Liberté… ¿de qué?

charliehebdoLos atentados contra Charlie Hebdo del pasado día 7 fueron un duro golpe para toda Francia y, en menor medida, para el resto de los países que comparten su concepto y definición de democracia. Es cierto que, como crisis, no se ha gestionado mal: el gobierno ha actuado, se ha homenajeado a los muertos, la policía ha matado a los malos, los supervivientes han liderado la información, han hablado, han llorado, han sido coherentes con su estilo y, como los hechos estaban de su lado, no han tenido que mentir, que es donde más riesgo se corre en las crisis. La publicación ha liderado el relato y se ha ganado la solidaridad mundial pese al –a mi juicio- mal gusto del humor que solía utilizar, y ha conseguido que la gente haga cola para comprar prensa en los quioscos. Francia ha emocionado de nuevo urbi et orbe con la Marsellesa como en una reedición hype de la famosa secuencia de Casablanca.

Además, el atentado ha puesto la creatividad de todos los viñetistas, humoristas gráficos y dibujantes de las publicaciones más importantes del mundo al servicio de la causa de la libertad, encarnada en Charlie Hebdo, y ha puesto –merced a la desgracia- su nombre en la mente de muchos que ni siquiera conocían la existencia de esta publicación satírica. Logrando así algo que, quien primero publicó las caricaturas de Mahoma, no ha conseguido jamás: el conocimiento universal y abanderar un hashtag con millones de tuits, aunque se haya quedado lejos de ser uno de los más utilizados de la historia.

La libertad de expresión se ha convertido en el valor atacado por los salafistas, la madre democracia ha dicho que la libertad de expresión es la más importante de todas sus libertades y ha salido a defenderla. Han salido los lideres a la calle (lejos de la chusma, eso sí) a decir que la democracia es fuerte y puede con todos los yihadistas locos del mundo, pero a mí me ha dejado, como a muchos, un cierto regusto amargo ver ahí a quienes representan un poder político que no duda en laminar la libertad de expresión para conseguir unos minutos o unos centímetros cuadrados de propaganda gratuita en nuestros medios.

Lo ha dicho ya mucha gente: este sector, el del periodismo, en el que trabajé y del que soñaba con vivir, está medio muerto en parte porque no hizo lo que debía hacer, molestar. Molestar al poder político y económico poniendo sus vergüenzas al aire no por gusto, sino para que mejoraran la gestión política y económica de nuestras sociedades. Molestar con preguntas, con datos, con evidencias, con denuncias y con sentido del deber profesional, de la ética. De la responsabilidad. Especialmente donde más difícil es hacer eso: a nivel local. Es relativamente fácil ser The Economist y poner a parir al gobierno de Arabia Saudí. Pero si vives en una ciudad de provincias y tu medio es local, agárrate como te metas con las fuerzas vivas.

chiste_diarioesUn día, hace muchos años, pero cuando ya los gobiernos no podían cerrar medios porque estaba feo, llegó al periodismo la publicidad con apoyo redaccional y ahí se fue todo a la mierda. Porque después de eso, vino el mensaje de “si publicas eso, olvídate de la publicidad institucional”, o “retiro la campaña de tal producto”. Y entonces los medios pasaron por el aro de su propia desaparición.

Así seguimos. Lamiéndonos las heridas que nos dejó lo que creíamos como sector nuestro gran amor y braguetazo, cuando realmente era un agente doble que nunca había trabajado para nosotros y siempre estuvo de parte del enemigo y de sí mismo. La libertad de expresión no morirá nunca a balazos de Kalashnikov, sino a golpe de talonario.

P.D.: Casi nadie recuerda la primera víctima francesa de las viñetas de Mahoma, el director de France-Soir despedido por reproducirlas, en 2006, despido que contó con el apoyo del Gobierno francés. Todos callaron entonces porque sólo fue despedido. Como si despedir periodistas no fuera malo para la libertad de expresión.

