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Desde “Estudio Abierto” de Íñigo a “To er mundo e güeno”. Ahora Lab.

La cámara oculta es un recurso televisivo de lo más recurrente. Desde los 70, ha dado enormes éxitos como “To er mundo e güeno” y sus secuelas, de Manuel Summers, y ahora Lab: Tal como somos, el programa de La Sexta que nos muestra las reacciones de ciudadanos corrientes y molientes, expuestos a situaciones que generan controversia, sorpresa o supuestas disyuntivas morales. Para ver cómo somos cuando no sabemos que una cámara nos graba.

Recuerdo un caso que se emitió (calculo) a primeros de los 80 en un programa de José María Íñigo, que por la época debía de ser “Estudio Abierto”. En un momento dado del programa, una sección de “cámara oculta” pretendía dar a conocer cuál era la reacción de los niños de un colegio al ver un goloso dulce a su alcance, intentando demostrar si era o no cierto aquel dicho de “durar menos que un caramelo en la puerta de un colegio”. Íñigo introdujo el reportaje: las cámaras habían captado la reacción de los niños de un colegio público y otro privado.

Se observó cómo los niños de uno y otro centro empezaban dando vueltas a una lustrosa tarta, misteriosamente situada a su alcance en el patio de cada uno de los colegios. Y en ambos casos, reaccionaban igual: daban vueltas, comentaban la misteriosa tarta, especulaban con el motivo por el cual aquel manjar estaba allí… “Igual es el cumpleaños de la directora”, se oía decir. Hasta que al final, los espectadores vieron que los niños del colegio público se lanzaban a comerse el pastel con las manos, y los del colegio privado no.

Quienes veían ese programa habiendo estado en el colegio privado el día del experimento se sorprendieron enormemente. Porque en el colegio privado (de monjas, entonces sólo de niñas, del barrio de Salamanca) la cosa había terminado igual: las crías, al cabo de un rato dándole vueltas a la tarta, se la habían empezado a comer con las manos, como es lógico y natural. Reaccionaron igual que los niños del colegio público.

Lo sé porque yo era una de las niñas del colegio de monjas. Y una de las que dio vueltas a la tarta, y una de las que comió de ella golosamente, con los dedos.

Con el uniforme del colegio, a los ocho o nueve años.

Cuando se emitió el programa, estábamos viéndolo en casa mi madre y yo. Quizá ella se acuerde aún de esto. Cuando vimos cómo el programa no contaba la verdad, y evitaba mostrar que las niñas bien del colegio de pago hacíamos exactamente lo mismo que los niños del colegio público, no daba crédito y salté, enfadadísima: “¡Mamá, pero si nosotras hicimos lo mismo!”

Muchas veces me he preguntado qué llevó a hacer ese montaje del programa: ¿tenían una idea y, como la realidad la desmintió, decidieron seguir con el el guión previsto? ¿Había alguna indicación editorial al respecto, con el fin de reforzar la opinión de que los colegios privados eran mejores que los públicos?

No sé. Pero yo nunca más confié en la televisión. Y menos cuando dice hacer “experimentos sociales” que, en el fondo, persiguen reforzar el pensamiento dominante. O el que convenga.

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El hombre que no pasará a la historia

Se cumplen ahora 50 años del famoso “I have a dream” de Martin Luther King. La historia de esa frase está bastante bien contada aquí y no voy a abundar en ella. En ese discurso, hay algo crucial que nadie ve, pero que llamó la atención de Javier Chivite, quien me dio la idea para este post. Vean al tipo que coloca los micrófonos, son sólo unos segundos (min. 0:58):

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Se trata de un miembro del servicio de orden del Lincoln Memorial, enclave perteneciente a la red de parques nacionales de EEUU.

Este hombre, cuyo nombre e inquietudes desconocemos, coloca los micrófonos de manera que el sonido del discurso de MLK llegue nítido a nuestros oídos. Pero ese guardia no se queda conforme. Motu proprio o por indicación de otra persona, vuelve a actuar: pasados unos minutos, su mano (blanca, zurda y sin embargo con cierta elegante rigidez de saludo marcial) se atraviesa con enorme osadía entre la persona de MLK y los millones de ojos y decenas de cámaras que lo observaban para volver a bajar los micros, que seguían afeando la imagen del líder negro (min. 8:38):

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El resultado es este:

No sé quién le dijo que hiciera lo que hizo. No sé si fue él mismo quien decidió que estaba allí para algo más que para garantizar el orden. Pero para aquellos que aún no saben qué hacemos los profesionales de la comunicación institucional y el protocolo, este guardia explica bastante bien cuál es nuestro trabajo: no estar, no ser vistos, no pasar a la historia, pero que nuestra atención permita que la historia -en la era de la imagen- se escriba completa y sin estorbos. Muchos pensarán que a diario los profesionales no hacemos “historia”, porque solemos organizar actos públicos relativamente anodinos para oradores que ni mucho menos están a la altura de MLK. Pero es cierto que nunca sabes cuándo puedes estar haciendo historia. De hecho, el Washington Post acaba de pedir disculpas porque hace 50 años no supieron ver en el “I have a dream” una frase histórica y se la comieron con patatas.

