Prejuicios

Una de las cosas que más me impresionó de Berlín fue el memorial del Holocausto. Un bosque de bloques de cemento, tan pequeños en el exterior que te puedes sentar sobre ellos. Te vas adentrando en ese bosque, y el suelo hace una suave vaguada de forma que sin darte cuenta, los bloques van siendo tan altos que llegan a sepultarte. Alcanzan más de tres, cuatro metros de altura, y ya no sabes salir del laberinto. Ya no ves sino cemento a tu alrededor.

Fuimos a visitar ese monumento y otros de la ciudad, y la guía que nos acompañó nos explicó que, para ella, esos bloques simbolizaban los prejuicios: pequeños al principio, crees que puedes dominarlos, pero poco a poco se van adueñando de tu capacidad de pensar, hasta que eres incapaz de distinguirlos del pensamiento racional y te dominan ellos a a ti.

    Memorial del Holocausto, monumento que la ciudad de Berlín levantó en memoria de los judíos asesinados por los nazis

Memorial del Holocausto, monumento que la ciudad de Berlín levantó en memoria de los judíos asesinados por los nazis

Yo tengo prejuicios, como todo el mundo.

La semana pasada fui a una tienda situada en el distrito de Salamanca, en Madrid, un pequeño comercio que lleva abierto toda la vida (más de 30 años para un comercio es toda la vida), a comprar un regalo a una amiga que cumplía años. Hablando con la dueña, una economista de cierta edad, me comentó su incertidumbre sobre cómo iría la campaña de Navidad. Yo le dije que, en esa zona, iría bien seguro: “Es que este barrio lo está pasando muy mal”, contestó. No pude evitar levantar la ceja con incredulidad y escepticismo, y más cuando en el barrio donde yo vivo se pasa hambre de verdad. Digo hambre de la de no poder dormir por la noche. ¡Y esta mujer se me estaba quejando, en un barrio tan bueno que nadie se saluda! Mis prejuicios.

Me contó que en esa parte del barrio situada entre las calles de Goya y O’Donnell, la población es muy mayor. Viven en casas confortables, tienen en general buenas pensiones, y pudieron dar a sus hijos buena educación. Por lo general, los hijos y los nietos de estas personas mayores estaban perfectamente integrados en el sistema, formaban parte de él, ganaban buenos sueldos  y se compraron casas. Casas grandes, en buenas zonas, en áreas residenciales donde un chalé podía llegar a costar, sin ser lo más, entre 600.000 euros y un millón. Los padres de esos chicos sanotes, con niños, con dos coches, con vacaciones en el mar, avalaron a sus hijos para poder hacer frente a hipotecas demenciales, confiando en que esos trabajos bien pagados y bien considerados nunca iban a faltar. El aval era la casa del padre, en la calle Fernán González, o en la calle Duque de Sesto, o en la calle de Menorca. Ahora, esos chicos sanotes han perdido el trabajo y el banco acecha. En muchos casos, el banco prefiere ejecutar el aval, dejando al padre, al abuelo, sin la casa en la que pensaba pasar sus días confortablemente sentado leyendo el ABC con las pantuflas de paño mientras esperaba la visita dominical de los nietos.

Según la dueña de la tienda, estas personas sufren ahora un estrés tremendo, una incertidumbre sobre el futuro que va a impedirles en muchos casos poder celebrar la Navidad con alegría y regalos, de forma muy parecida (a escala, insisto) a como va a ocurrir en los barrios de Madrid en los que se pasa hambre. (No es lo mismo, claro. Pero se ve que en todos sitios cuecen habas).

Esta es la manera en que los bancos actúan como asustaviejas para vaciar de gente mayor los barrios buenos, gente a la que expulsan por la vía inmobiliaria, quedándose con pisos que sí tienen buena salida a un mercado cada vez más pujante: el del lujo, el de la vivienda en la Milla de Oro, el del ático frente al Retiro.

También en ese barrio de gente bien -donde por cierto viví hasta que me casé, en una casa de protección oficial- hay abuelas que con su pensión mantienen a sus hijas, recién separadas, y a los nietos. Y que ahí están, ex funcionarias viudas que han pasado de vivir holgadamente a mantener ellas solas una familia de tres o cuatro.

Ayer, mi hijo mayor me hizo notar que, después de Reyes, sólo habría un día, el 7 de enero, para disfrutar de los regalos, porque el 8 ya es lectivo. Más de un padre y de una madre, cuando lo vea, se dirá: mejor así, porque para lo que te van a echar…

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2 pensamientos en “Prejuicios

  1. Iván AP. dice:

    A ver para cuando un monumento al Holocausto palestino, es decir a los niños y mujeres que caen bajo los escombros de las bombas del ejército terrorista del gobierno de Israel.

    Para entender un poco más la actual situación mental de la sUciedad actual… recomiendo “La ola”:

    http://m.youtube.com/watch?v=G-bJ-zpBXLc

    Saludos y enhorabuena por tu blog, es muy chulo.

    Iván AP.

  2. Teresa Amor dice:

    Gracias, Iván. Cómo me gustaría que nunca hubiera holocaustos de los que arrepentirnos. Los homenajes sirven de poco cuando el fruto de nuestro error es la muerte de inocentes. Es el error más irreversible de todos. Y ahí seguimos. Cometiéndolos una y otra vez. No aprendemos. Un abrazo.

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