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Ébola 2.0: El whatsapp se la jugó a Soraya

ebolatimeEl pasado jueves, tuve la ocasión de participar en una mesa redonda con Rosa Matías, María Luisa Moreo, Fran Rosillo y Oliver Serrano sobre la gestión de la comunicación en la crisis del ébola, desde el punto de vista de las redes sociales. En mi opinión, ya no se puede hacer ningún tipo de análisis sobre comunicación, sea o no de crisis, sin contar con las redes sociales. No son nada futuro, son algo que la gente usa, que los medios usan, que no se puede ignorar si estamos pensando en comunicar o en gestionar los riesgos en caso de crisis. Y me apetecía compartir aquí mi aportación.

Para empezar, seamos sinceros: todos buscamos culpables o responsables en caso de crisis. Da igual que sea el caos aéreo por una huelga de controladores o que se trate de un problema sanitario como el ébola: en redes sociales, en columnas de opinión, en el enfoque editorial de las noticias, buscamos un culpable y cuando lo encontramos, lo compartimos: en Twitter, en Facebook, en el bar o en todos ellos. Y ese culpable es elegido en función de varios criterios. Uno de ellos, y no menor, es nuestro catálogo de prejuicios ideológicos.

Así, por ejemplo, las farmacéuticas fueron señaladas como culpables como ya conté aquí por no haber invertido en vacunas y tratamientos contra enfermedades “de pobres”, como el ébola, cuando precisamente fue un tratamiento aún experimental creado por dos farmacéuticas apoyadas por los gobiernos de sus países el que está dando más resultado. También las “fuerzas vivas” tienen su culpable (la víctima, en este caso: la auxiliar de enfermería infectada), y de ello se hizo no poca mofa, más aún cuando ocurrió algo similar en EEUU y los medios elevaron a la infectada a la categoría de héroe nacional. Y Obama supo aprovecharlo, claro.

Elige tu modelo de gestión de crisis: ¿Windsor o Fukushima?
¿Por qué ocurre todo esto? Porque entre otras cosas, nadie estaba dando información razonablemente seria desde fuentes oficiales. El primer caso de infección por ébola sucedido fuera de África ocurrió aquí pocos días depués de que la directora general de Salud Pública de la Comunidad de Madrid, Mercedes Vinuesa, dijera que había riesgo “prácticamente nulo” de que eso ocurriera. Lo que casi nadie subrayó es que esta mujer se limitó a reproducir las estimaciones de la OMS, pero para qué hacerlo si vendía más dejarla fatal.

Dicho esto, y ya entrando en el análisis de la comunicación de crisis, recordé lo que siempre cuento a mis alumnos de máster: que en comunicación de crisis podemos optar por hacer “un Windsor” o “un Fukushima”. En el primer caso, el incendio del edificio Windsor, en Madrid, se fue de más a menos. Se cerró a cal y canto el corazón financiero de Madrid por el riesgo de que el edificio colapsara y los túneles de AZCA se hundieran arrastrados por él. Luego, una vez que entraron los bomberos y se fueron comprobando los daños, el mensaje fue siendo hora tras hora más tranquilizador, y la percepción que dejó el Ayuntamiento de Madrid en los ciudadanos fue que la acción de los servicios municipales había evitado una tragedia de grandes proporciones. Sin embargo, los responsables de gestionar los efectos del tsunami y posterior accidente nuclear de Fukushima, en Japón, en 2011, fueron de menos a más. Primero dijeron que no había peligro para el reactor, y éste reventó. Que no había peligro de contaminación radiactiva, y ésta fue apareciendo no ya en Japón sino muy lejos de allí, donde la llevaba el viento… Los responsables de gestionar aquello dieron la imagen de haber subestimado los riesgos y de verse superados a cada paso por la situación. Y lo que es peor: dieron la sensación de haber estado mintiendo desde el principio.

Estos dos modelos, dentro de una crisis sanitaria como la que nos ocupa, tendrían dos antecedentes: la Gripe A, con Trinidad Jiménez como ministra de Sanidad, y el caso del síndrome tóxico, gestionado por Jesús Sancho Rof, que dejó como ministro una simpleza histórica que le perseguiría el resto de su vida.