Por si acaso, siempre tienes que ocuparte de que todo (no sólo el sonido y la imagen: todo) sea perfecto sin que nadie note que tú estabas allí para bajar los micrófonos, para ver que el tiro de cámara era correcto, para que nada estorbe o distraiga de lo esencial. Y tú, profesional de la cosa, debes ser invisible, como ese guardia que ha estado 50 años siendo invisible y al que hoy reivindico.

Por cierto que el guardia aparece en innumerables fotos junto a MLK, no se movió de su lado durante el discurso.

I have a dream

Desconozco quién es o si vive aún, como este otro agente, que hoy rememora para el Washington Post su presencia en el legendario evento.

A nuestro anónimo héroe podéis encontrarlo también en esta imagen de AFP que hemos visto en la colección que ha publicado el diario The Oregonian en su web.

No quiero terminar sin recomendar la información de Bárbara Yuste en Cuarto Poder sobre el proyecto para recuperar y reconocer la enorme repercusión de MLK y su discurso en lo que sería el futuro de la población afroamericana.

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Muerte de un becario (y del dato de las 72 horas sin dormir)

Quizá deba advertir que este post es una autopsia. La autopsia a la noticia de la muerte un becario de Bank of America tras pasar 72 horas seguidas trabajando. Así publican la noticia medios españoles como El País, El Mundo o La Vanguardia, por poner sólo tres ejemplos.

noticia_becario_fallecido

La noticia original la daba The Independent con un titular distinto, algo más prudente, y obsérvese el detalle de las comillas:

Titular de la noticia original.

Titular de la noticia original.

Puedo imaginar a la redactora, a punto de caer en la tentación de titular por las 72 horas, dato que sí aparecía en el primer párrafo de su información:

Primer párrafo de la noticia original.

Primer párrafo de la noticia original.

Curioso que no titulara por ahí. ¿Verdad? Y curioso también que entrecomillara en el titular el comentario anónimo, lo que siempre es una medida profiláctica que refleja cierta desconfianza: el periodista no ha podido comprobar fehacientemente el dato, así que lo pone entre comillas (lo coge como con asco) y luego atribuye esas palabras a una fuente.

El caso es que la noticia corrió como la pólvora pero hubo lectores, @Franesco entre ellos, a quienes les resultaba inverosímil que el becario hubiera estado trabajando efectivamente 72 horas seguidas.

Tuit de @Franesco que pone en duda la veracidad de la noticia

Tuit de @Franesco que pone en duda la veracidad de la noticia

Mientras tanto, ningún medio español que yo haya leído -he leído la noticia en muchos- entrecomillaba el detalle de las 72 horas, dándolo así por verdadero. Comprobé además que una agencia especializada como Bloomberg informaba del suceso en un escueto despacho que, por un lado, no daba el dato de las 72 horas ni entraba en las maratonianas jornadas del sector, y por otro, publicaba el mail de los redactores y editores del texto, a fin de resolver con ellos cualquier duda, una práctica que debo confesar me entusiasma.

Detalle de la noticia de Bloomberg sobre la muerte de Moritz.

Detalle de la noticia de Bloomberg sobre la muerte de Moritz.

Si uno lee a fondo la noticia de The Independent, ve por qué su redactora, Felicity Morse, no tituló por las 72 horas: ese dato procedía de un comentario anónimo en el portal wallstreetoasis.com (WSO), que es como un Menéame o Digg del mundo financiero. A las pocas horas de publicarse la información en The Independent, WSO había borrado la noticia y todos los comentarios, de modo que no era ya posible acceder a los mismos para hacer comprobaciones:

Captura de la web WallStreetOasis

Captura de la web WallStreetOasis

Es cierto que si el chaval trabajó tres días hasta las 6 de la mañana y entraba, supongamos, a las 7, quizá trabajara tres días seguidos sin echar ni una cabezadita, pero era un dato imposible de contrastar y sólo procedía de un comentario anónimo publicado en la web WSO, como reconoce The Independent:

Comentario anónimo recogido por The Independent.

Comentarios recogidos por The Independent.

