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El hombre de hojalata

Hay tres cuentos que, para mí, son imprescindibles y que sin embargo les leemos poco a los niños y que leemos menos aún de mayores. Uno es Alicia en el país de las maravillas, otro El Principito (enlazo pdf) y el tercero es El Mago de Oz. Todos precisan una relectura adulta, por supuesto. Demasiado ricos en símbolos y poesía.

En El Mago de Oz, la pequeña Dorita recorre el camino de baldosas amarillas para llegar a la Ciudad Esmeralda, donde vive un mago que puede hacer que se cumplan sus deseos. Por el camino, se encuentra a un espantapájaros que quiere un cerebro inteligente; a un hombre de hojalata que pide un corazón; y a un león, que pide el valor y el coraje que no tiene. En el cuento, los cuatro consiguen llegar a la Ciudad Esmeralda donde el mago les encomienda peligrosas misiones, en las que los tres personajes secundarios logran demostrar que sí, que tenían cerebro, corazón y valor suficientes.

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Pedro Sánchez era para muchos un hombre de hojalata (“cartón-Pedro” le bautizaron en alguna redacción), un hombre con apostura pero sin valor; e incluso a veces, parecía sólo una sonrisa sin nada más detrás, en la sesera.

Veo desde hace semanas a Pedro Sánchez recorriendo el camino de baldosas amarillas que va de la Zarzuela a Moncloa pasando por la carrera de San Jerónimo, y veo que por el camino va ganando, no en apostura, que eso era ya difícil porque la verdad, es un guapo muy de libro (y lo sabe); sino en valor, en corazón y en inteligencia.

Valor para jugárselo todo a la carta de una investidura que es un triple salto mortal sin red sobre una piscina llena de ti-barones.

Corazón para dejar de ser ese hombre de sonrisa inefable y voz impostada (como bromeaba una amiga, “cuánto daño ha hecho el instituto Jaime Vera”) a quien era imposible creer por pluscuamperfecto.

Y la inteligencia para gestionar una situación en la que los demás sólo vemos sus posibilidades de perder o perder, perder contra los suyos o perder contra los otros.

La protagonista del cuento, Dorita, no consiguió hacer realidad sus deseos, como sí hicieron el espantapájaros, el león y el hombre de hojalata. Pero se tiró tras su perro desde un globo y se salvó de morir pensando muy fuerte que en ningún sitio se está como en casa.

Así, con un salto al vacío, logró su objetivo.

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¿Somos todos anarquistas?

 

Hace bastante que encontré un vídeo sobre el anarquismo en la web de RTVE, un debate televisado que se parece a los actuales lo mismo que un Commodore 64 a un iPad.

En ese debate, una venerable y enérgica ancianita llamada Federica Montseny explicaba qué era el anarquismo y cuáles eran las características del anarquismo en España. Rebatía a aquellos que opinaban que el anarquismo español se limitaba a la CNT y otros sindicatos, cuando en realidad, a su juicio, el anarquismo español hundía sus raíces ideológicas nada menos que en Cervantes y en la Edad Media. Son cuatro minutos deliciosos.

Aparte de que el anarquismo es para Montseny (ya en 1982) la última esperanza del socialismo (fracasado como socialdemocracia en Europa y como totalitarismo en la URSS), me interesa destacar su visión del individuo como ser responsable, capaz por sí solo de gobernarse, de procurarse su medio de vida si tiene acceso a los medios de producción. Pone al ser humano sobre todas las demás cosas, al individuo sobre el Estado y la solidaridad como valor para equilibrar las desigualdades.

El liberalismo de verdad (no el que busca contratos del Estado, delinquiendo si es preciso) pide también la supresión de la injerencia estatal en las relaciones económicas, y pone al individuo sobre todas las cosas confiando en su capacidad para, libre de ataduras y reglamentos, regularse por sí mismo y conseguir generar riqueza y prosperidad. Carece de un valor concreto para equilibrar las desigualdades pues, en un mercado ideal y completamente desregulado, la teoría liberal dice que todos seremos suficientemente ricos para vivir bien.

Lamentablemente, igual que el socialismo de Estado siempre fracasa en la producción y los liberales le acusan de “repartir equitativamente la pobreza”, el capitalismo fracasa en la distribución, y ninguna de las dos opciones ha sabido llevar a buen puerto sus teorías cuando ha tenido ocasión de ponerlas en práctica.

Un discurso viejo en un contexto nuevo
Esto que parece un discurso viejo, viejísimo, decimonónico casi, me interesa como contexto histórico para algo que he tenido ocasión de conocer hace pocos días y por motivos profesionales. Se trata de la economía colaborativa, en la que el individuo decide gestionar sus bienes de manera que los convierte en medios de producción para procurarse unos ingresos que de otra manera no obtendría, reduciendo de paso la emisión de gases contaminantes y otros desechos que amenazan con cambiar nuestro planeta para siempre, y para mal.