Anuncios
Etiquetado , , , ,

Ébola 2.0: El whatsapp se la jugó a Soraya

ebolatimeEl pasado jueves, tuve la ocasión de participar en una mesa redonda con Rosa Matías, María Luisa Moreo, Fran Rosillo y Oliver Serrano sobre la gestión de la comunicación en la crisis del ébola, desde el punto de vista de las redes sociales. En mi opinión, ya no se puede hacer ningún tipo de análisis sobre comunicación, sea o no de crisis, sin contar con las redes sociales. No son nada futuro, son algo que la gente usa, que los medios usan, que no se puede ignorar si estamos pensando en comunicar o en gestionar los riesgos en caso de crisis. Y me apetecía compartir aquí mi aportación.

Para empezar, seamos sinceros: todos buscamos culpables o responsables en caso de crisis. Da igual que sea el caos aéreo por una huelga de controladores o que se trate de un problema sanitario como el ébola: en redes sociales, en columnas de opinión, en el enfoque editorial de las noticias, buscamos un culpable y cuando lo encontramos, lo compartimos: en Twitter, en Facebook, en el bar o en todos ellos. Y ese culpable es elegido en función de varios criterios. Uno de ellos, y no menor, es nuestro catálogo de prejuicios ideológicos.

Así, por ejemplo, las farmacéuticas fueron señaladas como culpables como ya conté aquí por no haber invertido en vacunas y tratamientos contra enfermedades “de pobres”, como el ébola, cuando precisamente fue un tratamiento aún experimental creado por dos farmacéuticas apoyadas por los gobiernos de sus países el que está dando más resultado. También las “fuerzas vivas” tienen su culpable (la víctima, en este caso: la auxiliar de enfermería infectada), y de ello se hizo no poca mofa, más aún cuando ocurrió algo similar en EEUU y los medios elevaron a la infectada a la categoría de héroe nacional. Y Obama supo aprovecharlo, claro.

Elige tu modelo de gestión de crisis: ¿Windsor o Fukushima?
¿Por qué ocurre todo esto? Porque entre otras cosas, nadie estaba dando información razonablemente seria desde fuentes oficiales. El primer caso de infección por ébola sucedido fuera de África ocurrió aquí pocos días depués de que la directora general de Salud Pública de la Comunidad de Madrid, Mercedes Vinuesa, dijera que había riesgo “prácticamente nulo” de que eso ocurriera. Lo que casi nadie subrayó es que esta mujer se limitó a reproducir las estimaciones de la OMS, pero para qué hacerlo si vendía más dejarla fatal.

Dicho esto, y ya entrando en el análisis de la comunicación de crisis, recordé lo que siempre cuento a mis alumnos de máster: que en comunicación de crisis podemos optar por hacer “un Windsor” o “un Fukushima”. En el primer caso, el incendio del edificio Windsor, en Madrid, se fue de más a menos. Se cerró a cal y canto el corazón financiero de Madrid por el riesgo de que el edificio colapsara y los túneles de AZCA se hundieran arrastrados por él. Luego, una vez que entraron los bomberos y se fueron comprobando los daños, el mensaje fue siendo hora tras hora más tranquilizador, y la percepción que dejó el Ayuntamiento de Madrid en los ciudadanos fue que la acción de los servicios municipales había evitado una tragedia de grandes proporciones. Sin embargo, los responsables de gestionar los efectos del tsunami y posterior accidente nuclear de Fukushima, en Japón, en 2011, fueron de menos a más. Primero dijeron que no había peligro para el reactor, y éste reventó. Que no había peligro de contaminación radiactiva, y ésta fue apareciendo no ya en Japón sino muy lejos de allí, donde la llevaba el viento… Los responsables de gestionar aquello dieron la imagen de haber subestimado los riesgos y de verse superados a cada paso por la situación. Y lo que es peor: dieron la sensación de haber estado mintiendo desde el principio.

Estos dos modelos, dentro de una crisis sanitaria como la que nos ocupa, tendrían dos antecedentes: la Gripe A, con Trinidad Jiménez como ministra de Sanidad, y el caso del síndrome tóxico, gestionado por Jesús Sancho Rof, que dejó como ministro una simpleza histórica que le perseguiría el resto de su vida.

