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Madrid: aparcar o morir

Hoy era el día sin coches a la fuerza. Los niveles de contaminación, que llevan a la gente a la UCI (y al otro lado de la laguna Estigia, también) más veces de las que creemos, han obligado a limitar el tráfico en Madrid. Tenía yo ganas de ver qué pasaba si aquí se ponía alguna limitación a eso tan salvaje que es entrar con coche hasta la cocina en una ciudad con un centro tan relativamente pequeño que se puede cubrir a pie de lado a lado en poco tiempo. Como es lógico, eso tan humano que es la resistencia al cambio se ha hecho notar.

Madrid, desde fuera. Foto de Belence (flickr) https://www.flickr.com/photos/belence/

Madrid, desde fuera. Foto de Belence (flickr)
https://www.flickr.com/photos/belence/

Escuchando la radio desde ayer, cuando ya se anunciaba la “catástrofe” de tener que reducir la velocidad a 70km/h en la M-30 (en la que queda al aire, porque la parte soterrada ya está limitada a esa velocidad), pensé que hoy era un buen día (viernes, además) para probar a moverme de otra manera por el centro.

Sabía que hoy iba a estar prohibido el tráfico que busca aparcamiento y sólo da vueltas y más vueltas en primera, así que decidí combinar mi propio coche con transporte público y carsharing. Bueno, pues al final no me ha hecho falta transporte público. Os narro la aventura (si queréis ir hasta la línea en negrita que pone conclusiones, os ahorráis tanto detalle).

Salí a las 11.20 de casa (en Perales del Río, Getafe) con la radio puesta. “Caos”, decían. “Gente cogida por sorpresa”. Bueno, pues me encontré la A-4 despejada como un domingo. Tanto que pude detener la vista unos instantes en “la boina” y en cómo ésta teñía de marrón las cumbres de la sierra. Nada nuevo, por otra parte.

Llegué a Puente de Vallecas sin el habitual atasco en Méndez Álvaro, y subí por la Albufera. Tan llena como siempre o algo menos, pese a los usos indebidos de siempre: carga y descarga casi en mitad de la calle, paradas de particulares en la puerta de donde les viene bien… en fin, lo habitual pero la vía menos atascada que otros días similares. Y la conozco bien. Subí hasta la zona de Doña Carlota y allí encontré aparcamiento enseguida. “Caramba, pensaba yo que el efecto frontera iba a haber llenado esto”. Pues no.

Aplicación para parquímetros, hoy off

Aplicación para parquímetros, hoy off

Aparqué y anduve hasta el zapatero eficientísimo de la avenida de Peña Prieta, para pedirle que me arreglara unas botas que adoro. Este hombre es estupendo, llevo años viniendo aquí a que arregle el calzado, las maletas, las mochilas… es un crack. Desde su establecimiento, empecé a buscar el vehículo más cercano de una nueva modalidad que se estrenó ayer en Madrid, el de los Smart eléctricos. Es un servicio de alquiler de Mercedes Daimler en el que tienes que darte de alta por internet, instalarte una app, y luego que verifiquen en persona tu carnet de conducir.

Me gusta su planteamiento porque coges el coche en la calle y lo sueltas en la calle. Sin más problema. No tienes que dejarlo en una “base” determinada como otros sistemas de carsharing. Pensaba ir en Metro hasta el coche más cercano pero lo tenía al lado, en la calle Seco. Caminé cinco minutos y ahí estaba.

Seguí las instrucciones de la aplicación móvil, el coche se abrió… ¡ah, cómo me gusta un coche nuevo! Es la primera vez que conduzco un coche eléctrico. Tengo un Smart de gasolina y un Prius híbrido. Y una moto. He tenido ya de todo, pero esto es nuevo. Es agradable. Y fácil. Conduje hasta la calle Zurbano, cerca de Hacienda, donde aparqué en un santiamén en plaza verde y sin pagar porque los ecocoches eléctricos están exentos en Madrid. Costo del viaje: 3,99 euros. Mi primer viaje en coche eléctrico

Me metí en Hacienda. Más gente que en la guerra. Estuve allí dentro hora y cuarto sin preocuparme del ticket del parquímetro ni de nada. Hasta aquí todo bien.

