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Yo confieso que me distraigo

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A menudo vemos que determinados acuerdos, decretos leyes o noticias sobre nuevos abusos al común de los mortales se aprueban en días en los que está programado un derby o un “clásico” de fútbol. Veo a muchos tuiteros, cuyo enorme compromiso social les avala, criticar a cuantos comentamos en Twitter el partido del momento, y el reproche que se nos hace es el de “nos quitan tal cosa, pero seguid viendo el fútbol”.

Me gusta el fútbol. Y la Fórmula 1. Soy deportista y me gusta seguir determinados deportes porque me divierte. Soy competitiva, soy del Atleti, y me parece que la F1 es uno de los espectáculos más brillantes que existen. Me gusta también leer, leer ficción quiero decir; ir a la ópera -no puedo ir desde hace años, es muy cara- y al teatro, y por supuesto, por encima de todas esas cosas, el cine. Me gustan los besos, los que nos damos y los que deseamos dar aunque no podamos darlos. Y disfruto de montar en bicicleta, jugar al pádel y patinar cuando puedo, disfruto de viajar. Todo eso, lo confieso, me distrae de estar todo el día en la calle con una pancarta, con una causa. Es verdad.

Me distraen los besos de mis hijos, sus tareas del colegio, me distraen mis amigos con sus cosas, las cervezas en el bar, y bailar. Y el sexo me distrae. Me distrae cocinar y comer bien, que me encanta aunque el estómago ya no me deje disfrutar de determinadas cosas. Me distrae aprender nuevas habilidades que puedan serme útiles en el futuro, también eso me distrae.

Pero ¿quiere eso decir que ignoro lo que está pasando? Es decir, si tuiteo sobre la posible venta de Falcao por parte del dúo prescrito que dirige el Atlético de Madrid sin legitimidad ni vergüenza, ¿estoy faltando a algún deber ciudadano? ¿Quiere decir esto que las personas, sobre todo los tuiteros, blogueros y demás fauna webícola, sólo podemos tener en nuestro perfil un interés, una misión, una pasión? ¿Quiere esto decir que, cuando estás comprometido contra la desigualdad y la injusticia, no caben en tu vida la risa, el amor, la juerga, o el senderismo? Estas personas que hablan del fútbol como el nuevo opio del pueblo, ¿no tienen otros intereses que aquellos que manifiestan en su timeline? ¿No puede haber, entre quienes nos oponemos a los desahucios salvajes, a la ruina inducida desde el poder, a la desprotección de ancianos, niños y dependientes, espacio y tiempo para otras cosas agradables de la vida? ¿Acaso cualquiera que se interese por una carrera de F1 está a favor del desfalco que supuso el Gran Premio de Valencia? Me van a perdonar ustedes, pero me parece una forma demasiado simple de ver a las personas.

Es más, me parece que las personas que se comportan así en redes sociales, hacen un uso de su marca personal similar al que hacen las marcas comerciales. La que vende coches, sólo vende coches y sólo le preocupa el mundo que rodea al automóvil. Afortunadamente, las personas somos mucho más ricas, en matices, en claroscuros, en puntos de vista, en afectos y en intereses, que las marcas comerciales. Por eso creo que una persona no es una marca. Pero eso ya lo trataré más adelante, en otro post.

Supongo que hay perfiles también que sólo hablan de fútbol y no admiten ningún otro tema. Eso me parece también simple, pobre y triste. Porque entre otras cosas, la crisis económica, sus consecuencias, la burbuja inmobiliaria y otra serie de cosas que nos afectan y que son TT cada dos días, tienen mucho que ver con la forma en que el fútbol se gobierna desde hace años. Si sabes que los actuales directivos del Atlético de Madrid están condenados por apropiarse indebidamente del club, y empiezas a conocer sus amistades, y empiezas a hurgar en sus intereses, quizá comprendas muchas cosas.También en el fútbol hay protestas de gente consciente. Y todo está conectado.

Eso no quita para que yo siga disfrutando de todo aquello que, unas horas a la semana, me distrae, me emociona y me hace olvidar que vivimos en una isla rodeados de mierda.

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Sucesos, testigos y redes sociales

Nunca fue tan fácil acceder a las fuentes de información. Internet es relativamente rápido y estamos la mayoría capacitados para buscar información en varios idiomas. Sin embargo, y sabiendo que quien lea esto pensará que soy una antigua, sigo creyendo que hay algo absolutamente necesario cuando cubres una información y es salir a la calle. Sé que en las redacciones cada vez más mermadas hay un redactor por cada siete mesas y es difícil que el pobre pueda hacerlo todo si sale a cubrir un suceso. Sólo podrá informar de ese suceso y, por muy bien que lo haga, le quedará todo el resto del trabajo por hacer.

Entonces, ante un suceso como la muerte esta madrugada de tres jóvenes en una avalancha en el Madrid Arena, los medios se apresuran a buscar testimonios vía redes sociales. Es algo fantástico, porque antes de que estas redes existieran, cubrir un suceso desde la redacción era una auténtica locura. Tenías que manejar la guía telefónica -las Páginas Blancas en papel, aquello era oro en paño- y solía dar buen resultado cuando el suceso tenía lugar en un inmueble con número de portal, calle, etc. Te ibas a los García, González, Pérez, López, apellidos muy comunes, y buscabas alguno que viviera en el inmueble. Te dejabas los ojos pero siempre aparecía alguien a quien llamar por teléfono.

