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Madrid: aparcar o morir

Hoy era el día sin coches a la fuerza. Los niveles de contaminación, que llevan a la gente a la UCI (y al otro lado de la laguna Estigia, también) más veces de las que creemos, han obligado a limitar el tráfico en Madrid. Tenía yo ganas de ver qué pasaba si aquí se ponía alguna limitación a eso tan salvaje que es entrar con coche hasta la cocina en una ciudad con un centro tan relativamente pequeño que se puede cubrir a pie de lado a lado en poco tiempo. Como es lógico, eso tan humano que es la resistencia al cambio se ha hecho notar.

Madrid, desde fuera. Foto de Belence (flickr) https://www.flickr.com/photos/belence/

Madrid, desde fuera. Foto de Belence (flickr)
https://www.flickr.com/photos/belence/

Escuchando la radio desde ayer, cuando ya se anunciaba la “catástrofe” de tener que reducir la velocidad a 70km/h en la M-30 (en la que queda al aire, porque la parte soterrada ya está limitada a esa velocidad), pensé que hoy era un buen día (viernes, además) para probar a moverme de otra manera por el centro.

Sabía que hoy iba a estar prohibido el tráfico que busca aparcamiento y sólo da vueltas y más vueltas en primera, así que decidí combinar mi propio coche con transporte público y carsharing. Bueno, pues al final no me ha hecho falta transporte público. Os narro la aventura (si queréis ir hasta la línea en negrita que pone conclusiones, os ahorráis tanto detalle).

Salí a las 11.20 de casa (en Perales del Río, Getafe) con la radio puesta. “Caos”, decían. “Gente cogida por sorpresa”. Bueno, pues me encontré la A-4 despejada como un domingo. Tanto que pude detener la vista unos instantes en “la boina” y en cómo ésta teñía de marrón las cumbres de la sierra. Nada nuevo, por otra parte.

Llegué a Puente de Vallecas sin el habitual atasco en Méndez Álvaro, y subí por la Albufera. Tan llena como siempre o algo menos, pese a los usos indebidos de siempre: carga y descarga casi en mitad de la calle, paradas de particulares en la puerta de donde les viene bien… en fin, lo habitual pero la vía menos atascada que otros días similares. Y la conozco bien. Subí hasta la zona de Doña Carlota y allí encontré aparcamiento enseguida. “Caramba, pensaba yo que el efecto frontera iba a haber llenado esto”. Pues no.

Aplicación para parquímetros, hoy off

Aplicación para parquímetros, hoy off

Aparqué y anduve hasta el zapatero eficientísimo de la avenida de Peña Prieta, para pedirle que me arreglara unas botas que adoro. Este hombre es estupendo, llevo años viniendo aquí a que arregle el calzado, las maletas, las mochilas… es un crack. Desde su establecimiento, empecé a buscar el vehículo más cercano de una nueva modalidad que se estrenó ayer en Madrid, el de los Smart eléctricos. Es un servicio de alquiler de Mercedes Daimler en el que tienes que darte de alta por internet, instalarte una app, y luego que verifiquen en persona tu carnet de conducir.

Me gusta su planteamiento porque coges el coche en la calle y lo sueltas en la calle. Sin más problema. No tienes que dejarlo en una “base” determinada como otros sistemas de carsharing. Pensaba ir en Metro hasta el coche más cercano pero lo tenía al lado, en la calle Seco. Caminé cinco minutos y ahí estaba.

Seguí las instrucciones de la aplicación móvil, el coche se abrió… ¡ah, cómo me gusta un coche nuevo! Es la primera vez que conduzco un coche eléctrico. Tengo un Smart de gasolina y un Prius híbrido. Y una moto. He tenido ya de todo, pero esto es nuevo. Es agradable. Y fácil. Conduje hasta la calle Zurbano, cerca de Hacienda, donde aparqué en un santiamén en plaza verde y sin pagar porque los ecocoches eléctricos están exentos en Madrid. Costo del viaje: 3,99 euros. Mi primer viaje en coche eléctrico

Me metí en Hacienda. Más gente que en la guerra. Estuve allí dentro hora y cuarto sin preocuparme del ticket del parquímetro ni de nada. Hasta aquí todo bien.