Bien, en el caso de la gripe A, Jiménez logró convocar, de un sábado para un domingo, una rueda de prensa para comunicar el primer caso de un contagiado en España y las medidas que se iban a tomar. Su responsable de comunicación, que recibió la noticia del contagio en un cumpleaños, carecía de las herramientas que tenemos hoy (un smartphone con todos los contactos al alcance de la mano) para convocar a los medios. Llamó a tres medios clave, entre ellos la Agencia Efe, desde donde podía hacerse una convocatoria que llegara a todos los medios instantáneamente. Pero si no hubiera llevado años y años de trabajo y contacto diario con los periodistas, no hubiera tenido el crédito suficiente para convocarlos con pocas horas y sin decir de qué iba a hablar. Como dijo Fran Rosillo en su exposición durante la mesa redonda, “en tiempos de paz, hay que prepararse para la guerra”, lo que en comunicación quiere decir que te trabajes la credibilidad en todo momento, para que, ante una crisis, estés en condiciones de abordarla con éxito.

Cuando aparece el primer contagio por ébola fuera de África, lo hace en España y aquí la ministra de Sanidad es Ana Mato. Esto ya es, en sí mismo, la madre de todas las crisis, pero la ministra convoca una rueda de prensa con siete expertos en la que comparece de negro riguroso y en la que no sabe a quién pasarle las preguntas de los periodistas (¿desconocía en qué era experto cada uno de los comparecientes?), dejando sin contestar además aquella que podía y debía contestar un responsable político: que si pensaba dimitir alguien.

Periodismo cooperativo
Aquí la situación empieza a ponerse difícil y la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, decide tomar las riendas del tema aprovechando que el presidente Rajoy está en China. Desde ese momento, la información sobre el estado de Teresa Romero y los demás ingresados sólo sale de Moncloa. Es diaria pero tan escueta e irrelevante que los periodistas deciden crear grupos de Whatsapp para comunicarse con las fuentes (solventes, pero no autorizadas ya que la información se frena en Moncloa, que pretende monopolizar el suministro de datos) y poner en común con enorme sentido práctico aquello que interesa a los ciudadanos. Es decir: sacrificaron la posible primicia para cooperar con el objetivo de dar información relevante, completa y puntual al público que la estaba demandando.Y a través de Whatasapp, utilizado como red social cerrada, circuló la información que luego los medios publicaron y que mucha gente compartió por las redes sociales abiertas, como Facebook o Twitter.

Durante el turno de preguntas se me preguntó si las empresas informativas conocían estas prácticas de sus redactores. Esto se ha hecho toda la vida, solo que antes no había Whatsapp, se hacía de forma “analógica”. Si las empresas periodísticas lo ignoraban, es porque nunca sus responsables han hecho periodismo ni conocen la praxis del oficio. Las empresas compiten, y los compañeros se ayudan. Esto es así, sobre todo para el “carril”. Exclusivas y primicias tienen otro tratamiento.

¿Hubiese sucedido algo así de no existir Whatsapp? Seguro. Porque la falta de un liderazgo claro, de los datos pertinentes y relevantes, de lealtad institucional y de credibilidad de las fuentes oficiales habría obligado a los periodistas a buscar fuentes alternativas para hacer su trabajo. Habrían encontrado la manera de hacerlo, de cooperar y organizarse para lograrlo, como hemos hecho siempre.

Y esto me vuelve a llevar al principio, a los “malos” oficiales según gustos o prejuicios: a aquellos sectores, lobbys, colectivos, empresas o instituciones que carecen de la suficiente credibilidad para gestionar bien una crisis (el Gobierno, el ejército o la Iglesia, por ejemplo) o simplemente tienen mala fama, como las farmacéuticas o las compañías petroleras.

Si no comunicas, pierdes oportunidades.

Si no eres transparente, no puedes comunicar.

Si no puedes ser transparente, revisa los motivos.

Si esos motivos son consustanciales a tu actividad, tienes un problema.

Porque la información ya no fluye como siempre. Fluye como nunca. Y si crees que la puedes controlar, estás muy equivocado.

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El hombre que no pasará a la historia

Se cumplen ahora 50 años del famoso “I have a dream” de Martin Luther King. La historia de esa frase está bastante bien contada aquí y no voy a abundar en ella. En ese discurso, hay algo crucial que nadie ve, pero que llamó la atención de Javier Chivite, quien me dio la idea para este post. Vean al tipo que coloca los micrófonos, son sólo unos segundos (min. 0:58):

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Se trata de un miembro del servicio de orden del Lincoln Memorial, enclave perteneciente a la red de parques nacionales de EEUU.