Cuando luego fui a coger de nuevo el coche, es decir, a alquilarlo de nuevo, tuve que pedir ayuda al servicio de atención al cliente porque el coche no abría. Me decía el operario al otro lado del teléfono que me fuera a por otro vehículo, pero oye, quería ese y me ahorraba el tener que volver a efectuar los reglajes de asiento y espejos… “Salga y vuelva a entrar”. De la aplicación, quería decir. Así de simple. Salir y volver a entrar. Seguir las instrucciones y otra vez a conducir. Una recomendación: es importante llevar activado el GPS del móvil antes de iniciar el alquiler. De todos modos, a mí no me posicionaba demasiado bien y tenía que buscar los coches más próximos manualmente. Cosa fácil para quien conoce la ciudad, pero no sé para la gente de fuera cómo será.

Aprovechando que me quedaba tiempo, decidí ir a ver a mi madre, que vive cerca del Retiro. Allí pensaba finalizar el alquiler del coche aparcado en la misma puerta de su casa, pero… problema.

Mensaje en la pantalla del Smart...

“Lo sentimos, no se puede establecer una conexión en tu ubicación actual. Por favor, intenta aparcar en otra ubicación”. Por algún motivo (otras veces he tenido problemas para cerrar mi coche con el mando a distancia), inhibidores de algún tipo impiden que los datos de posicionamiento del coche te dejen finalizar el alquiler y cerrarlo para que otro conductor pueda hacer uso del mismo. En casa de mi madre pasa siempre. Sería conveniente hacer un mapa de esos “puntos oscuros” para evitarlos a la hora de aparcar. Porque es una lata.

Así que he subido a casa de madre, le he dado un beso, y casi he salido corriendo porque mientras tanto, el coche estaba abajo facturándome 19 céntimos de euro por minuto.

He salido de nuevo con el cochecillo, he bajado a la M-30 a ver qué tal estaba aquello (despejado, y eran las dos de la tarde de un viernes) y he dejado el coche aparcado en zona verde para que otro usuario pueda cogerlo más adelante.

La M-30, viernes a las 14.21h Increíble, ¿no?

La M-30, viernes a las 14.21h Increíble, ¿no?

Conclusiones:

Comparando los costes, ir en coche hasta Puente de Vallecas en Madrid desde mi casa, a razón de 30 céntimos el kilómetro (¿os he dicho que tengo un híbrido?), suponen 3,5 euros de ida y otros tantos de vuelta. Más 10 euros que he necesitado para el coche eléctrico, con visita a madre incluida, 17 euros. Si en vez de coger el coche eléctrico hubiera podido ir en mi propio coche, habría pagado los mismos 7 euros hasta Madrid más luego lo que anduviera por el centro para llegar a los sitios y para encontrar aparcamiento, más luego pagar la ORA o el aparcamiento subterráneo. No me ha salido más caro, he contaminado cero, y desde luego, he podido aparcar donde ansiaban hacerlo hoy miles de frustrados conductores que me miraban con curiosidad y envidia.

Es decir: hay opciones. Y ésta es fácil. Entiendo la resistencia al cambio, es humano, pero lo que no entiendo es la negación. Váyanse los negacionistas a una planta de pediatría en días de elevada contaminación y vean a los niños con bronquiolitis, con neumonía, escuchen las sibilancias de su distress respiratorio, vean sus ojeras de llevar noches sin dormir, no digamos sus padres. ¿De verdad podemos seguir quejándonos por no poder aparcar cuando hay gente que se ahoga literalmente en lo que echamos por el tubo de escape?

Otro día hablaré de los problemas de comunicación de Manuela Carmena. Pero otro día.

