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Cómo ser la mujer del César en tiempos de smartphones

etruscosUno de los dichos que más odio es el de que la mujer del César tiene que ser decente y además, parecerlo. Lo odio por lo que tiene de rancio en general y porque coloca a la mujer como complemento, como adorno de otro. Muy de vieja’l visillo todo.

Pero en estos tiempos de Internet y smartphones, en los que una foto da varias vueltas al mundo en pocos minutos, hay que reinterpretar ese rancio dicho para aplicarlo a la fragilidad de nuestras intimidades y a la imparable rapidez con que se comparten si tienen su público. Estos días ha sido noticia la fiesta de cumpleaños de un futbolista poco después de perder con el eterno rival de su equipo por un doloroso 4-0. Su agente, Jorge Mendes, ha dicho que no es justo que lo privado acabe siendo publicado, pero me pregunto dos cosas: ¿qué esperaba? Y, ¿cuánto tardarán en requisar los móviles en esas fiestas? El futbolista ha dicho que la fiesta ya estaba programada antes del desastroso partido, pero ¿no cabía esa posibilidad, perder así? ¿Y que se pudiera interpretar mal la fiesta? Sí, claro que sí. Pero nadie pensó que fuese a trascender, aunque era previsible.

Me acordaba yo de Jorge Lorenzo y de su estrepitoso error con el vídeo que hizo en 2013 para uno de sus patrocinadores, en el que mostraba su casa de Barcelona, con varias mujeres situadas estratégicamente para adornar los jakuzzi y las piscinas de la vivienda. Todo de dudoso gusto y además sin empatía ninguna hacia un país, el de Jorge Lorenzo, en el que esos días se hablaba de gente comiendo de la basura y niños en riesgo de pobreza. Entonces, en su descargo, el motocilista explicó que había sido un vídeo para el mercado americano… ¿en Youtube? Cariño, no estás en una emisora local de Miami o en la KCRG TV9 de Iowa, estás subiendo eso a Youtube. Quizá no puedan verte en China pero en tu país te van a ver. ¿No te lo dijo nadie?

En la gala de los Goya, Antonio Banderas hizo un discurso muy bonito para agradecer el galardón que recibió por el trabajo de toda una vida dedicada al cine a ambos lados del Atlántico. Y dijo algo muy importante. Cuando hacía una película, rodaba una escena o un plano, “mi mente estaba puesta en España. No en Arizona, ni en Cleveland. Lo importante era cómo se vería este trabajo en mi tierra, en Málaga, en mi barrio”.

Si Jorge Lorenzo o Cristiano Ronaldo se hubieran preguntado cómo se vería lo que estaban haciendo en su país, en su ciudad, en su barrio, en su afición, no lo habrían hecho. O quizás sí, y entonces lo que necesitaban es que alguien con empatía suficiente les aconsejara no hacerlo.

Hoy vivimos en un mundo en el que el concepto de frontera se desvanece. No hay mercado americano y español. No hay frontera clara entre lo público y lo privado. La vida de cualquiera está tan expuesta como si tuviera lugar en un escenario o una pantalla de cine. Por eso, antes de rodar, pensemos cómo se verá nuestra película en todos los contextos a los que llegará el estreno de forma casi instantánea. Actúa como si fueras la mujer del César: tienes que parecer decente. Y además, serlo.

 

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La zona VIP: el otro lado

Mesa tipo del pabellón París Detalle de la mesa tipo Sushi Mil y una cocinas. Dulces Carving Station Kiosco de tapas Zona Quesos Franceses Zona gastro Sol y sombra Gente VIP Gente VIP Puros gratis, con recomendación para maridar Zona Chivas (muy celebrado, el rebujito de Chivas con lima) Terraza con la caja al fondo. Animación en la zona exterior VIP Amenas zonas de sombra. Aspecto exterior de la zona VIP, junto al lago. Gloriosa errata que encantará a los tudelanos

