Archivo de la categoría: Política

La Justicia declara improcedente el ERE de Telemadrid

Acaba de salir: calentita, la sentencia que declara improcedente el ERE de Telemadrid (ERE que ha supuesto el despido de más de 800 trabajadores, en gran parte, gente con su oposición y todo: un aviso para navegantes) subraya que “no es suficiente para acreditar la causa extintiva con acreditar una reducción en el presupuesto, que es insuficiente y congénito a un servicio público, por lo que se ha podido constatar, una reducción presupuestaria, entre un 5% a 10% , no parece pueda justificar la idoneidad de la medida extintiva. En consecuencia procede declarar no ajustada a derecho la decisión extintiva adoptada por las demandadas a no haberse acreditado la concurrencia de la causa legal indicada en la comunicación”.

Entiendo que lo que quiere decir ese críptico y horrible lenguaje jurídico es que no basta para echar a la gente el que sea insostenible una empresa a la que bajas la asignación presupuestaria. Claro, así cualquiera.

Contra la sentencia cabe aún recurso de casación. Veremos.

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Filosofía útil

Captura de pantalla de una noticia en La Sexta TV

Captura de pantalla de una noticia en La Sexta TV

Como fui buena estudiante de filosofía y de latín, materias que siguen siéndome muy útiles todos los días, me desespera que cada dos por tres venga un político a intentar eliminarlas del curríuculum escolar. Yo comprendo que a ellos que tan bien les ha ido sin tener ni idea, les parezca que estas asignaturas no deben ocupar tiempo en las cabezas, no sea que nos dé por pensar. En esta cuestión, casi todos los ministros de Educación y/o Cultura coinciden, sean del color que sean.

Recientemente, escuché en la cadena SER que los filósofos no sólo se dedican a la enseñanza o la búsqueda erudita de nuevos textos que analizar, escondidos en bibliotecas polvorientas de crujiente parqué. No. Las grandes empresas tecnológicas suelen tener filósofos entre sus consultores y las más grandes, como Google, ganan lo suficiente con la venta de nuestra privacidad para permitirse un filósofo de cabecera.

Empecé a buscar ejemplos de ello en España y la primera dificultad con la que di fue encontrar grandes empresas tecnológicas. Aquí casi no sabemos qué es eso. [Un inciso: de pronto, me entero por casualidad de que una gran empresa española le compra a otra (una multinacional estadounidense especializada en el B2B) un montón de capacidad de procesamiento -subcontrata capacidad de procesamiento- con el rollo del big data, y cuando la española intenta vender eso a sus clientes resulta que no sabe ni para qué sirve, con lo cual lo vende fatal]. Entonces, a través de Asepraf (entidad dedicada al asesoramiento filosófico), di con Equánima, y con su cofundadora, Mª Ángeles Quesada.

Equánima es uno de los proyectos “acelerados” por Cink Emprende, una empresa que “ayuda a emprendedores con proyectos en fase semilla u organizaciones en proceso de reinvención a maximizar sus posibilidadades de éxito”. Equánima ha sido seleccionada por Cink Emprende junto con varios más para beneficiarse gratuitamente de su plataforma por un tiempo. A cambio, ofrece a los coworkers participar en los FiloLabs, iniciativas de debate y reflexión que ayudan a pensar las cosas desde distintos ángulos, a combatir miedos irracionales o a poner sobre la mesa ideas preconcebidas.

Mª Ángeles Quesada nos cuenta qué pasa con las Humanidades, y cómo la Filosofía es útil por más que los ministros de Educación intenten hacernos ver lo contrario. Este vídeo (4min) es sólo un pequeño resumen de una conversación que duró un par de horas que a mí se me hicieron muy breves.

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La noche socialista es larga

Joaquín Leguina y José Acosta, en una imagen de 1990.

Joaquín Leguina y José Acosta, en una imagen de 1990 con la que el diario El Mundo ilustraba un reportaje de 2010 sobre los “20 años de guerra de guerrillas en la FSM”.

Nunca he ocultado mis opiniones. Ni antes en la calle ni ahora en Internet. Quien quiera conocerme, cuanto antes sepa quién soy, mejor para los dos. No tengo más dobleces que las que permiten una saludable vida familiar y social.

Pero suelo escribir poco de política en el blog, y hoy voy a hacerlo, como se adivina por el título del post. La frase de “la noche socialista es larga” viene de antiguo y aunque no sé su origen, sí recuerdo que se me quedó grabada en el congreso de la Federación Socialista Madrileña (ahora Partido Socialista de Madrid) de Alcorcón en 1997. Entonces estábamos cubriendo aquello algunos periodistas como Francisco Javier Barroso (El País), Javier Chivite (entonces COPE) y la que suscribe, por entonces también en la cadena obispal. Sé que se me olvidan compañeros, y perdonadme los que os sintáis postergados, pero la anécdota concierne a los que aquí menciono.