Estas nuevas fórmulas ponen de nuevo a la persona en el centro de la economía. El valor por el que se moderan estas relaciones es el de la confianza entre iguales, entre pares. Y están sacudiendo los cimientos de la economía de mercado.

Pienso que este nuevo liberalismo tiene mucho que ver con el anarquismo de la autogestión, y puesto que ambas ideologías reniegan del Estado, encontrarán muy interesante el hecho de que los Estados estén perdiendo la capacidad real de regular las relaciones humanas (económicas y de cualquier otro tipo). Mientras tanto, y para satisfacción de los liberales, las compañías, las multinacionales, sí están ahora capacitadas no sólo para impulsar cambios normativos que las benefician (vía lobbying), sino para usar todo su poder transnacional y provocar cambios, lo que las convierte en entes con enorme responsabilidad en el futuro del planeta. Se les pedirán cuentas.

De modo que tenemos, de un lado, a los ciudadanos haciendo de su capa un sayo para procurarse lo que necesitan pasando bastante de las instituciones. Y a las empresas, actuando al margen de los estados a los que superan en capacidad y resolución para llevar a cabo cambios relevantes.

Si los Estados pierden poder, no es menos cierto que los ciudadanos hemos perdido poder como tales y lo estamos empezando a ejercer como clientes dando a nuestras decisiones de compra un valor de voto.

Datos de la última encuesta del CIS

Datos de la última encuesta del CIS

 

Además de ejercer nuestro derecho al voto en cada decisión de compra (el lado oscuro de esto es que sólo puede ejercer ese voto quien tiene dinero para comprar), optamos por modelos de economía colaborativa que nos convierten en productores de bienes y servicios, y nos alejan de intermediarios que hasta ahora (pienso en las grandes empresas de distribución) se repartían un mercado infantilizado y pusilánime que se limitaba a pasar por los lineales del supermercado cogiendo cosas sin ton ni son, de manera maquinal y poco reflexiva. Poco humana.

Todo esto me hace pensar si no estamos ante la necesidad de un nuevo humanismo (el anarquismo, el liberalismo… eran humanistas en su concepción) que vuelva a colocar a la persona, a todas las personas, en el centro de las acciones colectivas e individuales, de forma que el mundo sea capaz de organizarse para que todos compartamos un nivel similar de bienestar. Y no pienso sólo en el ser humano de occidente, sino en todos los millones de desheredados de la tierra. Como decía el presidente uruguayo José Múgica en una reciente entrevista en TV, “los negros de África no son de África, son nuestros: tenemos que empezar a pensar como especie”.

 

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Filosofía útil

Captura de pantalla de una noticia en La Sexta TV

Captura de pantalla de una noticia en La Sexta TV

Como fui buena estudiante de filosofía y de latín, materias que siguen siéndome muy útiles todos los días, me desespera que cada dos por tres venga un político a intentar eliminarlas del curríuculum escolar. Yo comprendo que a ellos que tan bien les ha ido sin tener ni idea, les parezca que estas asignaturas no deben ocupar tiempo en las cabezas, no sea que nos dé por pensar. En esta cuestión, casi todos los ministros de Educación y/o Cultura coinciden, sean del color que sean.

Recientemente, escuché en la cadena SER que los filósofos no sólo se dedican a la enseñanza o la búsqueda erudita de nuevos textos que analizar, escondidos en bibliotecas polvorientas de crujiente parqué. No. Las grandes empresas tecnológicas suelen tener filósofos entre sus consultores y las más grandes, como Google, ganan lo suficiente con la venta de nuestra privacidad para permitirse un filósofo de cabecera.

Empecé a buscar ejemplos de ello en España y la primera dificultad con la que di fue encontrar grandes empresas tecnológicas. Aquí casi no sabemos qué es eso. [Un inciso: de pronto, me entero por casualidad de que una gran empresa española le compra a otra (una multinacional estadounidense especializada en el B2B) un montón de capacidad de procesamiento -subcontrata capacidad de procesamiento- con el rollo del big data, y cuando la española intenta vender eso a sus clientes resulta que no sabe ni para qué sirve, con lo cual lo vende fatal]. Entonces, a través de Asepraf (entidad dedicada al asesoramiento filosófico), di con Equánima, y con su cofundadora, Mª Ángeles Quesada.