Bien, en el caso de la gripe A, Jiménez logró convocar, de un sábado para un domingo, una rueda de prensa para comunicar el primer caso de un contagiado en España y las medidas que se iban a tomar. Su responsable de comunicación, que recibió la noticia del contagio en un cumpleaños, carecía de las herramientas que tenemos hoy (un smartphone con todos los contactos al alcance de la mano) para convocar a los medios. Llamó a tres medios clave, entre ellos la Agencia Efe, desde donde podía hacerse una convocatoria que llegara a todos los medios instantáneamente. Pero si no hubiera llevado años y años de trabajo y contacto diario con los periodistas, no hubiera tenido el crédito suficiente para convocarlos con pocas horas y sin decir de qué iba a hablar. Como dijo Fran Rosillo en su exposición durante la mesa redonda, “en tiempos de paz, hay que prepararse para la guerra”, lo que en comunicación quiere decir que te trabajes la credibilidad en todo momento, para que, ante una crisis, estés en condiciones de abordarla con éxito.

Cuando aparece el primer contagio por ébola fuera de África, lo hace en España y aquí la ministra de Sanidad es Ana Mato. Esto ya es, en sí mismo, la madre de todas las crisis, pero la ministra convoca una rueda de prensa con siete expertos en la que comparece de negro riguroso y en la que no sabe a quién pasarle las preguntas de los periodistas (¿desconocía en qué era experto cada uno de los comparecientes?), dejando sin contestar además aquella que podía y debía contestar un responsable político: que si pensaba dimitir alguien.

Periodismo cooperativo
Aquí la situación empieza a ponerse difícil y la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, decide tomar las riendas del tema aprovechando que el presidente Rajoy está en China. Desde ese momento, la información sobre el estado de Teresa Romero y los demás ingresados sólo sale de Moncloa. Es diaria pero tan escueta e irrelevante que los periodistas deciden crear grupos de Whatsapp para comunicarse con las fuentes (solventes, pero no autorizadas ya que la información se frena en Moncloa, que pretende monopolizar el suministro de datos) y poner en común con enorme sentido práctico aquello que interesa a los ciudadanos. Es decir: sacrificaron la posible primicia para cooperar con el objetivo de dar información relevante, completa y puntual al público que la estaba demandando.Y a través de Whatasapp, utilizado como red social cerrada, circuló la información que luego los medios publicaron y que mucha gente compartió por las redes sociales abiertas, como Facebook o Twitter.

Durante el turno de preguntas se me preguntó si las empresas informativas conocían estas prácticas de sus redactores. Esto se ha hecho toda la vida, solo que antes no había Whatsapp, se hacía de forma “analógica”. Si las empresas periodísticas lo ignoraban, es porque nunca sus responsables han hecho periodismo ni conocen la praxis del oficio. Las empresas compiten, y los compañeros se ayudan. Esto es así, sobre todo para el “carril”. Exclusivas y primicias tienen otro tratamiento.

¿Hubiese sucedido algo así de no existir Whatsapp? Seguro. Porque la falta de un liderazgo claro, de los datos pertinentes y relevantes, de lealtad institucional y de credibilidad de las fuentes oficiales habría obligado a los periodistas a buscar fuentes alternativas para hacer su trabajo. Habrían encontrado la manera de hacerlo, de cooperar y organizarse para lograrlo, como hemos hecho siempre.

Y esto me vuelve a llevar al principio, a los “malos” oficiales según gustos o prejuicios: a aquellos sectores, lobbys, colectivos, empresas o instituciones que carecen de la suficiente credibilidad para gestionar bien una crisis (el Gobierno, el ejército o la Iglesia, por ejemplo) o simplemente tienen mala fama, como las farmacéuticas o las compañías petroleras.

Si no comunicas, pierdes oportunidades.

Si no eres transparente, no puedes comunicar.

Si no puedes ser transparente, revisa los motivos.

Si esos motivos son consustanciales a tu actividad, tienes un problema.

Porque la información ya no fluye como siempre. Fluye como nunca. Y si crees que la puedes controlar, estás muy equivocado.