Se presentaron tres listas a aquel tumultuoso cónclave: la renovadora, encabezada por Jaime Lissavetzky, la “guerrista” o acostista, encabezada por José Acosta, y a última hora la de Izquierda Socialista, una candidatura encabezada por Antonio García Santesmases. Como un trasunto de cualquier congreso del PSOE a nivel nacional, aquél de la FSM en el Teatro Buero Vallejo de Alcorcón tenía los equilibrios muy justos entre las dos candidaturas más fuertes (Lissavetzky y Acosta) y al aparecer la tercera lista se complicaron bastante los planes. Sobre todo para los “alcaldes del Sur”, que ejercían el papel de “barones territoriales” pero a nivel regional, en la Comunidad de Madrid. Los papeles se repartían como si el congreso regional fuera una especie de reproducción a escala de lo que pasaba en el PSOE a nivel nacional. En vez de “barones”, aquí teníamos alcaldes del “cinturón rojo”. El objetivo era dar al PSOE la victoria en las elecciones municipales y autonómicas de 1999.

De aquel congreso recuerdo que las negociaciones se prolongaban hasta la madrugada. Los compañeros como Chivite y Barroso tenían la suerte de compartir el aseo de los delegados varones, que eran los que partían el bacalao. En ese momento de intimidad en que los señores mean de cara a la pared uno junto a otro como si no estuvieran sacándose allí la chorra, los compañeros se permitían departir con los delegados sobre el devenir de las negociaciones. En uno de los recesos, cuando la noche se hacía eterna y ya no sabíamos qué contar en los boletines horarios, Juan Barranco salió al baño y allí le asaltó Chivite con la pregunta de si quedaba mucho para llegar a un acuerdo. “La noche socialista es larga”, les dijo. Y ahí nació para mí esa frase, que seguimos utilizando cuando se tercia, porque se siguen produciendo situaciones similares a las que les viene la frase muy bien traída.

Las mujeres no podíamos sacar esos jugosos titulares del aseo porque la única mujer que pintó algo noticiable en aquél congreso fue Cristina Alberdi: casi a última hora, decidió que se ofrecía -¡se ofrecía!- para presidir la FSM con Lissavetzky de secretario general, aunque todos pensábamos que aspiraba en realidad a ser alcaldesa de Madrid.

La noche terminó sin acuerdo: los alcaldes del sur (que eran los que podían, con sus delegados, determinar si la balanza de la FSM caía del lado acostista o del lado renovador; Santesmases solo no podía) no se decidieron. Y entonces apareció, el domingo por la mañana, Felipe González. Señaló con su dedo a Lissavetzky, y como Dios, dijo: “este es mi hijo, el bienamado”. Los alcaldes dijeron “amén” y el congreso terminó.

Pero la noche socialista, que como digo es larga, no terminó. En Madrid la noche socialista apenas acababa de empezar.

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El plasma

Apaga el plasma

Apaga el plasma

Estos días en los que tenemos un presidente de plasma como el de la obra de Orwell 1984, he recordado varias historias que me gustaría que sirvieran para que aprendiéramos todos algo. En particular, los periodistas.

En la obra Fuenteovejuna, de Lope de Vega, se narra una historia en la que el héroe es el pueblo que se alza contra la injusticia y mata al comendador. Y cuando la autoridad quiere saber quién mató al comendador, le contestan que Fuenteovejuna fue.

En la película Espartaco, de Stanley Kubrick, cuando los romanos -aquí, los malos- les dicen a los esclavos vencidos que se salvarán de la muerte si delatan a su líder, salen todos a una (como en Fuenteovejuna), y gritan: “yo soy Espartaco“.

Por último, en su película 13 días, Roger Donaldson, cuenta la crisis de los misiles de octubre de 1962. Cuando el embajador norteamericano exige en la Asamblea General de la ONU al embajador ruso que conteste sí o no a la pregunta de si Rusia tiene misiles en Cuba, el ruso evita contestar. Entonces le toca el turno de preguntas al embajador de Chile, que dice: cedo mi tiempo al embajador estadounidense para que insista.

De la primera historia, aprenderíamos que si todos los periodistas dejamos de verdad de dar cobertura a declaraciones que no permiten preguntas, el formato desaparecería. Y como mal menor, los medios se ahorrarían una pasta en personal y desplazamientos a unos hechos que pueden seguirse estupendamente en chanclas desde el sofá de casa. Vale: hay corrillos y te los pierdes. Pero los corrillos son para intoxicar, la última información relevante y espontánea salida de un corrillo con políticos debe de ser, calculo, de hace 20 años.

