Archivo de la categoría: Sobre Madrid

Un bonito microcuento en bicicleta.

El carril-bici es el opio del pueblo ciclista

Calle casi vacía. Una chica llega (a pie) a un paso de cebra, a la vez que yo llego en bici. Se para en el bordillo a esperar que yo pase. Me detengo y le hago el gesto mínimo (un leve ladeo de cabeza) para indicarle que cruce.

Se pone a cruzar, con ese trotecillo un poco apurado de la gente que cree que está donde no le corresponde y que quiere salir de allí lo antes posible para no molestar.

– No hace falta que corras, Me gusta verte cruzar.

Se echa a reir un momento y recupera su paso normal. Acaba de cruzar la calle mirándome de soslayo, con una media sonrisa. Me voy, yo también feliz.

Ver la entrada original

Campanadas en Sol: lo que nadie cuenta

Foto: Tomás Fano (Flickr)

Foto: Tomás Fano (Flickr)

En 1996, Vicente Rodríguez, un funcionario municipal, mayor, enjuto, callado pero cordial, era el relojero de cabecera de la Puerta del Sol. Llevaba 20 años viviendo con la maquinaria del legendario artefacto, del que conocía cada una de sus manías. Cada uno de sus sonidos y cada uno de sus engranajes.

Había sufrido como un perro cada tropiezo de aquellas piezas antiquísimas, de nombres tan extraños para los profanos como los de las herramientas de un carpintero o de un marinero: venterol, áncora, sonería, cañón. Sufrió especialmente cuando en 1991, un electricista de Televisión Española dañó varias piezas del mecanismo al colocar unos focos mediante gatos apoyados en los contrapesos del reloj, parando las manecillas un día antes de la Nochevieja en las siete de la tarde. Vicente Rodríguez se llevó a su casa las piezas, que habían resultado gravemente dañadas, y pasó la noche arreglándolas para garantizar que 1992 empezara, como siempre, con las campanadas desde la Puerta del Sol.

Cuando años después, el Gobierno regional decidió remodelar el edificio de la Real Casa de Correos, las obras incluyeron la limpieza del reloj y su puesta a punto, trabajo que se encomendó a la casa Losada, de donde había salido el reloj en 1866. No puedo dejar de imaginar los celos profesionales que surgirían entonces entre el artesano y el “equipo de técnicos”, como llamaban a los Losada las fuentes oficiales.

El 31 de diciembre de 1996, los periodistas de Madrid hicimos el habitual reportaje de las doce campanadas de mediodía para los informativos de radios y televisiones. En aquella ocasión, habiéndose inaugurado la renovada maquinaria 15 días antes, las crónicas ponían especial énfasis en el reestreno del centenario mecanismo. Al escuchar las campanadas de mediodía, todos coincidimos en encontrar demasiado rápida la cadencia como para comer las uvas sin morir atragantados, y así se lo hicimos saber a Vicente Rodríguez, con legítima preocupación. Nos explicó que no pasaba nada, que haría como todos los años: colocaría unas palas en el venterol de manera que se ralentizara el ritmo de las campanadas, que durarían 34 segundos en lugar de los 18 habituales. Era lo que venía haciendo cada nochevieja en los 20 años que llevaba como relojero del reloj más famoso de España. Y todos nos fuimos a casa tan conformes, después de mandar nuestras crónicas.

Sin embargo, aquella noche cambiaría la vida de Vicente (y las de los Losada) para siempre.

Cuando, en las horas previas a la última noche del año, Vicente se disponía a modificar el mecanismo para que no se nos atragantaran las uvas de la suerte, debió de haber sus más y sus menos entre él y los Losada porque finalmente, Juan Blasco, arquitecto responsable de las obras de rehabilitación del edificio de Sol y por tanto, del éxito de las campanadas en su primer año de reestreno, prohibió manipular de ningún modo el mecanismo. Sus palabras textuales fueron, según recoge el ABC del 2 de enero de 1997, que se trataba de una operación “irrespetuosa y atrevida” de don Vicente, al que no acusó de hacerlo con mala fe, sino “con toda su buena voluntad y amor al reloj”. Calificó de “truco” la maniobra del viejo relojero y aseguró que “si don José Rodríguez Losada, creador del reloj, hubiera querido que las campanadas se hubieran dado más lentamente, así lo hubiera hecho”. Y ya que se le había calentado la boca, anunció que de ser necesario, el año siguiente se modificaría la maquinaria para no atragantarnos a todos: “Pero no con mecanismos caseros, sino con rigor profesional”. Acababa de despedir a un hombre y de adjudicar un contrato.

Un año después de aquellos sucesos, Pedro Izquierdo, maestro relojero que siempre sospechó motivos económicos y políticos tras lo ocurrido, organizó un homenaje a Vicente Rodríguez por su dedicación en favor de la relojería monumental.

Desde entonces, en las vísperas de Nochevieja, son los Losada quienes salen en la tele.

Etiquetado , , ,

Perdido y encontrado (Lost and found)

Imagen de Robert Davies/sxc.hu

Imagen de Robert Davies/sxc.hu

Hace algunos años, cuando trabajaba en la Agencia EFE, en la sección local de Madrid, hice el consabidísimo reportaje sobre los enseres depositados en la Oficina de Objetos Perdidos del Ayuntamiento de la capital. Estas oficinas, en el mundo anglosajón, tienen el mucho más esperanzador nombre de Lost and Found, perdido y encontrado.

A veces, hay personas a las que uno pierde el rastro aunque periódicamente las recuerda y se pregunta qué será de ellas. Es el caso de Rodolfo Serrano, con quien recientemente me reencontré en Twitter. Con él tengo una curiosa deuda que Rodolfo sin duda desconoce y que voy a contar aquí.