Parece que ha habido cierto interés con este post mío de hace un año; en gran medida, gracias al retuit de Antonio Martínez Ron, indignado como yo por cómo se gestionan los eventos deportivos en España. No digo que en otros países se haga mejor o peor, que no lo sé. Pero sí creo que aquí no se hace bien, y si fuera se hace igual, podríamos empezar a cambiar las cosas. Quizá nos imitaran.
Bien, yo este año he estado en la zona VIP (de gorra, claro) y sin ningún complejo, porque considero más que pagada mi entrada a las compañías eléctricas, las aseguradoras, las telecos, etc. que compran a la organización del Máster un palco VIP para sus compromisos. Yo era uno de esos compromisos, y pensé que documentar lo que hay al otro lado de la barrera para los VIP era buena manera de devolver el favor a quienes han pagado por muy diversas vías (impuestos, déficit de tarifa, etc.) mi almuerzo del día 2 de mayo.

Bien, como podéis ver, la zona VIP tiene una terraza en la que puedes degustar de manera completamente gratuita diversas bebidas, comidas y hasta puros. Sin límite. Hay zonas de sombra, espacios amables a la orilla del lago de la Caja Mágica, y barra libre de casi todo lo que se os ocurra. Abrió sobre la una de la tarde y estuvo abierta todo el día. Algo después se abrió la zona de restaurantes. Los pabellones restaurante, con nombres de ciudades tenísticas (París, Londres, Melbourne,…), tenían dos pisos y estaban comunicados por dentro, de forma que aunque tuvieras mesa en el pabellón París, podías ir a por un plato de la barbacoa de Melbourne y traértelo a la mesa. Era un paseo y llegaba todo frío, pero aún así a veces merecía la pena.

Lo malo de esos espacios es que no tenían ventanas y resultaban un tanto oscuros y claustrofóbicos, sobre todo en comparación con la terraza. Me habían ponderado mucho la comida pero realmente no era para tanto, aunque comparada con la comida-basura a la que tienen acceso los asistentes no-vip, resultaba ser gloria bendita.

Aquí tenéis dos enlaces sobre la zona VIP, una de El Confidencial y otra, con vídeo, en La Sexta.

Con respecto a cómo la Caja Mágica debería cambiar su enfoque y abrirse un poco más al barrio en el que está, creando verdadero ambiente y no sólo problemas de aparcamiento durante los eventos, creo que voy a contestar aquí a algunos comentarios recibidos en mi post del año pasado. Yo no pretendo que se permita entrar y salir sin control al evento, sino que puedas, con tu entrada, salir y entrar, si te apetece, para comer fuera. En tu casa o en los bares de San Fermín, que te ponen tapa con la caña. Lo contrario es muy poco liberal: si tan convencido de que tu oferta de restauración dentro de la Caja es tan buena, ¿qué miedo hay a dejar elegir a la gente?

Por cierto. No sé si este año se podía comprar o no Coca Cola dentro del recinto. Pero desde que Schweppes patrocina el magno evento, hasta el último año en fui pagando mi entrada no-VIP, las marcas asociadas a Coca Cola (Fanta, Acuarius, Nestea, etc.) no se servían en la Caja Mágica. Lo cual seguramente no conocían los trabajadores que se manifestaron el día de la final del Máster a las puertas del mismo, por el Camino de Perales. Que, por cierto, es el opuesto al parking de los VIP.

 

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Open de Tenis de Madrid. A cara de perro.

Me gusta el tenis, como me gustan otros deportes. Soy deportista y me gusta ver deporte además de practicarlo. Yo era muy fan de ir al Open/Master de Tenis de Madrid, pero dejé de ir por varias razones que, juntas, formaron una bola de indignación imposible de tragar.

La Caja Mágica se construyó en San Fermín, uno de los barrios más pobres y estigmatizados de Madrid, situado en el distrito de Usera. Entre los muchos y engolados discursos que se dieron en torno a la magna construcción de Dominique Perrault, el de disfrazar la millonaria inversión de “operación para el reequilibrio territorial” fue de los más repetidos. Colocar allí aquello suponía dignificar un espacio que hasta ese momento había sido un vertedero. Se suponía que la actividad cotidiana de la escuela de tenis y la extraordinaria de los torneos y conciertos iban a suponer una revitalización del barrio.

