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Mi profesor de Ética

Cuando pasé del colegio -de monjas- al instituto, tuve por primera vez la opción de elegir entre las materias de religión o ética. Recuerdo que en aquellas clases de BUP éramos como 30 o más, y sólo cinco o seis elegimos Ética como asignatura. Dábamos la clase en el despacho del jefe de Estudios, que se encargaba de impartir la materia a ese puñado de “raros” que no íbamos a clase de religión.

El despacho era relativamente amplio y el profesor tenía delante de su mesa dos sofás enfrentados, lo que, unido al escaso número de alumnos, permitía establecer debates sobre los asuntos que se daban en la asignatura. Éramos los únicos alumnos que dábamos clase en un sofá. Entonces no me daba cuenta pero aquellas discusiones sobre las libertades, los derechos, la pena de muerte, la guerra, la moral autoimpuesta, la legitimidad de determinados actos, cuestiones como el aborto o la eutanasia, la monarquía, la república, el trato a los animales, etc., me enseñaron a pensar. Años más tarde comprendí que habíamos gozado del mejor método de enseñanza, los diálogos. No hay utilidad mayor que la de aprender a pensar por ti mismo. Y lo aprendido mediante tu propia deducción no se olvida nunca.

Otra de las cosas que he de agradecer a aquel profesor de Ética cuyo nombre no recuerdo es que hiciera continuamente de abogado del diablo: argumentando contra nuestro mainstream ante cualquier asunto, nos enseñó que no siempre la corriente mayoritaria es la más justa, la más razonada, la mejor para todos. O al menos, no la única.

Hoy me he acordado de mi profesor de Ética de BUP. Creo que le debía este mísero homenaje por todo lo que me hizo crecer como persona.

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Ahí, con coherencia

Ha pasado casi un año desde mi primer post en este blog. Podría decir que he tenido poco tiempo en estos meses. No es excusa porque he tenido tiempo para mil cosas más: para los amigos, para la familia, para hacer deporte, para hacer más deporte, para aprender alguno nuevo, para viajar, para planificar viajes que no haré nunca, y para leer. Tiempo sí que he tenido, aunque muchas veces he pensado si realmente, como reza el subtítulo de la cabecera, este mundo lo que necesita es otro blog.

Me he dado cuenta de que el planteamiento es erróneo. No escribo porque lo necesite el mundo, sino porque lo necesito yo. Por eso tuiteo, y por temporadas llega a ser una práctica compulsiva. He decidido poner un poco de sistema en todo lo que estoy haciendo a ver si, poco a poco, me centro y elaboro algo más mis opiniones.

Hoy he decidido combatir mi inconstancia y volver a escribir. A ver cuánto me dura.

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Nunca es tarde

Hace algunos meses, por motivos profesionales, conocí a Daniel. Es -entre otras cosas- vecino de Villaverde, socialista, y tiene una buena pila de años. Hablando con él, me comentó que tocaba en un grupo de rock, con otros amigos también cuarencincuentones como él:

– Anda, qué bien, – le dije, – ¿y cómo se llama el grupo?

Nunca es tarde.- Me dijo.

Me reí, claro.

Son buenos. Tuve la oportunidad de escucharlos el 24 de septiembre en un concierto en la Ciudad de los Ángeles (Villaverde, no San Francisco) y hoy mi primer post lleva el nombre de ese grupo. Porque he empezado muchas cosas en mi vida, incluido algún blog que anda por ahí huérfano, y nunca es tarde para empezar algo. Da igual que algo quede sin terminar. Empezar algo es creer en tu capacidad para crear.

Y yo creo en la mía.

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