ACTUALIZACIÓN 14 Noviembre, 10.41h: Anoche salí de fiesta y volví a utilizar el servicio. Genial a la ida pero a la vuelta, de madrugada, volví a tener el mismo problema que en la casa de mi madre. El coche no conectaba con la red de localización y no se cerraba, así que tuve que llamar al servicio de atención al cliente. Me atendieron pasado un buen rato porque estaban todos los operadores ocupados. Una vez conecté, desde la oficina comprobaron mis datos, ubicaron el coche y enviaron una señal para cerrarlo de forma remota. Y me fui a dormir con el inmenso pesar por lo ocurrido en París.

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La zona VIP: el otro lado

Mesa tipo del pabellón París Detalle de la mesa tipo Sushi Mil y una cocinas. Dulces Carving Station Kiosco de tapas Zona Quesos Franceses Zona gastro Sol y sombra Gente VIP Gente VIP Puros gratis, con recomendación para maridar Zona Chivas (muy celebrado, el rebujito de Chivas con lima) Terraza con la caja al fondo. Animación en la zona exterior VIP Amenas zonas de sombra. Aspecto exterior de la zona VIP, junto al lago. Gloriosa errata que encantará a los tudelanos

Parece que ha habido cierto interés con este post mío de hace un año; en gran medida, gracias al retuit de Antonio Martínez Ron, indignado como yo por cómo se gestionan los eventos deportivos en España. No digo que en otros países se haga mejor o peor, que no lo sé. Pero sí creo que aquí no se hace bien, y si fuera se hace igual, podríamos empezar a cambiar las cosas. Quizá nos imitaran.
Bien, yo este año he estado en la zona VIP (de gorra, claro) y sin ningún complejo, porque considero más que pagada mi entrada a las compañías eléctricas, las aseguradoras, las telecos, etc. que compran a la organización del Máster un palco VIP para sus compromisos. Yo era uno de esos compromisos, y pensé que documentar lo que hay al otro lado de la barrera para los VIP era buena manera de devolver el favor a quienes han pagado por muy diversas vías (impuestos, déficit de tarifa, etc.) mi almuerzo del día 2 de mayo.

Bien, como podéis ver, la zona VIP tiene una terraza en la que puedes degustar de manera completamente gratuita diversas bebidas, comidas y hasta puros. Sin límite. Hay zonas de sombra, espacios amables a la orilla del lago de la Caja Mágica, y barra libre de casi todo lo que se os ocurra. Abrió sobre la una de la tarde y estuvo abierta todo el día. Algo después se abrió la zona de restaurantes. Los pabellones restaurante, con nombres de ciudades tenísticas (París, Londres, Melbourne,…), tenían dos pisos y estaban comunicados por dentro, de forma que aunque tuvieras mesa en el pabellón París, podías ir a por un plato de la barbacoa de Melbourne y traértelo a la mesa. Era un paseo y llegaba todo frío, pero aún así a veces merecía la pena.

Lo malo de esos espacios es que no tenían ventanas y resultaban un tanto oscuros y claustrofóbicos, sobre todo en comparación con la terraza. Me habían ponderado mucho la comida pero realmente no era para tanto, aunque comparada con la comida-basura a la que tienen acceso los asistentes no-vip, resultaba ser gloria bendita.

Aquí tenéis dos enlaces sobre la zona VIP, una de El Confidencial y otra, con vídeo, en La Sexta.

Con respecto a cómo la Caja Mágica debería cambiar su enfoque y abrirse un poco más al barrio en el que está, creando verdadero ambiente y no sólo problemas de aparcamiento durante los eventos, creo que voy a contestar aquí a algunos comentarios recibidos en mi post del año pasado. Yo no pretendo que se permita entrar y salir sin control al evento, sino que puedas, con tu entrada, salir y entrar, si te apetece, para comer fuera. En tu casa o en los bares de San Fermín, que te ponen tapa con la caña. Lo contrario es muy poco liberal: si tan convencido de que tu oferta de restauración dentro de la Caja es tan buena, ¿qué miedo hay a dejar elegir a la gente?

