dejar de ir.
Por un año en que volvamos a contar lo que pasa en la calle, honestamente, y porque volvamos a tener dónde contarlas.
Por un año en que #GratisNoTrabajo y ustedes me perdonen, pero para hacerlo gratis, que no cuenten conmigo.
Por un año de gracia, de tregua: sin EREs, sin despidos, sin desahucios, sin muertos de hambre ni de desesperación.
Por un año más de aliento. Y de amor.
Salud.

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Perdido y encontrado (Lost and found)

Imagen de Robert Davies/sxc.hu

Imagen de Robert Davies/sxc.hu

Hace algunos años, cuando trabajaba en la Agencia EFE, en la sección local de Madrid, hice el consabidísimo reportaje sobre los enseres depositados en la Oficina de Objetos Perdidos del Ayuntamiento de la capital. Estas oficinas, en el mundo anglosajón, tienen el mucho más esperanzador nombre de Lost and Found, perdido y encontrado.

A veces, hay personas a las que uno pierde el rastro aunque periódicamente las recuerda y se pregunta qué será de ellas. Es el caso de Rodolfo Serrano, con quien recientemente me reencontré en Twitter. Con él tengo una curiosa deuda que Rodolfo sin duda desconoce y que voy a contar aquí.

Mi teletipo sobre los muchos objetos perdidos que dejó el año 2000 en las dependencias municipales se publicó en marzo de 2001, cuando el Ayuntamiento hizo el balance anual de la oficina encargada del asunto. La mía era una información aséptica, con sus cifras, con sus datos, todo muy formal, aunque por supuesto subrayaba algunos hallazgos cómicos, como una dentadura postiza, una caja de ostras o un consolador. El teletipo, copiado y pegado (mirad el año, la crisis del periodismo viene de aquella época, no es de ahora), salió en las páginas de información local de no pocos medios. Unos citaban la fuente (EFE) y otros no. Lo habitual.

Pero Rodolfo Serrano, en El País, hizo lo que podéis leer aquí y que os recomiendo leer.

No sólo citó la fuente dos veces, sino que lo hizo en un texto delicioso, cómico, lírico por momentos (véase el último párrafo), y todo ello sin dejar de hacer información. Sin dejar de hacer periodismo.

Aquél día aprendí muchas cosas. Y desde entonces, le estoy agradecida por lo mucho que me enseñó. Sin él saberlo.

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Mi profesor de Ética

Cuando pasé del colegio -de monjas- al instituto, tuve por primera vez la opción de elegir entre las materias de religión o ética. Recuerdo que en aquellas clases de BUP éramos como 30 o más, y sólo cinco o seis elegimos Ética como asignatura. Dábamos la clase en el despacho del jefe de Estudios, que se encargaba de impartir la materia a ese puñado de “raros” que no íbamos a clase de religión.

El despacho era relativamente amplio y el profesor tenía delante de su mesa dos sofás enfrentados, lo que, unido al escaso número de alumnos, permitía establecer debates sobre los asuntos que se daban en la asignatura. Éramos los únicos alumnos que dábamos clase en un sofá. Entonces no me daba cuenta pero aquellas discusiones sobre las libertades, los derechos, la pena de muerte, la guerra, la moral autoimpuesta, la legitimidad de determinados actos, cuestiones como el aborto o la eutanasia, la monarquía, la república, el trato a los animales, etc., me enseñaron a pensar. Años más tarde comprendí que habíamos gozado del mejor método de enseñanza, los diálogos. No hay utilidad mayor que la de aprender a pensar por ti mismo. Y lo aprendido mediante tu propia deducción no se olvida nunca.

Otra de las cosas que he de agradecer a aquel profesor de Ética cuyo nombre no recuerdo es que hiciera continuamente de abogado del diablo: argumentando contra nuestro mainstream ante cualquier asunto, nos enseñó que no siempre la corriente mayoritaria es la más justa, la más razonada, la mejor para todos. O al menos, no la única.

Hoy me he acordado de mi profesor de Ética de BUP. Creo que le debía este mísero homenaje por todo lo que me hizo crecer como persona.

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