Etiquetado , , , ,

Los malos del ébola

Virus del ébola (Foto: NIAID)

Como en toda película, con el ébola ya tenemos una lista de héroes y villanos. Claro que, según los públicos, los papeles son unos u otros, se reparten de manera diferente. Entre los villanos que han salido a relucir en los últimos días está la industria farmacéutica. El pasado domingo, en el programa El Objetivo, era entrevistado José Antonio López Guerrero (minuto 14 aprox.), virólogo del Centro de Biología Molecular Severo Ochoa (CSIC-UAM). De manera en principio inocente, el entrevistador le preguntaba si la industria farmacéutica (uno de los villanos habituales) había invertido lo suficiente para parar una epidemia que comenzó a causar estragos en África hace años. López Guerrero contestó que “aunque se dice que uno sólo se acuerda de Santa Bárbara cuando truena, en este caso no es cierto, porque fármacos como el Zmapp y otros están ya pidiendo entrar en fase clínica, y llevan años de investigación”. “Las vacunas igual“, añadió, “llevan años investigándose”. Sin embargo, sí reconoció que “si los focos de infección hubieran sido occidentales desde el principio, habría habido más inversión en investigación”.

En esta ocasión, como tantas cosas en la vida, nada es blanco ni negro del todo. Es cierto que las enfermedades típicas de países subdesarrollados (malaria, cólera, ébola), las “enfermedades de pobres”, han sufrido siempre de lo mismo que las enfermedades denominadas “raras”: no son “rentables” y se supone que por eso el sector farmacéutico no les presta mayor atención. Mientras tanto, fármacos como la Viagra han rentabilizado más que de sobra los esfuerzos invertidos en su investigación. Sin embargo, enfermedades también del primer mundo, benignas como al alopecia o el vitíligo, o terribles como el cáncer o el Alzheimer, siguen sin remedio y se habla muchas veces de la falta de fondos (públicos, pero también privados) para investigación.

Segunda cuestión. Sin mirar: ¿alguien sabría decirme qué laboratorio ha fabricado el Zmapp? ¿Qué farmacéutica trabaja en ello? ¿Qué pasaría si alguna de estas industrias hubiera intentado colar su nombre en los informativos de todo el mundo para decir que están desarrollando un fármaco contra una enfermedad fatal? ¿Se habrían producido impactos positivos para su imagen, o se les habría acusado de querer rentabilizar informativamente una inversión que sólo ha dado el paso a la fase clínica cuando el ébola ha salido de África?

En esta escueta información, Mapp Biopharmaceutical, Inc., señala que el ZMapp es el resultado de su colaboración con LeafBio en San Diego, California (comercializadora) y la fabricante canadiense de vacunas y antivirales Defyrus Inc., con ayuda del sector público: el gobierno de EEUU (de hecho, el ejército norteamericano parece haberse quedado con buena parte de las existencias de ZMapp) y la Agencia Pública de Salud de Canadá. Las existencias del suero están agotadas, por cierto.

Una última pregunta: ¿tendríamos ZMapp sin sector público que apoyara -con impuestos- la investigación?

A mí todo esto me lleva a tres conclusiones:

  1. que ningún gran laboratorio ha invertido en el ébola, quizá porque no pensaban que podrían rentabilizar el esfuerzo, perdiendo así la oportunidad de haber dado con un remedio, y de obtener impactos positivos en los medios para sí y para el sector en general. Yo estaría ya mirando los casos de dengue detectados en Japón y Croacia, y otras enfermedades tropicales que cambiarán de latitud por el cambio climático.
  2. que los malos de siempre tendrían que hacer un esfuerzo en comunicación para dejar de ser los malos siempre. Un esfuerzo en investigación que no se comunica bien es una oportunidad perdida para cambiar la imagen que la sociedad tiene de una marca y de un sector. En este caso, el farmacéutico. La transparencia ayudaría mucho.
  3. que sin sector público, aquí o en países tan liberales como Canadá o EEUU, muchas cosas esenciales no existirían: entre ellas, el suero experimental que dará una oportunidad a la enfermera española Teresa Romero, primera víctima del ébola contagiada fuera de África. La cooperación entre lo público y lo privado, como la cooperación entre países desarrollados y en vías de desarrollo, es más necesaria que nunca.

También voy a recoger una crítica (autocrítica) hacia los medios de comunicación, a los que el ébola les ha dado igual durante décadas. Lo denunciaba Gervasio Sánchez en su cuenta de Twitter este fin de semana.

En qué medida el público es también responsable de esa falta de atención lo tienen en las portadas de los agregadores que, supuestamente, se hacen con las noticias más votadas. Que ya no son los directores de periódicos los únicos que deciden qué va en primera plana.

Etiquetado , , , ,

Tuits promocionados. Cui prodest?