– Buenas tardes, ¿es usted el señor García?- Preguntabas.

– Sí, dígame.-

– ¿Vive usted en la calle tal, número tal?

La pregunta era obligada, había que contrastar hasta lo que ponía en la guía telefónica.

Si la respuesta era afirmativa, seguías.

– Mire, le llamo de tal medio, soy periodista, creo que ahí ha habido hoy un homicidio, ¿sabe usted cómo ha sido, quién era la persona fallecida?

Se iniciaba una conversación que a veces, la mayoría de las veces, daba como resultado un testimonio interesante. El colmo de la alegría era cuando te decían:

– Ya se lo he contado todo a la Policía, señorita.

Eso quería decir que habías dado con un tipo que le había interesado a la policía. Era bueno. Si no era tan bueno, por determinados indicios acababas sabiendo si tu interlocutor hablaba de oídas o había presenciado el tema, o había conocido a la víctima, al detenido, o lo que fuera. Si no, siempre podías preguntarle:

– ¿Conoce usted a algún vecino que sepa algo más, que fuera más cercano a la familia de la víctima, o del detenido? ¿Podría ponerme con él?

Y a veces te lo pasaban, la gente es maravillosa.

Pero lo mejor para cubrir un suceso, imprescindible en casos como el del Madrid Arena, era salir a la calle, ir a donde habían ocurrido las cosas, y contar lo que veías para poner los lectores u oyentes en el lugar de los hechos. Esa es la misión de un periodista: llevar a tu audiencia allí donde suceden las cosas, para que tenga el conocimiento más completo posible de lo sucedido.

Ahora que nadie sabe manejar una guía telefónica y que las páginas blancas ya no andan por las redacciones en papel, la cosa se ha complicado bastante. Pero tenemos las redes sociales. El problema de éstas es que tomamos lo que en ellas se publica como si fuera cierto a priori, cuando lo cierto es que multiplican las dudas acerca de si quien dice haber estado en el suceso ha estado allí realmente. ¿Cómo se verifica en los medios la autenticidad de los testimonios? ¿Existe algún criterio a la hora de copiar y pegar lo que aparece en Twitter o Facebook?

Esta mañana formulé esa misma pregunta a los periodistas que estaban firmando en medios digitales, radio y televisión las informaciones con testimonios de lo ocurrido. Envié mails y mensajes directos o menciones a través de Twitter a periodistas de Canal Sur, Telecinco, Telemadrid, Onda Madrid, El País, La Vanguardia, El Confidencial y Cadena SER. Nadie me contestó, salvo Telemadrid y Onda Madrid. En el primer caso, María López me explicó que iban físicamente al lugar de los hechos; en el segundo, Loli Jurado me indicó que entrevistaron por teléfono a los que habían encontrado por la red, y a sus padres en el caso de que se tratara de menores de edad (que por cierto, no deberían haber podido acceder al recinto).

Sin embargo, un medio como El País publicaba directamente testimonios subidos a la red y pedía a través de su página en Facebook que quienes hubieran estado allí, contaran más cosas.
El problema es que así, pidiendo testimonios en Facebook para hacer un copypega de los mismos en el periódico, sin comprobar nada, podemos estar haciendo feliz a alguien que quiere gastarnos una broma o simplemente, por puro erostratismo, presumir ante sus amigos que nos la ha colado. Pero no estamos haciendo periodismo, como bien hicieron notar los tuiteros como @GuerraEterna:

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El mismo estilo utilizaron algún programa de La Sexta y reporteros de otros medios, llegando a cabrear bastante a la concurrencia, un poco harta de este tipo de prácticas que alejan al periodismo de su razón de ser y lo convierten en algo parecido a “radio macuto” o “radio patio”.

Y mientras, en un vídeo subido a Youtube por uno de los testigos de la avalancha, y que enlazaron varios medios, los comentarios estaban llenos de teléfonos de contacto y nombres de redactores que pedían al dueño del vídeo que les llamara para hablar con él. Había algún comentario realmente sonrojante:

Todo esto carecería de importancia si no fuera porque se habla de la crisis del periodismo como algo puramente derivado de la crisis económica, cuando en realidad, la situación está como está porque arrastra una crisis de contenidos, de profesionalidad y de dedicación que lleva afectando a toda la prensa española hace muchos años, diría que como poco hace más de diez.

En mi modesta opinión, las redes son una herramienta fantástica para encontrar a quienes antes encontrábamos en las páginas blancas de Telefónica. Pero hay que hacer algo más que copiar y pegar desde Twitter o Facebook, porque el usuario ya lee directamente los testimonios ahí publicados, y lo que necesita es que tú, periodista, desde un medio de comunicación, le garantices que lo que tu medio publica y tú firmas es realmente un testimonio de alguien que estuvo allí. Ahora lo llaman “curación de contenidos” pero es lo que se ha hecho siempre en las redacciones: asegurarte de que tu audiencia tiene la mejor información posible, en su contexto y con la presentación más clara posible.

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