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El plasma

Apaga el plasma

Apaga el plasma

Estos días en los que tenemos un presidente de plasma como el de la obra de Orwell 1984, he recordado varias historias que me gustaría que sirvieran para que aprendiéramos todos algo. En particular, los periodistas.

En la obra Fuenteovejuna, de Lope de Vega, se narra una historia en la que el héroe es el pueblo que se alza contra la injusticia y mata al comendador. Y cuando la autoridad quiere saber quién mató al comendador, le contestan que Fuenteovejuna fue.

En la película Espartaco, de Stanley Kubrick, cuando los romanos -aquí, los malos- les dicen a los esclavos vencidos que se salvarán de la muerte si delatan a su líder, salen todos a una (como en Fuenteovejuna), y gritan: “yo soy Espartaco“.

Por último, en su película 13 días, Roger Donaldson, cuenta la crisis de los misiles de octubre de 1962. Cuando el embajador norteamericano exige en la Asamblea General de la ONU al embajador ruso que conteste sí o no a la pregunta de si Rusia tiene misiles en Cuba, el ruso evita contestar. Entonces le toca el turno de preguntas al embajador de Chile, que dice: cedo mi tiempo al embajador estadounidense para que insista.

De la primera historia, aprenderíamos que si todos los periodistas dejamos de verdad de dar cobertura a declaraciones que no permiten preguntas, el formato desaparecería. Y como mal menor, los medios se ahorrarían una pasta en personal y desplazamientos a unos hechos que pueden seguirse estupendamente en chanclas desde el sofá de casa. Vale: hay corrillos y te los pierdes. Pero los corrillos son para intoxicar, la última información relevante y espontánea salida de un corrillo con políticos debe de ser, calculo, de hace 20 años.

De Espartaco, deberíamos comprender que nada de lo que pretendemos los periodistas y la sociedad se consigue sin sacrificios. Especialmente, las libertades. Y que a veces no se consigue nada salvo pasar a la historia. Los periodistas, el periodismo, hemos sido parte del problema en que estamos metidos. Debemos ser parte de la solución, y eso nos va a costar incomodidades, amenazas y despidos. Afortunadamente, ya no nos crucifican, como en tiempos de Espartaco. Algo hemos ganado.

Del episodio de la ONU recogido cinematográficamente en 13 días, me acordé cuando el pasado jueves María Dolores de Cospedal, secretaria general del PP, no permitió que el periodista de El País preguntara en la rueda de prensa que ofreció tras publicar el periódico algunos de los papeles de Bárcenas. Si los compañeros que estaban en la rueda de prensa, a la vista de la situación, hubieran ofrecido su turno para que preguntara el de El País, a Cospedal no le habría quedado más remedio que contestar. Vale, puede caerte fatal el de El País, pero hoy son ellos y mañana eres tú. Cuando cubría información municipal en el Ayuntamiento de Madrid, siempre decíamos que “las empresas compiten, y los compañeros se ayudan”. No sé dónde ha ido a parar esa máxima, ni por qué hemos dejado que se pierda.

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