Estamos hartos de decirlo. Twitter no es un buen lugar para exponerte si no tienes la trastienda bien limpia. Y menos pagando. Lo que voy a decir aquí igual molesta, pero como es mi opinión y tengo con qué soportarla, supongo que al menos servirá para dar motivos a todos aquellos que están en contra de pagar a Twitter por los promoted tweets.

Veamos algunos ejemplos recientes vistos en mi timeline.

 

callduty

 

No quería hacer un sesudo análisis de lo evidente, pero me pregunto… ¿cuánto le costó a El Corte Inglés conseguir la escalofriante cifra de 30 retweets y 41 favoritos? ¿Los dueños del videojuego ya han demandado al establecimiento? Porque tela. Bueno, y eso por no hablar de la segmentación, evidentemente errónea, y el empleo de “venirse”, en según qué países de habla hispana, puede significar cosas que desconoce el redactor del tuit en cuestión.

Más ejemplos.

image_2

 

En este caso, me preguntaba yo quién habría aconsejado a una aseguradora meterse en semejante berenjenal. Daba cancha a un amplio espectro de usuarios: desde los desengañados por la escasa cobertura de las pólizas en general (no sólo de Catalana Occidente en particular), hasta los interesados en la cuestión de la independencia o secesión de Cataluña. Y todo para conseguir el magro beneficio de 3 retweets, que suponemos amigos y familiares del community manager.

Este me encanta:

nestlé

 

Y aquí, con un retweet en dos días y dos favoritos, es donde yo veo la verdadera utilidad de los tuits promocionados: ¿Quieres saber qué está haciendo mal una marca y cuál es su problema de reputación? ¿Cuáles son sus trapos sucios? ¿Qué es lo que dice la gente, lo que cree la gente, qué tienes que esforzarte en contrarrestar si estás dentro como dircom o como director de Marketing? Pincha el tuit promocionado y entérate.

A veces, los que nos vemos en el espejo, somos los tuiteros y aparece nuestra simpleza:

 

accionhambre

 

Moraleja: merece la pena promocionar un tuit si eres una ONG con buenas prácticas, porque las respuestas negativas de cuatro desalmados se ven compensadas con los retweets y favs de otros usuarios. Y si crees que algo en tu organización va mal, mira las respuestas porque han de servirte de orientación, como poco.

Ojo que también hay casos de éxito, hay algunos aquí. Las cifras no resisten ninguna comparación.

Con quienes más me he divertido últimamente ha sido con las campañas relacionadas con el reciclaje. Aparte de alguna triste metedura de pata en la publicidad convencional (unos mupis en el Metro “reciclaban” la imagen de Mariví Bilbao, un año después de que la popular actriz hubiera fallecido), gracias a los tuits promocionados de Ecovidrio vimos que hay cierta corriente de opinión a favor de que nos paguen por reciclar:

ecovidrio

 

El tema es que los españoles estamos ya muy viajados. Como tenemos gran parte de la juventud exiliada,  sabemos que en otros países reciclar te da unos céntimos, y aquí la cosa es bien distinta.

Todo esto ya pasa cuando una marca está en Twitter. Se expone a comentarios así, pero yo no habría visto los problemas de Nestlé o Ecoembes si estas compañías no hubieran pagado por aparecer en mi TL. Y creo que esto es algo sabido de sobra por muchos que siguen vendiendo tuits promocionados por -supongo- el margen que se llevan. ¿Qué otra razón puede haber?

 

 

Etiquetado , , , , , ,

¿Somos todos anarquistas?

 

Hace bastante que encontré un vídeo sobre el anarquismo en la web de RTVE, un debate televisado que se parece a los actuales lo mismo que un Commodore 64 a un iPad.

En ese debate, una venerable y enérgica ancianita llamada Federica Montseny explicaba qué era el anarquismo y cuáles eran las características del anarquismo en España. Rebatía a aquellos que opinaban que el anarquismo español se limitaba a la CNT y otros sindicatos, cuando en realidad, a su juicio, el anarquismo español hundía sus raíces ideológicas nada menos que en Cervantes y en la Edad Media. Son cuatro minutos deliciosos.