Equánima es uno de los proyectos “acelerados” por Cink Emprende, una empresa que “ayuda a emprendedores con proyectos en fase semilla u organizaciones en proceso de reinvención a maximizar sus posibilidadades de éxito”. Equánima ha sido seleccionada por Cink Emprende junto con varios más para beneficiarse gratuitamente de su plataforma por un tiempo. A cambio, ofrece a los coworkers participar en los FiloLabs, iniciativas de debate y reflexión que ayudan a pensar las cosas desde distintos ángulos, a combatir miedos irracionales o a poner sobre la mesa ideas preconcebidas.

Mª Ángeles Quesada nos cuenta qué pasa con las Humanidades, y cómo la Filosofía es útil por más que los ministros de Educación intenten hacernos ver lo contrario. Este vídeo (4min) es sólo un pequeño resumen de una conversación que duró un par de horas que a mí se me hicieron muy breves.

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La noche socialista es larga

Joaquín Leguina y José Acosta, en una imagen de 1990.

Joaquín Leguina y José Acosta, en una imagen de 1990 con la que el diario El Mundo ilustraba un reportaje de 2010 sobre los “20 años de guerra de guerrillas en la FSM”.

Nunca he ocultado mis opiniones. Ni antes en la calle ni ahora en Internet. Quien quiera conocerme, cuanto antes sepa quién soy, mejor para los dos. No tengo más dobleces que las que permiten una saludable vida familiar y social.

Pero suelo escribir poco de política en el blog, y hoy voy a hacerlo, como se adivina por el título del post. La frase de “la noche socialista es larga” viene de antiguo y aunque no sé su origen, sí recuerdo que se me quedó grabada en el congreso de la Federación Socialista Madrileña (ahora Partido Socialista de Madrid) de Alcorcón en 1997. Entonces estábamos cubriendo aquello algunos periodistas como Francisco Javier Barroso (El País), Javier Chivite (entonces COPE) y la que suscribe, por entonces también en la cadena obispal. Sé que se me olvidan compañeros, y perdonadme los que os sintáis postergados, pero la anécdota concierne a los que aquí menciono.

Se presentaron tres listas a aquel tumultuoso cónclave: la renovadora, encabezada por Jaime Lissavetzky, la “guerrista” o acostista, encabezada por José Acosta, y a última hora la de Izquierda Socialista, una candidatura encabezada por Antonio García Santesmases. Como un trasunto de cualquier congreso del PSOE a nivel nacional, aquél de la FSM en el Teatro Buero Vallejo de Alcorcón tenía los equilibrios muy justos entre las dos candidaturas más fuertes (Lissavetzky y Acosta) y al aparecer la tercera lista se complicaron bastante los planes. Sobre todo para los “alcaldes del Sur”, que ejercían el papel de “barones territoriales” pero a nivel regional, en la Comunidad de Madrid. Los papeles se repartían como si el congreso regional fuera una especie de reproducción a escala de lo que pasaba en el PSOE a nivel nacional. En vez de “barones”, aquí teníamos alcaldes del “cinturón rojo”. El objetivo era dar al PSOE la victoria en las elecciones municipales y autonómicas de 1999.

De aquel congreso recuerdo que las negociaciones se prolongaban hasta la madrugada. Los compañeros como Chivite y Barroso tenían la suerte de compartir el aseo de los delegados varones, que eran los que partían el bacalao. En ese momento de intimidad en que los señores mean de cara a la pared uno junto a otro como si no estuvieran sacándose allí la chorra, los compañeros se permitían departir con los delegados sobre el devenir de las negociaciones. En uno de los recesos, cuando la noche se hacía eterna y ya no sabíamos qué contar en los boletines horarios, Juan Barranco salió al baño y allí le asaltó Chivite con la pregunta de si quedaba mucho para llegar a un acuerdo. “La noche socialista es larga”, les dijo. Y ahí nació para mí esa frase, que seguimos utilizando cuando se tercia, porque se siguen produciendo situaciones similares a las que les viene la frase muy bien traída.

Las mujeres no podíamos sacar esos jugosos titulares del aseo porque la única mujer que pintó algo noticiable en aquél congreso fue Cristina Alberdi: casi a última hora, decidió que se ofrecía -¡se ofrecía!- para presidir la FSM con Lissavetzky de secretario general, aunque todos pensábamos que aspiraba en realidad a ser alcaldesa de Madrid.

La noche terminó sin acuerdo: los alcaldes del sur (que eran los que podían, con sus delegados, determinar si la balanza de la FSM caía del lado acostista o del lado renovador; Santesmases solo no podía) no se decidieron. Y entonces apareció, el domingo por la mañana, Felipe González. Señaló con su dedo a Lissavetzky, y como Dios, dijo: “este es mi hijo, el bienamado”. Los alcaldes dijeron “amén” y el congreso terminó.

Pero la noche socialista, que como digo es larga, no terminó. En Madrid la noche socialista apenas acababa de empezar.

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