Este hombre, cuyo nombre e inquietudes desconocemos, coloca los micrófonos de manera que el sonido del discurso de MLK llegue nítido a nuestros oídos. Pero ese guardia no se queda conforme. Motu proprio o por indicación de otra persona, vuelve a actuar: pasados unos minutos, su mano (blanca, zurda y sin embargo con cierta elegante rigidez de saludo marcial) se atraviesa con enorme osadía entre la persona de MLK y los millones de ojos y decenas de cámaras que lo observaban para volver a bajar los micros, que seguían afeando la imagen del líder negro (min. 8:38):

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El resultado es este:

No sé quién le dijo que hiciera lo que hizo. No sé si fue él mismo quien decidió que estaba allí para algo más que para garantizar el orden. Pero para aquellos que aún no saben qué hacemos los profesionales de la comunicación institucional y el protocolo, este guardia explica bastante bien cuál es nuestro trabajo: no estar, no ser vistos, no pasar a la historia, pero que nuestra atención permita que la historia -en la era de la imagen- se escriba completa y sin estorbos. Muchos pensarán que a diario los profesionales no hacemos “historia”, porque solemos organizar actos públicos relativamente anodinos para oradores que ni mucho menos están a la altura de MLK. Pero es cierto que nunca sabes cuándo puedes estar haciendo historia. De hecho, el Washington Post acaba de pedir disculpas porque hace 50 años no supieron ver en el “I have a dream” una frase histórica y se la comieron con patatas.

Por si acaso, siempre tienes que ocuparte de que todo (no sólo el sonido y la imagen: todo) sea perfecto sin que nadie note que tú estabas allí para bajar los micrófonos, para ver que el tiro de cámara era correcto, para que nada estorbe o distraiga de lo esencial. Y tú, profesional de la cosa, debes ser invisible, como ese guardia que ha estado 50 años siendo invisible y al que hoy reivindico.

Por cierto que el guardia aparece en innumerables fotos junto a MLK, no se movió de su lado durante el discurso.

I have a dream

Desconozco quién es o si vive aún, como este otro agente, que hoy rememora para el Washington Post su presencia en el legendario evento.

A nuestro anónimo héroe podéis encontrarlo también en esta imagen de AFP que hemos visto en la colección que ha publicado el diario The Oregonian en su web.

No quiero terminar sin recomendar la información de Bárbara Yuste en Cuarto Poder sobre el proyecto para recuperar y reconocer la enorme repercusión de MLK y su discurso en lo que sería el futuro de la población afroamericana.

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Reinvéntate tú

La última vez que trabajé en un medio de comunicación, integrada en una ruidosa redacción, espoleada por la hora del cierre, fue en 2009, en el extinto Diario Metro. Cuando cerró, supe que ya nunca más volvería a escribir en un medio, que aquello para lo que yo había estudiado y luchado durante toda mi vida iba a desaparecer. Supe que allí terminaba todo.

Entonces ya se empezaba a escuchar lo de “reinvéntate”. Muchos compañeros y amigos incorporaban la “reinvención” a sus bio de Twitter, a su perfil en LinkedIn, a su lista de tareas. A mí aquello siempre me pareció que era como hacer dos veces algo erróneo. Inventarse cuando lo más difícil en esta vida es saber quién es uno de verdad suena a ponerse una máscara, a idear “otro yo” que tape al anterior, que lo maquille y disimule. Re-inventarse es volver a cometer el error de esconderte a ti mismo. Como si te hubieran pillado en falta.

Pese a que 2009 ya queda lejos, sigo oyendo el “reinvéntate” como una orden que escupen bocas cada vez más indecentes. Directores de periódicos, empresarios, entrenadores personales, políticos, … ¡políticos! El pasado jueves volví a escuchar ese latiguillo y a leer a amigos míos que estaban, decían, reinventándose. Habían asumido ese mantra y ahí estaban, intentando deshacerse de sí mismos para ser otros, culpables de ser ellos. Me dolía porque es gente a la que aprecio y de cuya valía profesional puedo dar fe por escrito, por triplicado y por registro. Entonces posteé lo siguiente:

"Me ha costado décadas saber quién soy. Ahora lo sé. Al próximo que me diga que me reinvente le doy".

“Me ha costado décadas saber quién soy. Ahora lo sé. Al próximo que me diga que me reinvente le doy”

Como se ve, no estoy sola en esa percepción de que se nos está tomando el pelo muy por encima de nuestras posibilidades y paciencia.