Pero llegamos a nuestro primer master de tenis y lo primero que vemos es que con tu entrada no puedes salir del recinto y volver a entrar. Eso nos obligaba a consumir dentro del recinto durante todo el día agua y víveres en lugar de salir a los bares de la zona, por lo que al año siguiente decidimos ir con bocadillos. Pero al año siguiente prohibieron también entrar con bocadillos y agua. Te registraban las mochilas a la entrada y tiraban a la basura todo lo que fuera comestible. Teníais que haber visto las maniobras para camuflar los sandwiches en la ropa, especialmente en la de los niños, porque los vigilantes de seguridad no los cacheaban -tampoco tenían autorización para cachear a un menor si el padre o la madre no lo permitía- y pasaban dentro mientras nos registraban a los mayores. Aquello a los críos les divertía, la verdad.

También conseguimos burlar la vigilancia lanzando mochilas enteras llenas de comida hacia arriba, en vertical, desde el parque del Manzanares hacia la pasarela de acceso, una vez pasados los controles de seguridad. ¿Por qué tanto empeño? ¿Era seguridad lo que se garantizaba impidiendo el acceso con unos sandwiches? No. Era el negocio de los puestos de comida basura a precios de aeropuerto. Habías pagado más de 20 o 25 euros por entrada y a eso había que añadir 4 euros más por un perrito caliente de infame calidad y dos euros o tres por una botella de algo para beber. No podías comprar refrescos de una marca porque el grupo rival había pagado un dineral en patrocinios por la exclusividad del suministro.

Aquí mi amiga Marisa y yo exhibiendo el tupper como un trofeo, un triunfo sobre la seguridad de la Caja Mágica.

Aquí mi amiga Marisa y yo en 2010, exhibiendo el tupper como un trofeo, un triunfo sobre la seguridad de la Caja Mágica.

¿Quién gestionaba (y gestiona) este desastre? La empresa municipal Madrid Espacios y Congresos. Que por cierto ofrecía a sus “vips” un pantagruélico cátering gratuito que conocimos por la narración del mismo que hacían algunos amigos invitados al banquete.

Es decir, que el Ayuntamiento que había gastado millones de dinero público en la construcción de una instalación para los JJOO pero justificada en la necesidad de revitalizar un barrio deprimido, convertía el recinto en una burbuja aislada del entorno al que pretendía revitalizar dejando a los comerciantes y bares de la zona con tres palmos de narices, igual de solos y estigmatizados que estaban antes de la inauguración de la dichosa caja. Mientras, comiendo a cara de perro, los vips que ni siquiera habían accedido a la Caja Mágica por el barrio de San Fermín -no vieron sus calles, sus casas, sus vecinos- se hinchaban de comer gratis habiendo entrado ya gratis a los partidos que podían ver en localidades preferentísimas pagadas por los muchos aficionados que sí abonábamos entrada, y que teníamos que pasar la comida escondida como si fuese la más peligrosa y prohibida de las sustancias.

A eso le sumamos que las instalaciones estuvieron vetadas a los vecinos durante años; que las pistas de pádel desaparecieron para dejar espacio a HRT que se ha pirado dejando un pufo de 800.000 euros; que tardaron una barbaridad en reponer las pistas de pádel dejando sólo la mitad de las que había antes; que la escuela de tenis apenas existe; que se cierra toda actividad un mes antes del open; que ya no hay piscina ni sauna ni baño turco ni yakuzzi de acceso público como había antes de que la escudería de F1 hiciera su famoso “sinpa“; que todo esto ha sido un timo de proporciones fabulosas al que sólo le ha faltado el trabajo esclavo como en época de las pirámides… Y ahí tenéis mi bola de indignación. Imposible de tragar.

La pobreza en San Fermín es lo normal. No hay ricos en San Fermín. Pero eres más pobre cuando vives delante de un escaparate de lujo como la Caja Mágica.