Por cierto. No sé si este año se podía comprar o no Coca Cola dentro del recinto. Pero desde que Schweppes patrocina el magno evento, hasta el último año en fui pagando mi entrada no-VIP, las marcas asociadas a Coca Cola (Fanta, Acuarius, Nestea, etc.) no se servían en la Caja Mágica. Lo cual seguramente no conocían los trabajadores que se manifestaron el día de la final del Máster a las puertas del mismo, por el Camino de Perales. Que, por cierto, es el opuesto al parking de los VIP.

 

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Open de Tenis de Madrid. A cara de perro.

Me gusta el tenis, como me gustan otros deportes. Soy deportista y me gusta ver deporte además de practicarlo. Yo era muy fan de ir al Open/Master de Tenis de Madrid, pero dejé de ir por varias razones que, juntas, formaron una bola de indignación imposible de tragar.

La Caja Mágica se construyó en San Fermín, uno de los barrios más pobres y estigmatizados de Madrid, situado en el distrito de Usera. Entre los muchos y engolados discursos que se dieron en torno a la magna construcción de Dominique Perrault, el de disfrazar la millonaria inversión de “operación para el reequilibrio territorial” fue de los más repetidos. Colocar allí aquello suponía dignificar un espacio que hasta ese momento había sido un vertedero. Se suponía que la actividad cotidiana de la escuela de tenis y la extraordinaria de los torneos y conciertos iban a suponer una revitalización del barrio.

Pero llegamos a nuestro primer master de tenis y lo primero que vemos es que con tu entrada no puedes salir del recinto y volver a entrar. Eso nos obligaba a consumir dentro del recinto durante todo el día agua y víveres en lugar de salir a los bares de la zona, por lo que al año siguiente decidimos ir con bocadillos. Pero al año siguiente prohibieron también entrar con bocadillos y agua. Te registraban las mochilas a la entrada y tiraban a la basura todo lo que fuera comestible. Teníais que haber visto las maniobras para camuflar los sandwiches en la ropa, especialmente en la de los niños, porque los vigilantes de seguridad no los cacheaban -tampoco tenían autorización para cachear a un menor si el padre o la madre no lo permitía- y pasaban dentro mientras nos registraban a los mayores. Aquello a los críos les divertía, la verdad.

También conseguimos burlar la vigilancia lanzando mochilas enteras llenas de comida hacia arriba, en vertical, desde el parque del Manzanares hacia la pasarela de acceso, una vez pasados los controles de seguridad. ¿Por qué tanto empeño? ¿Era seguridad lo que se garantizaba impidiendo el acceso con unos sandwiches? No. Era el negocio de los puestos de comida basura a precios de aeropuerto. Habías pagado más de 20 o 25 euros por entrada y a eso había que añadir 4 euros más por un perrito caliente de infame calidad y dos euros o tres por una botella de algo para beber. No podías comprar refrescos de una marca porque el grupo rival había pagado un dineral en patrocinios por la exclusividad del suministro.

Aquí mi amiga Marisa y yo exhibiendo el tupper como un trofeo, un triunfo sobre la seguridad de la Caja Mágica.

Aquí mi amiga Marisa y yo en 2010, exhibiendo el tupper como un trofeo, un triunfo sobre la seguridad de la Caja Mágica.

¿Quién gestionaba (y gestiona) este desastre? La empresa municipal Madrid Espacios y Congresos. Que por cierto ofrecía a sus “vips” un pantagruélico cátering gratuito que conocimos por la narración del mismo que hacían algunos amigos invitados al banquete.

Es decir, que el Ayuntamiento que había gastado millones de dinero público en la construcción de una instalación para los JJOO pero justificada en la necesidad de revitalizar un barrio deprimido, convertía el recinto en una burbuja aislada del entorno al que pretendía revitalizar dejando a los comerciantes y bares de la zona con tres palmos de narices, igual de solos y estigmatizados que estaban antes de la inauguración de la dichosa caja. Mientras, comiendo a cara de perro, los vips que ni siquiera habían accedido a la Caja Mágica por el barrio de San Fermín -no vieron sus calles, sus casas, sus vecinos- se hinchaban de comer gratis habiendo entrado ya gratis a los partidos que podían ver en localidades preferentísimas pagadas por los muchos aficionados que sí abonábamos entrada, y que teníamos que pasar la comida escondida como si fuese la más peligrosa y prohibida de las sustancias.