Señores de la reinvención: llevo toda la vida innovando. Tengo 42 años y correo electrónico desde hace más de 20. Cuando ninguno de ustedes sabía qué era Menéame o Digg, yo ya los utilizaba para promocionar noticias y sacar temas (los colegas de profesión sabéis qué es eso), y no los sacaba de la portada de Menéame, sino de la lista de “pendientes” donde muchas veces había noticias más interesantes que lo que se promocionaba a portada.

Cuando ningún medio español utilizaba Twitter, yo ya tenía usuario (no el de ahora sino un seudónimo, bien es verdad) y aprendí a buscar historias para contarlas y a localizar posibles testigos de un suceso. Aprendí a escuchar y a monitorizar.

Cuando en 2008 ningún medio se hacía eco del pinchazo de la burbuja, en mi periódico contábamos la saturación de los juzgados 31 y 32 de Capitán Haya, juzgados de lo hipotecario, donde no daban abasto a desahuciar gente.

Años antes de que Efe comprara grabadoras digitales, yo ya tenía una porque Javier Chivite, que me conoce bien, me la había regalado por mi cumpleaños aunque costaba más de 30.000 pesetas, con lo que eso era entonces. Y cuando mucho después la agencia decidió que había que cambiar las cassettes por otra cosa, me dio las cuatro o cinco grabadoras digitales que había en el mercado para que las probara e hiciera un informe técnico con el que decidir qué modelo comprar a los redactores. Por lo que veo en los canutazos, en Efe todavía usan el que yo recomendé.

Cuando en 2009 llegué a la comunicación institucional dije que había que empezar a utilizar las redes sociales para comunicar y no se me hizo caso hasta que fue demasiado tarde. Quizá me faltó pedagogía, no digo que no. Pero hoy todos mis compañeros de departamento tienen Twitter y aunque nos han dispersado sembrando de sal lo que hicimos, seguimos conectados, comentando e influyendo.

Mientras, los directores de los medios de comunicación corren como pollo sin cabeza en busca de un nuevo modelo de negocio, un grial, una nueva “edad dorada” del periodismo, con cifras de ventas y publicidad cada vez más mortecinas, sin un futuro claro y sin saber qué hacer para salvarse del naufragio, y tratan de flotar hundiendo a sus diezmadas redacciones en el silencio, el SEO, el todo por el click. Señores, no se reinventen. Váyanse. Han llegado tarde a todo. Y dejen a sus periodistas hacer periodismo, que igual es lo que los ciudadanos echan de menos en sus medios. Váyanse pronto no sea que también lleguen tarde a la solución del problema.

Por lo que a mí respecta, no me pienso reinventar. No me he quedado atrás nunca. A los que desde su poltrona claman por la reinvención les llevo años de ventaja.

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Sé bueno con tus becarios porque ellos serán tu reputación

Ha ocurrido algo fascinante: con la crisis (o “con la que está cayendo”, ese eufemismo), se está destruyendo empleo neto, y por tanto ha aumentado el número de trabajadores disponibles que desean cada uno de los puestos existentes. Aquí sí ha funcionado la ley de la oferta y la demanda de tal manera que el valor del puesto de trabajo ha subido y, consiguientemente, el valor de los trabajadores, ha bajado: éstos se muestran -nos mostramos- dispuestos a trabajar por menos dinero, con menos derechos, y más horas, de forma que lo que ha sucedido es que la “mano invisible” ha funcionado como eficaz instrumento al servicio de la flexibilización de nuestro “rígido” mercado laboral.

Las empresas, todas, no han tardado en darse cuenta del asunto y aprietan tuercas por todas partes, pero claro, eso no sale gratis y como dice el viejo dicho castellano, lo barato sale caro y el dinero del mezquino hace dos veces el camino. He detectado varias cosas relacionadas con la reputación que muchas empresas deberían valorar antes de tomar a la ligera decisiones sobre personal. Hablo de la reputación. De la calidad no hablo hoy pero el bajón se nota, aunque en estos tiempos el precio de las cosas es casi el único valor que miramos en lo que compramos y contratamos, porque somos todos más pobres.

Una de esas cosas relacionadas con la reputación son los becarios: si contratas becarios, les pagas mal, los tratas peor y abusas de ellos, piensa que son jóvenes, hiperconectados, con mucho tiempo libre para pasar con sus muchos amigos. Y sobre todo, con un enorme futuro por delante en el que establecerán nuevas amistades, nuevas conexiones y tendrán nuevos empleos. En todos esos ámbitos, hablarán mal de la empresa o empresas que los explotaron. Y no sólo contarán lo que hiciste con ellos, sino todas tus miserias. Así que piensa si tus becarios son felices, si se sienten respetados y creen que están aprendiendo en lugar de ser tratados como mano de obra esclava, porque igual se convierten en prescriptores de tu marca. O hunden tu reputación.