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Yo confieso que me distraigo

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A menudo vemos que determinados acuerdos, decretos leyes o noticias sobre nuevos abusos al común de los mortales se aprueban en días en los que está programado un derby o un “clásico” de fútbol. Veo a muchos tuiteros, cuyo enorme compromiso social les avala, criticar a cuantos comentamos en Twitter el partido del momento, y el reproche que se nos hace es el de “nos quitan tal cosa, pero seguid viendo el fútbol”.

Me gusta el fútbol. Y la Fórmula 1. Soy deportista y me gusta seguir determinados deportes porque me divierte. Soy competitiva, soy del Atleti, y me parece que la F1 es uno de los espectáculos más brillantes que existen. Me gusta también leer, leer ficción quiero decir; ir a la ópera -no puedo ir desde hace años, es muy cara- y al teatro, y por supuesto, por encima de todas esas cosas, el cine. Me gustan los besos, los que nos damos y los que deseamos dar aunque no podamos darlos. Y disfruto de montar en bicicleta, jugar al pádel y patinar cuando puedo, disfruto de viajar. Todo eso, lo confieso, me distrae de estar todo el día en la calle con una pancarta, con una causa. Es verdad.

Me distraen los besos de mis hijos, sus tareas del colegio, me distraen mis amigos con sus cosas, las cervezas en el bar, y bailar. Y el sexo me distrae. Me distrae cocinar y comer bien, que me encanta aunque el estómago ya no me deje disfrutar de determinadas cosas. Me distrae aprender nuevas habilidades que puedan serme útiles en el futuro, también eso me distrae.

Pero ¿quiere eso decir que ignoro lo que está pasando? Es decir, si tuiteo sobre la posible venta de Falcao por parte del dúo prescrito que dirige el Atlético de Madrid sin legitimidad ni vergüenza, ¿estoy faltando a algún deber ciudadano? ¿Quiere decir esto que las personas, sobre todo los tuiteros, blogueros y demás fauna webícola, sólo podemos tener en nuestro perfil un interés, una misión, una pasión? ¿Quiere esto decir que, cuando estás comprometido contra la desigualdad y la injusticia, no caben en tu vida la risa, el amor, la juerga, o el senderismo? Estas personas que hablan del fútbol como el nuevo opio del pueblo, ¿no tienen otros intereses que aquellos que manifiestan en su timeline? ¿No puede haber, entre quienes nos oponemos a los desahucios salvajes, a la ruina inducida desde el poder, a la desprotección de ancianos, niños y dependientes, espacio y tiempo para otras cosas agradables de la vida? ¿Acaso cualquiera que se interese por una carrera de F1 está a favor del desfalco que supuso el Gran Premio de Valencia? Me van a perdonar ustedes, pero me parece una forma demasiado simple de ver a las personas.

Es más, me parece que las personas que se comportan así en redes sociales, hacen un uso de su marca personal similar al que hacen las marcas comerciales. La que vende coches, sólo vende coches y sólo le preocupa el mundo que rodea al automóvil. Afortunadamente, las personas somos mucho más ricas, en matices, en claroscuros, en puntos de vista, en afectos y en intereses, que las marcas comerciales. Por eso creo que una persona no es una marca. Pero eso ya lo trataré más adelante, en otro post.

Supongo que hay perfiles también que sólo hablan de fútbol y no admiten ningún otro tema. Eso me parece también simple, pobre y triste. Porque entre otras cosas, la crisis económica, sus consecuencias, la burbuja inmobiliaria y otra serie de cosas que nos afectan y que son TT cada dos días, tienen mucho que ver con la forma en que el fútbol se gobierna desde hace años. Si sabes que los actuales directivos del Atlético de Madrid están condenados por apropiarse indebidamente del club, y empiezas a conocer sus amistades, y empiezas a hurgar en sus intereses, quizá comprendas muchas cosas.También en el fútbol hay protestas de gente consciente. Y todo está conectado.

Eso no quita para que yo siga disfrutando de todo aquello que, unas horas a la semana, me distrae, me emociona y me hace olvidar que vivimos en una isla rodeados de mierda.

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