Aparte de que el anarquismo es para Montseny (ya en 1982) la última esperanza del socialismo (fracasado como socialdemocracia en Europa y como totalitarismo en la URSS), me interesa destacar su visión del individuo como ser responsable, capaz por sí solo de gobernarse, de procurarse su medio de vida si tiene acceso a los medios de producción. Pone al ser humano sobre todas las demás cosas, al individuo sobre el Estado y la solidaridad como valor para equilibrar las desigualdades.

El liberalismo de verdad (no el que busca contratos del Estado, delinquiendo si es preciso) pide también la supresión de la injerencia estatal en las relaciones económicas, y pone al individuo sobre todas las cosas confiando en su capacidad para, libre de ataduras y reglamentos, regularse por sí mismo y conseguir generar riqueza y prosperidad. Carece de un valor concreto para equilibrar las desigualdades pues, en un mercado ideal y completamente desregulado, la teoría liberal dice que todos seremos suficientemente ricos para vivir bien.

Lamentablemente, igual que el socialismo de Estado siempre fracasa en la producción y los liberales le acusan de “repartir equitativamente la pobreza”, el capitalismo fracasa en la distribución, y ninguna de las dos opciones ha sabido llevar a buen puerto sus teorías cuando ha tenido ocasión de ponerlas en práctica.

Un discurso viejo en un contexto nuevo
Esto que parece un discurso viejo, viejísimo, decimonónico casi, me interesa como contexto histórico para algo que he tenido ocasión de conocer hace pocos días y por motivos profesionales. Se trata de la economía colaborativa, en la que el individuo decide gestionar sus bienes de manera que los convierte en medios de producción para procurarse unos ingresos que de otra manera no obtendría, reduciendo de paso la emisión de gases contaminantes y otros desechos que amenazan con cambiar nuestro planeta para siempre, y para mal.

Estas nuevas fórmulas ponen de nuevo a la persona en el centro de la economía. El valor por el que se moderan estas relaciones es el de la confianza entre iguales, entre pares. Y están sacudiendo los cimientos de la economía de mercado.

Pienso que este nuevo liberalismo tiene mucho que ver con el anarquismo de la autogestión, y puesto que ambas ideologías reniegan del Estado, encontrarán muy interesante el hecho de que los Estados estén perdiendo la capacidad real de regular las relaciones humanas (económicas y de cualquier otro tipo). Mientras tanto, y para satisfacción de los liberales, las compañías, las multinacionales, sí están ahora capacitadas no sólo para impulsar cambios normativos que las benefician (vía lobbying), sino para usar todo su poder transnacional y provocar cambios, lo que las convierte en entes con enorme responsabilidad en el futuro del planeta. Se les pedirán cuentas.

De modo que tenemos, de un lado, a los ciudadanos haciendo de su capa un sayo para procurarse lo que necesitan pasando bastante de las instituciones. Y a las empresas, actuando al margen de los estados a los que superan en capacidad y resolución para llevar a cabo cambios relevantes.

Si los Estados pierden poder, no es menos cierto que los ciudadanos hemos perdido poder como tales y lo estamos empezando a ejercer como clientes dando a nuestras decisiones de compra un valor de voto.

Datos de la última encuesta del CIS

Datos de la última encuesta del CIS

 

Además de ejercer nuestro derecho al voto en cada decisión de compra (el lado oscuro de esto es que sólo puede ejercer ese voto quien tiene dinero para comprar), optamos por modelos de economía colaborativa que nos convierten en productores de bienes y servicios, y nos alejan de intermediarios que hasta ahora (pienso en las grandes empresas de distribución) se repartían un mercado infantilizado y pusilánime que se limitaba a pasar por los lineales del supermercado cogiendo cosas sin ton ni son, de manera maquinal y poco reflexiva. Poco humana.

Todo esto me hace pensar si no estamos ante la necesidad de un nuevo humanismo (el anarquismo, el liberalismo… eran humanistas en su concepción) que vuelva a colocar a la persona, a todas las personas, en el centro de las acciones colectivas e individuales, de forma que el mundo sea capaz de organizarse para que todos compartamos un nivel similar de bienestar. Y no pienso sólo en el ser humano de occidente, sino en todos los millones de desheredados de la tierra. Como decía el presidente uruguayo José Múgica en una reciente entrevista en TV, “los negros de África no son de África, son nuestros: tenemos que empezar a pensar como especie”.

 

Etiquetado , , , , , , , ,
Anuncios