Mi teletipo sobre los muchos objetos perdidos que dejó el año 2000 en las dependencias municipales se publicó en marzo de 2001, cuando el Ayuntamiento hizo el balance anual de la oficina encargada del asunto. La mía era una información aséptica, con sus cifras, con sus datos, todo muy formal, aunque por supuesto subrayaba algunos hallazgos cómicos, como una dentadura postiza, una caja de ostras o un consolador. El teletipo, copiado y pegado (mirad el año, la crisis del periodismo viene de aquella época, no es de ahora), salió en las páginas de información local de no pocos medios. Unos citaban la fuente (EFE) y otros no. Lo habitual.

Pero Rodolfo Serrano, en El País, hizo lo que podéis leer aquí y que os recomiendo leer.

No sólo citó la fuente dos veces, sino que lo hizo en un texto delicioso, cómico, lírico por momentos (véase el último párrafo), y todo ello sin dejar de hacer información. Sin dejar de hacer periodismo.

Aquél día aprendí muchas cosas. Y desde entonces, le estoy agradecida por lo mucho que me enseñó. Sin él saberlo.

Etiquetado ,

Prejuicios

Una de las cosas que más me impresionó de Berlín fue el memorial del Holocausto. Un bosque de bloques de cemento, tan pequeños en el exterior que te puedes sentar sobre ellos. Te vas adentrando en ese bosque, y el suelo hace una suave vaguada de forma que sin darte cuenta, los bloques van siendo tan altos que llegan a sepultarte. Alcanzan más de tres, cuatro metros de altura, y ya no sabes salir del laberinto. Ya no ves sino cemento a tu alrededor.

Fuimos a visitar ese monumento y otros de la ciudad, y la guía que nos acompañó nos explicó que, para ella, esos bloques simbolizaban los prejuicios: pequeños al principio, crees que puedes dominarlos, pero poco a poco se van adueñando de tu capacidad de pensar, hasta que eres incapaz de distinguirlos del pensamiento racional y te dominan ellos a a ti.

    Memorial del Holocausto, monumento que la ciudad de Berlín levantó en memoria de los judíos asesinados por los nazis

Memorial del Holocausto, monumento que la ciudad de Berlín levantó en memoria de los judíos asesinados por los nazis

Yo tengo prejuicios, como todo el mundo.

La semana pasada fui a una tienda situada en el distrito de Salamanca, en Madrid, un pequeño comercio que lleva abierto toda la vida (más de 30 años para un comercio es toda la vida), a comprar un regalo a una amiga que cumplía años. Hablando con la dueña, una economista de cierta edad, me comentó su incertidumbre sobre cómo iría la campaña de Navidad. Yo le dije que, en esa zona, iría bien seguro: “Es que este barrio lo está pasando muy mal”, contestó. No pude evitar levantar la ceja con incredulidad y escepticismo, y más cuando en el barrio donde yo vivo se pasa hambre de verdad. Digo hambre de la de no poder dormir por la noche. ¡Y esta mujer se me estaba quejando, en un barrio tan bueno que nadie se saluda! Mis prejuicios.

Me contó que en esa parte del barrio situada entre las calles de Goya y O’Donnell, la población es muy mayor. Viven en casas confortables, tienen en general buenas pensiones, y pudieron dar a sus hijos buena educación. Por lo general, los hijos y los nietos de estas personas mayores estaban perfectamente integrados en el sistema, formaban parte de él, ganaban buenos sueldos  y se compraron casas. Casas grandes, en buenas zonas, en áreas residenciales donde un chalé podía llegar a costar, sin ser lo más, entre 600.000 euros y un millón. Los padres de esos chicos sanotes, con niños, con dos coches, con vacaciones en el mar, avalaron a sus hijos para poder hacer frente a hipotecas demenciales, confiando en que esos trabajos bien pagados y bien considerados nunca iban a faltar. El aval era la casa del padre, en la calle Fernán González, o en la calle Duque de Sesto, o en la calle de Menorca. Ahora, esos chicos sanotes han perdido el trabajo y el banco acecha. En muchos casos, el banco prefiere ejecutar el aval, dejando al padre, al abuelo, sin la casa en la que pensaba pasar sus días confortablemente sentado leyendo el ABC con las pantuflas de paño mientras esperaba la visita dominical de los nietos.

Según la dueña de la tienda, estas personas sufren ahora un estrés tremendo, una incertidumbre sobre el futuro que va a impedirles en muchos casos poder celebrar la Navidad con alegría y regalos, de forma muy parecida (a escala, insisto) a como va a ocurrir en los barrios de Madrid en los que se pasa hambre. (No es lo mismo, claro. Pero se ve que en todos sitios cuecen habas).

Esta es la manera en que los bancos actúan como asustaviejas para vaciar de gente mayor los barrios buenos, gente a la que expulsan por la vía inmobiliaria, quedándose con pisos que sí tienen buena salida a un mercado cada vez más pujante: el del lujo, el de la vivienda en la Milla de Oro, el del ático frente al Retiro.

También en ese barrio de gente bien -donde por cierto viví hasta que me casé, en una casa de protección oficial- hay abuelas que con su pensión mantienen a sus hijas, recién separadas, y a los nietos. Y que ahí están, ex funcionarias viudas que han pasado de vivir holgadamente a mantener ellas solas una familia de tres o cuatro.

Ayer, mi hijo mayor me hizo notar que, después de Reyes, sólo habría un día, el 7 de enero, para disfrutar de los regalos, porque el 8 ya es lectivo. Más de un padre y de una madre, cuando lo vea, se dirá: mejor así, porque para lo que te van a echar…

Etiquetado , , , , , , , , , , , , ,