Pero hay algo que me lleva a pensar que esto que yo cuento aquí fue visto también por alguien en The Independent: la noticia original ha desaparecido y el enlace original (http://www.independent.co.uk/news/uk/home-news/bank-of-america-intern-21-dies-after-working-until-6am-three-days-in-a-row-at-london-offices-8775917.html) lleva ahora a una noticia distinta, en la que no aparece el detalle de las 72 horas, elaborada por otro redactor, y donde se hace hincapié en las extenuantes jornadas de la City, en general. [Cabe preguntarse si el poderosísimo poder financiero no habrá exigido al diario eliminar cualquier relación entre las jornadas brutales y la muerte del becario. Yo lo veo improbable].

Pero en España nos quedamos con el titular facilón y sensacionalista, que gana la partida en detrimento de las dudas razonables. ¿Era un titular demasiado jugoso para renunciar a él, aunque no fuese cierto? ¿O quizá una vez que alguien titula por ahí el primero, los demás medios tienen que seguir su estela para que la noticia aparezca mejor posicionada en los buscadores? Si es lo segundo, me pregunto por qué los periodistas estamos escribiendo para las máquinas (SEO) y nos extrañamos de perder lectores “humanos”.

Como este post me ha quedado un poco denso, aquí os dejo un vídeo de aquellas lejanas y divertidas lecciones del Curso de Ética Periodística de Juanjo de La Iglesia en Caiga Quien Caiga, que eran mucho más divertidas que las mías.

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Reinvéntate tú

La última vez que trabajé en un medio de comunicación, integrada en una ruidosa redacción, espoleada por la hora del cierre, fue en 2009, en el extinto Diario Metro. Cuando cerró, supe que ya nunca más volvería a escribir en un medio, que aquello para lo que yo había estudiado y luchado durante toda mi vida iba a desaparecer. Supe que allí terminaba todo.

Entonces ya se empezaba a escuchar lo de “reinvéntate”. Muchos compañeros y amigos incorporaban la “reinvención” a sus bio de Twitter, a su perfil en LinkedIn, a su lista de tareas. A mí aquello siempre me pareció que era como hacer dos veces algo erróneo. Inventarse cuando lo más difícil en esta vida es saber quién es uno de verdad suena a ponerse una máscara, a idear “otro yo” que tape al anterior, que lo maquille y disimule. Re-inventarse es volver a cometer el error de esconderte a ti mismo. Como si te hubieran pillado en falta.

Pese a que 2009 ya queda lejos, sigo oyendo el “reinvéntate” como una orden que escupen bocas cada vez más indecentes. Directores de periódicos, empresarios, entrenadores personales, políticos, … ¡políticos! El pasado jueves volví a escuchar ese latiguillo y a leer a amigos míos que estaban, decían, reinventándose. Habían asumido ese mantra y ahí estaban, intentando deshacerse de sí mismos para ser otros, culpables de ser ellos. Me dolía porque es gente a la que aprecio y de cuya valía profesional puedo dar fe por escrito, por triplicado y por registro. Entonces posteé lo siguiente:

"Me ha costado décadas saber quién soy. Ahora lo sé. Al próximo que me diga que me reinvente le doy".

“Me ha costado décadas saber quién soy. Ahora lo sé. Al próximo que me diga que me reinvente le doy”

Como se ve, no estoy sola en esa percepción de que se nos está tomando el pelo muy por encima de nuestras posibilidades y paciencia.

Señores de la reinvención: llevo toda la vida innovando. Tengo 42 años y correo electrónico desde hace más de 20. Cuando ninguno de ustedes sabía qué era Menéame o Digg, yo ya los utilizaba para promocionar noticias y sacar temas (los colegas de profesión sabéis qué es eso), y no los sacaba de la portada de Menéame, sino de la lista de “pendientes” donde muchas veces había noticias más interesantes que lo que se promocionaba a portada.

Cuando ningún medio español utilizaba Twitter, yo ya tenía usuario (no el de ahora sino un seudónimo, bien es verdad) y aprendí a buscar historias para contarlas y a localizar posibles testigos de un suceso. Aprendí a escuchar y a monitorizar.

Cuando en 2008 ningún medio se hacía eco del pinchazo de la burbuja, en mi periódico contábamos la saturación de los juzgados 31 y 32 de Capitán Haya, juzgados de lo hipotecario, donde no daban abasto a desahuciar gente.

Años antes de que Efe comprara grabadoras digitales, yo ya tenía una porque Javier Chivite, que me conoce bien, me la había regalado por mi cumpleaños aunque costaba más de 30.000 pesetas, con lo que eso era entonces. Y cuando mucho después la agencia decidió que había que cambiar las cassettes por otra cosa, me dio las cuatro o cinco grabadoras digitales que había en el mercado para que las probara e hiciera un informe técnico con el que decidir qué modelo comprar a los redactores. Por lo que veo en los canutazos, en Efe todavía usan el que yo recomendé.