A eso le sumamos que las instalaciones estuvieron vetadas a los vecinos durante años; que las pistas de pádel desaparecieron para dejar espacio a HRT que se ha pirado dejando un pufo de 800.000 euros; que tardaron una barbaridad en reponer las pistas de pádel dejando sólo la mitad de las que había antes; que la escuela de tenis apenas existe; que se cierra toda actividad un mes antes del open; que ya no hay piscina ni sauna ni baño turco ni yakuzzi de acceso público como había antes de que la escudería de F1 hiciera su famoso “sinpa“; que todo esto ha sido un timo de proporciones fabulosas al que sólo le ha faltado el trabajo esclavo como en época de las pirámides… Y ahí tenéis mi bola de indignación. Imposible de tragar.

La pobreza en San Fermín es lo normal. No hay ricos en San Fermín. Pero eres más pobre cuando vives delante de un escaparate de lujo como la Caja Mágica.

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Prejuicios

Una de las cosas que más me impresionó de Berlín fue el memorial del Holocausto. Un bosque de bloques de cemento, tan pequeños en el exterior que te puedes sentar sobre ellos. Te vas adentrando en ese bosque, y el suelo hace una suave vaguada de forma que sin darte cuenta, los bloques van siendo tan altos que llegan a sepultarte. Alcanzan más de tres, cuatro metros de altura, y ya no sabes salir del laberinto. Ya no ves sino cemento a tu alrededor.

Fuimos a visitar ese monumento y otros de la ciudad, y la guía que nos acompañó nos explicó que, para ella, esos bloques simbolizaban los prejuicios: pequeños al principio, crees que puedes dominarlos, pero poco a poco se van adueñando de tu capacidad de pensar, hasta que eres incapaz de distinguirlos del pensamiento racional y te dominan ellos a a ti.

    Memorial del Holocausto, monumento que la ciudad de Berlín levantó en memoria de los judíos asesinados por los nazis

Memorial del Holocausto, monumento que la ciudad de Berlín levantó en memoria de los judíos asesinados por los nazis

Yo tengo prejuicios, como todo el mundo.

La semana pasada fui a una tienda situada en el distrito de Salamanca, en Madrid, un pequeño comercio que lleva abierto toda la vida (más de 30 años para un comercio es toda la vida), a comprar un regalo a una amiga que cumplía años. Hablando con la dueña, una economista de cierta edad, me comentó su incertidumbre sobre cómo iría la campaña de Navidad. Yo le dije que, en esa zona, iría bien seguro: “Es que este barrio lo está pasando muy mal”, contestó. No pude evitar levantar la ceja con incredulidad y escepticismo, y más cuando en el barrio donde yo vivo se pasa hambre de verdad. Digo hambre de la de no poder dormir por la noche. ¡Y esta mujer se me estaba quejando, en un barrio tan bueno que nadie se saluda! Mis prejuicios.

Me contó que en esa parte del barrio situada entre las calles de Goya y O’Donnell, la población es muy mayor. Viven en casas confortables, tienen en general buenas pensiones, y pudieron dar a sus hijos buena educación. Por lo general, los hijos y los nietos de estas personas mayores estaban perfectamente integrados en el sistema, formaban parte de él, ganaban buenos sueldos  y se compraron casas. Casas grandes, en buenas zonas, en áreas residenciales donde un chalé podía llegar a costar, sin ser lo más, entre 600.000 euros y un millón. Los padres de esos chicos sanotes, con niños, con dos coches, con vacaciones en el mar, avalaron a sus hijos para poder hacer frente a hipotecas demenciales, confiando en que esos trabajos bien pagados y bien considerados nunca iban a faltar. El aval era la casa del padre, en la calle Fernán González, o en la calle Duque de Sesto, o en la calle de Menorca. Ahora, esos chicos sanotes han perdido el trabajo y el banco acecha. En muchos casos, el banco prefiere ejecutar el aval, dejando al padre, al abuelo, sin la casa en la que pensaba pasar sus días confortablemente sentado leyendo el ABC con las pantuflas de paño mientras esperaba la visita dominical de los nietos.