De Espartaco, deberíamos comprender que nada de lo que pretendemos los periodistas y la sociedad se consigue sin sacrificios. Especialmente, las libertades. Y que a veces no se consigue nada salvo pasar a la historia. Los periodistas, el periodismo, hemos sido parte del problema en que estamos metidos. Debemos ser parte de la solución, y eso nos va a costar incomodidades, amenazas y despidos. Afortunadamente, ya no nos crucifican, como en tiempos de Espartaco. Algo hemos ganado.

Del episodio de la ONU recogido cinematográficamente en 13 días, me acordé cuando el pasado jueves María Dolores de Cospedal, secretaria general del PP, no permitió que el periodista de El País preguntara en la rueda de prensa que ofreció tras publicar el periódico algunos de los papeles de Bárcenas. Si los compañeros que estaban en la rueda de prensa, a la vista de la situación, hubieran ofrecido su turno para que preguntara el de El País, a Cospedal no le habría quedado más remedio que contestar. Vale, puede caerte fatal el de El País, pero hoy son ellos y mañana eres tú. Cuando cubría información municipal en el Ayuntamiento de Madrid, siempre decíamos que “las empresas compiten, y los compañeros se ayudan”. No sé dónde ha ido a parar esa máxima, ni por qué hemos dejado que se pierda.

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El Empleo

Fotograma del corto El Empleo, de Santiago Bou

Fotograma del corto El Empleo, de Santiago Bou

Hace como un año vi este cortometraje de animación y me conmocionó. Muchos ya lo habréis visto, pero a quienes no lo conocéis, os recomiendo verlo hasta el final, hasta después de los títulos de crédito.

Tiene muchas lecturas, muy interesantes. Pero para mí, explica cómo estamos ahora. Y diréis: “Exagerada, es una metáfora. Es una visión apocalíptica de hacia dónde vamos, pero no estamos así”. Yo creo que sí. Estamos así desde el momento en que pusimos el empleo por encima de cualquier otra prioridad, de cualquier otro valor. Se ha convertido en un valor absoluto. Como la Paz, la Justicia, la Libertad. El Empleo.

Esto me lleva a preguntarme cuántas más cosas estamos dispuestos a vender por un empleo. Hasta hace poco, uno vendía su trabajo y su tiempo -el de estar con su familia, el de ver crecer a sus hijos- a cambio de dinero, el salario. Sacrificaba muchas horas del día, más de las ocho recomendables, seguro, pero eso le permitía tener unos ingresos con los que disfrutar del resto de sus horas, y de su vida, de sus amigos y su familia, de sus aficiones. Además, si tu trabajo te gustaba -a mí me pasaba eso, siempre he trabajado en lo que me ha gustado- te reportaba otros beneficios que no eran económicos pero sí personales, sociales y afectivos.

De pronto, empezaron a ir mal las cosas. A la gente la echaban de su trabajo y no encontraba otro. Escuchabas historias de gente que iba a la fábrica, o a la redacción, día tras día, a hacer su trabajo, aunque llevaban meses sin cobrar. Se desencadenó un proceso de psicosis colectiva en el que empezaron a escucharse frases como “no voy a quejarme; al menos, tengo trabajo”, “no me pagan, pero si dejo de ir a trabajar no cobraremos los atrasos en la vida”, o “han echado a siete, y los tres que quedamos trabajamos como mulas y sin rechistar, no vayamos a correr la misma suerte”. Y el consabido: “Si no lo haces tú, en la calle hay gente que lo hará y por mucho menos”.

Las redes sociales aliñaron esto y en alguna ocasión hubo quien me dijo que tuviera cuidado con lo que tuiteaba. Ahora, que trabajo por mi cuenta, también hay quien me dice que si digo lo que pienso, nunca encontraré trabajo. Y también he empezado a morderme la lengua, lo confieso.

A cambio de un sueldo, ¿cuántas cosas estamos vendiendo, además del trabajo? ¿A cuántas libertades estamos dispuestos a renunciar por aferrarnos a un empleo? ¿A qué parte de nuestra dignidad? ¿Qué amistades “peligrosas” dejaremos de frecuentar en la cafetería para que nadie piense que simpatizamos con el comité, o con ese compañero que ha denunciado a la empresa? ¿Qué opiniones dejaremos de dar, no sea que nos señalemos? ¿Qué precio estamos dispuestos a pagar por un empleo? Porque os recuerdo que por un empleo se cobra, no se paga.

Y ¿cómo se llega a la situación del vídeo? Por el miedo.

Hay valores que nunca deberían serlo. El empleo es uno de ellos.

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