Otra práctica relacionada con este tema son las ofertas de trabajo. Si tu empresa publica ofertas de trabajo en la que propone pagar a 5 euros la hora a un profesional con experiencia, proactivo y con habilidades comunicativas, piensa que cualquier día se te organiza un escrache en la puerta. O en Twitter. Puede ser que las muchas visitas que tu cochambrosa oferta ha tenido en Infojobs no se deban al interés que hay en la red por tus ofertas de trabajo, sino porque te están poniendo a caldo en alguna red social. Si tu oferta es anónima, si no se ve el nombre de la empresa que ofrece ese puesto de trabajo tan fatalmente pagado, piensa que quizá alguien acabe averiguándolo (no suele ser difícil) y entonces tendrás una verdadera crisis de reputación. Si tienes vergüenza, igual tienes hasta una crisis de bochorno: lo sabrás porque súbitamente te arderán las orejas.

Ah, y otra cosa: cuando tus responsables de Recursos Humanos vayan a insertar una oferta de empleo en LinkedIn, en Infojobs o en algún sitio similar, que cuiden varias cosas:

– la ortografía: he visto cosas que no creeríais.

– la redacción: gente que no sabe poner sujeto, verbo y predicado, en este orden, que no se meta a escribir frases subordinadas, que se lía.

– la descripción del puesto: si quieres un responsable de Comunicación Externa y Gestión Económica, piensa que, o lo uno, o lo otro. Ningún buen profesional económico financiero es experto en Comunicación Externa; si lo es, que me lo presenten; y si lo cree, que me diga qué se mete y dónde lo compra, que es bueno.

 

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La paradoja comunicacional de la pyme

Llevo algún tiempo trabajando como freelance en comunicación. En este tiempo, he elaborado propuestas para pequeñas y medianas empresas de gastronomía, servicios a la comunidad, automoción, formación… y he aprendido mucho. He detectado varios problemas que me han venido a convencer de dos cosas:

1) que en general, en Madrid (y supongo que en el resto de España, también), la pyme no está madura para la comunicación, principalmente por desconocimiento y por falta de preparación de sus responsables;

2) que por eso mismo es un mercado con enorme potencial si consigue salvarse de la bestial ofensiva que mantienen contra ellos los gobiernos y las grandes corporaciones. Y para salvarse, la comunicación será un elemento decisivo. Estratégico.

Una infografía vista en Pinterest sobre la relación de las pymes con las RRSS

Una infografía vista en Pinterest sobre la relación de las pymes con las RRSS

Sin ánimo de sentar cátedra en nada, voy a contar lo que he visto personalmente por si mi experiencia personal es útil a alguien. En primer lugar, voy a contaros cómo trabajo: una empresa entra en contacto conmigo bien porque me llama o bien porque me interesa trabajar con ellos y la llamo yo. Estudio de forma profesional lo que hacen, qué venden y dónde puedo resultar útil y les hago una propuesta para aprovechar al máximo sus recursos. No sólo económicos: me refiero a que si generan contenidos y no los están aprovechando, les explico cómo pueden hacerlo. Esas cosas.

Cuando presento un plan de comunicación a una pyme, normalmente recibo feedback muy positivo: les encanta lo que planteo y cómo lo presento, y aunque les parece que propongo un precio muy razonable para poner todo ello en marcha, suelen decir que no pueden gastarse esa cantidad. Da igual la cantidad que sea, siempre es el mal. Voy a intentar enumerar casos que muchos de vosotros reconoceréis si os dedicáis a esto.

– #paradoja1: La pyme familiar y tradicional, donde para ser gerente sólo hace falta ser hijo del dueño sin más preparación que esa. Ahí normalmente no hay dinero para pagar un plan de comunicación y márketing pero sí para soltar 3.000 euros por una página de publicidad en papel sin pedir retorno alguno. La fe mueve montañas, de dinero. Con ver el anuncio impreso, se conforman. El responsable de la decisión actúa según el siguiente principio: “Hacemos lo que hemos hecho toda la vida y si me equivoco, no se nota”. Equivocarse con una apuesta nueva es un riesgo que no quiere asumir nadie en la empresa. Esto pasa mucho y no sólo en pymes, sino en grandes compañías y en empresas públicas.