Según la dueña de la tienda, estas personas sufren ahora un estrés tremendo, una incertidumbre sobre el futuro que va a impedirles en muchos casos poder celebrar la Navidad con alegría y regalos, de forma muy parecida (a escala, insisto) a como va a ocurrir en los barrios de Madrid en los que se pasa hambre. (No es lo mismo, claro. Pero se ve que en todos sitios cuecen habas).

Esta es la manera en que los bancos actúan como asustaviejas para vaciar de gente mayor los barrios buenos, gente a la que expulsan por la vía inmobiliaria, quedándose con pisos que sí tienen buena salida a un mercado cada vez más pujante: el del lujo, el de la vivienda en la Milla de Oro, el del ático frente al Retiro.

También en ese barrio de gente bien -donde por cierto viví hasta que me casé, en una casa de protección oficial- hay abuelas que con su pensión mantienen a sus hijas, recién separadas, y a los nietos. Y que ahí están, ex funcionarias viudas que han pasado de vivir holgadamente a mantener ellas solas una familia de tres o cuatro.

Ayer, mi hijo mayor me hizo notar que, después de Reyes, sólo habría un día, el 7 de enero, para disfrutar de los regalos, porque el 8 ya es lectivo. Más de un padre y de una madre, cuando lo vea, se dirá: mejor así, porque para lo que te van a echar…

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Sucesos, testigos y redes sociales

Nunca fue tan fácil acceder a las fuentes de información. Internet es relativamente rápido y estamos la mayoría capacitados para buscar información en varios idiomas. Sin embargo, y sabiendo que quien lea esto pensará que soy una antigua, sigo creyendo que hay algo absolutamente necesario cuando cubres una información y es salir a la calle. Sé que en las redacciones cada vez más mermadas hay un redactor por cada siete mesas y es difícil que el pobre pueda hacerlo todo si sale a cubrir un suceso. Sólo podrá informar de ese suceso y, por muy bien que lo haga, le quedará todo el resto del trabajo por hacer.

Entonces, ante un suceso como la muerte esta madrugada de tres jóvenes en una avalancha en el Madrid Arena, los medios se apresuran a buscar testimonios vía redes sociales. Es algo fantástico, porque antes de que estas redes existieran, cubrir un suceso desde la redacción era una auténtica locura. Tenías que manejar la guía telefónica -las Páginas Blancas en papel, aquello era oro en paño- y solía dar buen resultado cuando el suceso tenía lugar en un inmueble con número de portal, calle, etc. Te ibas a los García, González, Pérez, López, apellidos muy comunes, y buscabas alguno que viviera en el inmueble. Te dejabas los ojos pero siempre aparecía alguien a quien llamar por teléfono.

– Buenas tardes, ¿es usted el señor García?- Preguntabas.

– Sí, dígame.-

– ¿Vive usted en la calle tal, número tal?

La pregunta era obligada, había que contrastar hasta lo que ponía en la guía telefónica.

Si la respuesta era afirmativa, seguías.

– Mire, le llamo de tal medio, soy periodista, creo que ahí ha habido hoy un homicidio, ¿sabe usted cómo ha sido, quién era la persona fallecida?

Se iniciaba una conversación que a veces, la mayoría de las veces, daba como resultado un testimonio interesante. El colmo de la alegría era cuando te decían:

– Ya se lo he contado todo a la Policía, señorita.

Eso quería decir que habías dado con un tipo que le había interesado a la policía. Era bueno. Si no era tan bueno, por determinados indicios acababas sabiendo si tu interlocutor hablaba de oídas o había presenciado el tema, o había conocido a la víctima, al detenido, o lo que fuera. Si no, siempre podías preguntarle:

– ¿Conoce usted a algún vecino que sepa algo más, que fuera más cercano a la familia de la víctima, o del detenido? ¿Podría ponerme con él?