Cuando en 2009 llegué a la comunicación institucional dije que había que empezar a utilizar las redes sociales para comunicar y no se me hizo caso hasta que fue demasiado tarde. Quizá me faltó pedagogía, no digo que no. Pero hoy todos mis compañeros de departamento tienen Twitter y aunque nos han dispersado sembrando de sal lo que hicimos, seguimos conectados, comentando e influyendo.

Mientras, los directores de los medios de comunicación corren como pollo sin cabeza en busca de un nuevo modelo de negocio, un grial, una nueva “edad dorada” del periodismo, con cifras de ventas y publicidad cada vez más mortecinas, sin un futuro claro y sin saber qué hacer para salvarse del naufragio, y tratan de flotar hundiendo a sus diezmadas redacciones en el silencio, el SEO, el todo por el click. Señores, no se reinventen. Váyanse. Han llegado tarde a todo. Y dejen a sus periodistas hacer periodismo, que igual es lo que los ciudadanos echan de menos en sus medios. Váyanse pronto no sea que también lleguen tarde a la solución del problema.

Por lo que a mí respecta, no me pienso reinventar. No me he quedado atrás nunca. A los que desde su poltrona claman por la reinvención les llevo años de ventaja.

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Sé bueno con tus becarios porque ellos serán tu reputación

Ha ocurrido algo fascinante: con la crisis (o “con la que está cayendo”, ese eufemismo), se está destruyendo empleo neto, y por tanto ha aumentado el número de trabajadores disponibles que desean cada uno de los puestos existentes. Aquí sí ha funcionado la ley de la oferta y la demanda de tal manera que el valor del puesto de trabajo ha subido y, consiguientemente, el valor de los trabajadores, ha bajado: éstos se muestran -nos mostramos- dispuestos a trabajar por menos dinero, con menos derechos, y más horas, de forma que lo que ha sucedido es que la “mano invisible” ha funcionado como eficaz instrumento al servicio de la flexibilización de nuestro “rígido” mercado laboral.

Las empresas, todas, no han tardado en darse cuenta del asunto y aprietan tuercas por todas partes, pero claro, eso no sale gratis y como dice el viejo dicho castellano, lo barato sale caro y el dinero del mezquino hace dos veces el camino. He detectado varias cosas relacionadas con la reputación que muchas empresas deberían valorar antes de tomar a la ligera decisiones sobre personal. Hablo de la reputación. De la calidad no hablo hoy pero el bajón se nota, aunque en estos tiempos el precio de las cosas es casi el único valor que miramos en lo que compramos y contratamos, porque somos todos más pobres.

Una de esas cosas relacionadas con la reputación son los becarios: si contratas becarios, les pagas mal, los tratas peor y abusas de ellos, piensa que son jóvenes, hiperconectados, con mucho tiempo libre para pasar con sus muchos amigos. Y sobre todo, con un enorme futuro por delante en el que establecerán nuevas amistades, nuevas conexiones y tendrán nuevos empleos. En todos esos ámbitos, hablarán mal de la empresa o empresas que los explotaron. Y no sólo contarán lo que hiciste con ellos, sino todas tus miserias. Así que piensa si tus becarios son felices, si se sienten respetados y creen que están aprendiendo en lugar de ser tratados como mano de obra esclava, porque igual se convierten en prescriptores de tu marca. O hunden tu reputación.

Otra práctica relacionada con este tema son las ofertas de trabajo. Si tu empresa publica ofertas de trabajo en la que propone pagar a 5 euros la hora a un profesional con experiencia, proactivo y con habilidades comunicativas, piensa que cualquier día se te organiza un escrache en la puerta. O en Twitter. Puede ser que las muchas visitas que tu cochambrosa oferta ha tenido en Infojobs no se deban al interés que hay en la red por tus ofertas de trabajo, sino porque te están poniendo a caldo en alguna red social. Si tu oferta es anónima, si no se ve el nombre de la empresa que ofrece ese puesto de trabajo tan fatalmente pagado, piensa que quizá alguien acabe averiguándolo (no suele ser difícil) y entonces tendrás una verdadera crisis de reputación. Si tienes vergüenza, igual tienes hasta una crisis de bochorno: lo sabrás porque súbitamente te arderán las orejas.

Ah, y otra cosa: cuando tus responsables de Recursos Humanos vayan a insertar una oferta de empleo en LinkedIn, en Infojobs o en algún sitio similar, que cuiden varias cosas:

– la ortografía: he visto cosas que no creeríais.

– la redacción: gente que no sabe poner sujeto, verbo y predicado, en este orden, que no se meta a escribir frases subordinadas, que se lía.

– la descripción del puesto: si quieres un responsable de Comunicación Externa y Gestión Económica, piensa que, o lo uno, o lo otro. Ningún buen profesional económico financiero es experto en Comunicación Externa; si lo es, que me lo presenten; y si lo cree, que me diga qué se mete y dónde lo compra, que es bueno.

 

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