Cuando luego fui a coger de nuevo el coche, es decir, a alquilarlo de nuevo, tuve que pedir ayuda al servicio de atención al cliente porque el coche no abría. Me decía el operario al otro lado del teléfono que me fuera a por otro vehículo, pero oye, quería ese y me ahorraba el tener que volver a efectuar los reglajes de asiento y espejos… “Salga y vuelva a entrar”. De la aplicación, quería decir. Así de simple. Salir y volver a entrar. Seguir las instrucciones y otra vez a conducir. Una recomendación: es importante llevar activado el GPS del móvil antes de iniciar el alquiler. De todos modos, a mí no me posicionaba demasiado bien y tenía que buscar los coches más próximos manualmente. Cosa fácil para quien conoce la ciudad, pero no sé para la gente de fuera cómo será.

Aprovechando que me quedaba tiempo, decidí ir a ver a mi madre, que vive cerca del Retiro. Allí pensaba finalizar el alquiler del coche aparcado en la misma puerta de su casa, pero… problema.

Mensaje en la pantalla del Smart...

“Lo sentimos, no se puede establecer una conexión en tu ubicación actual. Por favor, intenta aparcar en otra ubicación”. Por algún motivo (otras veces he tenido problemas para cerrar mi coche con el mando a distancia), inhibidores de algún tipo impiden que los datos de posicionamiento del coche te dejen finalizar el alquiler y cerrarlo para que otro conductor pueda hacer uso del mismo. En casa de mi madre pasa siempre. Sería conveniente hacer un mapa de esos “puntos oscuros” para evitarlos a la hora de aparcar. Porque es una lata.

Así que he subido a casa de madre, le he dado un beso, y casi he salido corriendo porque mientras tanto, el coche estaba abajo facturándome 19 céntimos de euro por minuto.

He salido de nuevo con el cochecillo, he bajado a la M-30 a ver qué tal estaba aquello (despejado, y eran las dos de la tarde de un viernes) y he dejado el coche aparcado en zona verde para que otro usuario pueda cogerlo más adelante.

La M-30, viernes a las 14.21h Increíble, ¿no?

La M-30, viernes a las 14.21h Increíble, ¿no?

Conclusiones:

Comparando los costes, ir en coche hasta Puente de Vallecas en Madrid desde mi casa, a razón de 30 céntimos el kilómetro (¿os he dicho que tengo un híbrido?), suponen 3,5 euros de ida y otros tantos de vuelta. Más 10 euros que he necesitado para el coche eléctrico, con visita a madre incluida, 17 euros. Si en vez de coger el coche eléctrico hubiera podido ir en mi propio coche, habría pagado los mismos 7 euros hasta Madrid más luego lo que anduviera por el centro para llegar a los sitios y para encontrar aparcamiento, más luego pagar la ORA o el aparcamiento subterráneo. No me ha salido más caro, he contaminado cero, y desde luego, he podido aparcar donde ansiaban hacerlo hoy miles de frustrados conductores que me miraban con curiosidad y envidia.

Es decir: hay opciones. Y ésta es fácil. Entiendo la resistencia al cambio, es humano, pero lo que no entiendo es la negación. Váyanse los negacionistas a una planta de pediatría en días de elevada contaminación y vean a los niños con bronquiolitis, con neumonía, escuchen las sibilancias de su distress respiratorio, vean sus ojeras de llevar noches sin dormir, no digamos sus padres. ¿De verdad podemos seguir quejándonos por no poder aparcar cuando hay gente que se ahoga literalmente en lo que echamos por el tubo de escape?

Otro día hablaré de los problemas de comunicación de Manuela Carmena. Pero otro día.

ACTUALIZACIÓN 14 Noviembre, 10.41h: Anoche salí de fiesta y volví a utilizar el servicio. Genial a la ida pero a la vuelta, de madrugada, volví a tener el mismo problema que en la casa de mi madre. El coche no conectaba con la red de localización y no se cerraba, así que tuve que llamar al servicio de atención al cliente. Me atendieron pasado un buen rato porque estaban todos los operadores ocupados. Una vez conecté, desde la oficina comprobaron mis datos, ubicaron el coche y enviaron una señal para cerrarlo de forma remota. Y me fui a dormir con el inmenso pesar por lo ocurrido en París.