Y a veces te lo pasaban, la gente es maravillosa.

Pero lo mejor para cubrir un suceso, imprescindible en casos como el del Madrid Arena, era salir a la calle, ir a donde habían ocurrido las cosas, y contar lo que veías para poner los lectores u oyentes en el lugar de los hechos. Esa es la misión de un periodista: llevar a tu audiencia allí donde suceden las cosas, para que tenga el conocimiento más completo posible de lo sucedido.

Ahora que nadie sabe manejar una guía telefónica y que las páginas blancas ya no andan por las redacciones en papel, la cosa se ha complicado bastante. Pero tenemos las redes sociales. El problema de éstas es que tomamos lo que en ellas se publica como si fuera cierto a priori, cuando lo cierto es que multiplican las dudas acerca de si quien dice haber estado en el suceso ha estado allí realmente. ¿Cómo se verifica en los medios la autenticidad de los testimonios? ¿Existe algún criterio a la hora de copiar y pegar lo que aparece en Twitter o Facebook?

Esta mañana formulé esa misma pregunta a los periodistas que estaban firmando en medios digitales, radio y televisión las informaciones con testimonios de lo ocurrido. Envié mails y mensajes directos o menciones a través de Twitter a periodistas de Canal Sur, Telecinco, Telemadrid, Onda Madrid, El País, La Vanguardia, El Confidencial y Cadena SER. Nadie me contestó, salvo Telemadrid y Onda Madrid. En el primer caso, María López me explicó que iban físicamente al lugar de los hechos; en el segundo, Loli Jurado me indicó que entrevistaron por teléfono a los que habían encontrado por la red, y a sus padres en el caso de que se tratara de menores de edad (que por cierto, no deberían haber podido acceder al recinto).

Sin embargo, un medio como El País publicaba directamente testimonios subidos a la red y pedía a través de su página en Facebook que quienes hubieran estado allí, contaran más cosas.
El problema es que así, pidiendo testimonios en Facebook para hacer un copypega de los mismos en el periódico, sin comprobar nada, podemos estar haciendo feliz a alguien que quiere gastarnos una broma o simplemente, por puro erostratismo, presumir ante sus amigos que nos la ha colado. Pero no estamos haciendo periodismo, como bien hicieron notar los tuiteros como @GuerraEterna:

:

El mismo estilo utilizaron algún programa de La Sexta y reporteros de otros medios, llegando a cabrear bastante a la concurrencia, un poco harta de este tipo de prácticas que alejan al periodismo de su razón de ser y lo convierten en algo parecido a “radio macuto” o “radio patio”.

Y mientras, en un vídeo subido a Youtube por uno de los testigos de la avalancha, y que enlazaron varios medios, los comentarios estaban llenos de teléfonos de contacto y nombres de redactores que pedían al dueño del vídeo que les llamara para hablar con él. Había algún comentario realmente sonrojante:

Todo esto carecería de importancia si no fuera porque se habla de la crisis del periodismo como algo puramente derivado de la crisis económica, cuando en realidad, la situación está como está porque arrastra una crisis de contenidos, de profesionalidad y de dedicación que lleva afectando a toda la prensa española hace muchos años, diría que como poco hace más de diez.

En mi modesta opinión, las redes son una herramienta fantástica para encontrar a quienes antes encontrábamos en las páginas blancas de Telefónica. Pero hay que hacer algo más que copiar y pegar desde Twitter o Facebook, porque el usuario ya lee directamente los testimonios ahí publicados, y lo que necesita es que tú, periodista, desde un medio de comunicación, le garantices que lo que tu medio publica y tú firmas es realmente un testimonio de alguien que estuvo allí. Ahora lo llaman “curación de contenidos” pero es lo que se ha hecho siempre en las redacciones: asegurarte de que tu audiencia tiene la mejor información posible, en su contexto y con la presentación más clara posible.

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