– #paradoja2: La empresa también de poco tamaño pero enorme potencial (por sus contenidos, por su posible mercado, por su escalabilidad, por mil motivos) cuyos responsables no tienen ninguna formación en comunicación pero sí están muy cualificados en otras cosas, lo que les convierte en clientes habituales de la comunicación (leen prensa, prensa extranjera incluso, blogs especializados, usan las redes sociales, etc.). Este manejo de servicios relacionados con la comunicación les lleva a creer que también saben hacerla. En estos casos el responsable piensa: como no sé hacer esto pero tiene que salir bien porque estoy dándomelas de experto, suelto miles de euros a una gran agencia que me lo soluciona todo, pero no asumo el riesgo de contratar a un consultor freelance no sea que me equivoque y quede en evidencia. Aquí nos encontramos con un cliente pequeño de una agencia grande que podría ser tratado por un consultor freelance como un cliente grande de una agencia pequeña. Si sabéis leer, no hace falta que sea más explícita. Y si alguien necesita explicación, que me la pida en comentarios. No quiero extenderme mucho.

– #paradoja3: Es una variante de las anteriores, pero aplicable a cualquier pyme por muy ignorante que sea su propietario/gerente. Mejor dicho: es más aplicable cuanto más ignorante sea el dueño. Cuando no sé nada de comunicación, mi único criterio objetivo para saber si algo es bueno o malo es el precio. Ergo contrato lo más caro. Que como todo el mundo sabe, no siempre es lo mejor. Os sonará aquello de que el necio confunde valor y precio, y otros ejemplos del refranero popular. Y aquí soy especialmente dura porque me encuentro con esto continuamente y no sólo en mi trabajo, sino en la vida. Gente que no sabe qué colegio elegir para sus hijos porque no tiene idea de qué educación quiere, se va al más caro que pueda pagar porque el único elemento objetivo que tiene para juzgar la calidad de la enseñanza es el precio. Y así con todo.

Un cupón hecho por la CM de la clínica y publicado en FB sin depender de terceros.

Un cupón hecho por la CM de la clínica y publicado en FB sin depender de terceros.

– #paradoja4: O paradoja de los cupones. Muchas empresas pequeñas, en especial las de la hostelería, deciden entrar en la dinámica del cupón sin pensar en los costes, sin evaluar que quizá ese dinero (el que les cuesta la operación, entre el descuento, las condiciones leoninas, la comisión de la web de cupones, etc.) podrían invertirlo en un profesional bien entrenado, comprometido, y en una estrategia diferenciada que no dependa de terceros. Conocí un caso en el que un restaurante estaba harto de que siguiera apareciendo una oferta suya caducada en el caché de Google, y la gente la siguiera reclamando. La paradoja aquí es que “tengo poco dinero pero puedo rebajar mi precio, y gasto en descuentos lo que no he sabido gastar en comunicación”. A la larga, al cliente que busca chollo no lo fidelizas en la vida, y al que podrías fidelizar y convertir en prescriptor, no llegas porque no sabes hacerlo.

– #paradoja5: Si antes decíamos que los que no saben de comunicación pero creen que sí se gastan miles de euros porque los tienen y porque confunden valor y precio, ahora vamos a hablar del caso contrario: como no tengo dinero, no me lo puedo gastar en grandes consultoras, pero le doy el twitter y el facebook a mi sobrino, a mi amigo, a mi pariente más friki, que él me lo lleva gratis o por las copas, en lugar de contar con un profesional. O contrato por 35 euros al mes un community manager “low cost”. Al cabo del tiempo -no mucho- no les dará resultado y lo dejarán. Pero llegarás tú a explicarles que esas herramientas son buenas en una estrategia mínimamente trabajada, y te contestarán: “Huy, qué va, yo ya tuve twitter o facebook y no funcionó”. El resultado de estas prácticas es convertir el universo pyme en “tierra quemada” para la comunicación porque la hicieron (o creyeron que la hacían) y no les dio retorno (no digo de la inversión porque realmente no invirtieron nada o casi nada).

Al final, me ha quedado un post un poco duro, pero me gustaría que las pymes comprendieran que la comunicación puede ser la inversión más rentable de su vida y quizá la única que estén a tiempo de hacer para salvarse. Si se la encargan a un buen profesional siempre les va a salir más barato que no hacer nada.

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