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Cómo vender un tema “verde” a tu redactor jefe y que te escuche

Cuántos periodistas bienintencionados y motivados acuden cada día a su redactor jefe con un temazo sobre el cambio climático o la contaminación sin conseguir siquiera una pizca de atención. Todo lo más, levantan las cejas un instante y, mirándote por encima de las gafas de cerca, expresan toda la ironía de que es capaz el rostro humano. A continuación te despachan con un “eso da para un breve”, “es viejo”, o “habrá que contar lo que dicen los escépticos, ¿no?”.

Es dificilísimo vender un tema ambiental a los medios generalistas. En la prensa escrita, digital o no, todavía. A la tele, ni en broma. Y el mismo problema que tienen los redactores lo tienen los responsables de Comunicación que intentan colocar en los medios su material sobre asuntos ambientales.

caty IMG_8219Sin embargo, y como aquella irreductible aldea gala de Astérix, la Agencia EFE ha demostrado que hay mercado para la información ambiental con Efeverde, un servicio de noticias en el que trabaja Caty Arévalo. Periodista experta en información ambiental y una de mis mejores amigas desde hace años, la entrevisté para preguntarle por qué es tan difícil publicar en verde.

Lo primero que me deja claro es que el problema no es local, español, sino global, “aunque los problemas en los países en desarrollo son diferentes que en los países desarrollados: en los primeros, pesa más la falta de formación de los periodistas”.  Mientras, en los segundos, la presión de lobbys relacionados con los combustibles fósiles es el factor más poderoso. Aunque parezca increíble, básicamente esa presión se ejerce de forma difusa y tiene efectos constantes en lo que leemos, vemos y escuchamos, por ejemplo, sobre el cambio climático. Grosso modo, nos hacen creer que existe controversia acerca de ese cambio, y sin embargo la comunidad científica está mayoritariamente de acuerdo (en un 97%) en que el cambio existe, se está produciendo y es causado por la actividad humana. Sólo una mínima parte de los científicos duda de ello, y la mayoría de los científicos que dudan ni siquiera son especialistas en el tema.

“A ese factor, que es muy poderoso y hay que tener siempre en cuenta, hay que sumar que los periodistas no siempre están bien informados, y que los científicos tienen reparos en comunicar”, explica Caty Arévalo. “Si a eso le sumas que a veces los mensajes de las ONG son demasiado negativos y catastrofistas, lejos de movilizar lo que consigues es generar la inacción y el desinterés del público”.

Son todos ellos factores que, por sí solos, disuadirían a cualquier editor o redactor jefe de poner los escasos recursos de su redacción al servicio de la información ambiental. Pero el factor del lobby fósil sigue siendo clave: “En la reciente cumbre del clima de Lima, fue interesante ver que, frente a los equipos negociadores de la mayoría de los países, integrados por técnicos funcionarios, los de algunos países petroleros como Arabia Saudí estaban integrados por abogados de gabinetes muy potentes de países como Estados Unidos. Me da la impresión de que esos abogados se pasan el año preparando cómo el hecho de cambiar una coma o una palabra en un texto puede rebajar la ambición de la negociación”.

Esa acción “difícil de detectar”, según Arévalo, hace que países cuya única fuente de riqueza es el petróleo pese tanto en las cumbres del clima, “donde los acuerdos requieren el consenso de cerca de doscientos países”.

Bien, hasta aquí hemos definido el problema a nivel político y global.

Pero seguimos sin saber por qué nuestros redactores jefes, nuestros medios de comunicación, no informan adecuadamente sobre estos temas. La lista de motivos -y todos suman- es considerable. Caty Arévalo los ha definido así:

– Se ha demostrado cómo hemos venido dando mucho espacio a los escépticos del cambio climático: “La industria de los combustibles fósiles utilizó la misma red de la industria del tabaco, los mismos científicos, para negar el cambio climático. El mismo científico que negaba lo dañino que era el tabaco, aparecía años después en los medios negando el cambio climático. ¿Por qué? Los medios les dan cobertura por su prestigio como altos cargos de la administración”. Y, añado yo, porque uno de los elementos que hacen que algo sea noticia es la controversia. Sin conflicto, no news, que diría Warren.
– De lo anterior deviene un “mal uso del equilibrio y la imparcialidad”, como mencionaba al principio: “Se está trasladando a la sociedad que hay división en la comunidad científica cuando realmente desde hace 20 años hay consenso en que el cambio climático es fruto de la acción humana, no de variaciones naturales: no hay debate real en torno a esto”. De ahí que muchos científicos se nieguen a aparecer en debates televisivos en que un negacionista discute contra un miembro de esa mayoría de científicos que está de acuerdo en las causas “humanas” del cambio climático. “Cuando aparezcan 99 científicos debatiendo contra un negacionista, iremos”, argumentan. Está bien, pero el problema es que eso deja al espectador sin información, y el vacío lo llena el negacionismo y el catastrofismo.
– El abuso absoluto de la narrativa del desastre y de la crisis hace que la gente vea que no hay manera de solucionar el problema. Según Caty, “es un recurso fácil para contar lo que está pasando, sobre todo en la televisión, pero se ha demostrado nefasto porque la gente, cuando no ve solución, no quiere saber más ni seguir leyendo”.
– Los científicos son gente honrada y reconocen cierta incertidumbre en torno a los efectos del cambio climático. Los médicos dan diagnósticos o esperanzas de vida que muchas veces no se cumplen. Un veterinario cree que un perro mestizo de origen desconocido alcanzará un tamaño medio pero puede no acertar y así lo reconoce. Igual que los meteorólogos, los estadísticos o los demoscópicos reconocen un cierto grado de incertidumbre a sus previsiones del tiempo, del tráfico o de intención de voto, y sin embargo ahí siguen, consiguiendo primeras páginas. “La incertidumbre científica no suele ser bien entendida por el gran público, que la confunde con la ignorancia, y los medios han presentado muchas veces la incertidumbre como si ignorancia fuese”, insiste Arévalo. Este factor ha aumentado la confusión en torno al tema, y esa confusión afecta muy mucho a la percepción del fenómeno que tienen los editores.
– La falta de conocimiento y especialización en los reporteros, sobre todo en países en vías de desarrollo. A juicio de esta especialista, “el cambio climático es un tema muy complejo de entender y de explicar, que no tiene que ver con el frío o el calor que haga un verano, que es lo que la gente percibe. Y esa falta de especialización también se da en los editores, en los jefes. Es difícil que sin periodistas especializados haya buenas informaciones”.
– La eventización del cambio climático. “Se intentó hacer un gran evento en Copenhague y hubo tantos periodistas acreditados como en unos juegos olímpicos (unos 4.000)”, recuerda Arévalo. “Eso supuso que los redactores jefes y las televisiones lo presentaran como el encuentro que iba a decidir el futuro del planeta. Los medios generaron tanta expectación que el hecho de no conseguir lo que se esperaba dio la imagen de que se acabaron los intentos de buscar solución”. Gestionar mal las expectativas es parte del problema.
– El panorama mediático que hay ahora mismo tampoco ayuda. “Está todo el mundo perdido, no hay modelo de negocio. Vivimos gobernados por la inmediatez loca de Twitter, y se presta poca atención a los temas que requieren meses de investigación o una cobertura regular”. A esto se suma el “todo por el clic”. “Este no es el mejor contexto para informar sobre el cambio climático, desde luego”, añade.
En su opinión, las soluciones van a pasar por informar sobre el cambio climático “indicando cómo va a afectar a la salud o la economía, mejor que hablar de los efectos del desastre en sí mismo”. Y enfatiza: “Es fundamental contar que hay solución, porque la hay y estamos a tiempo”.
También es cierto que todos hemos visto una clara polarización ideológica en la información sobre el cambio climático, como antes la hubo en los límites de velocidad o en la prohibición del tabaco. La derecha, que estaba contra los límites de velocidad, de alcoholemia, o de las restricciones a los fumadores, es más negacionista. La izquierda, llama a la acción y a poner límites a lo que la derecha entiende como libertades (a fumar, a beber, a circular a tumba abierta) antes de que sea demasiado tarde. “Esta ideologización del problema es casi irreversible, y va a costar cambiarlo aunque confío en la gente joven, entre la que aún no se ha producido una polarización ideológica tan marcada. La generación que ahora tiene 14 o 15 años es la que va a poder cambiar esto”.
Pero, ¿y mientras? Caty Arévalo quita importancia a la cuestión: “Bueno, mejor información tampoco garantiza que la gente vaya a tomar mejores decisiones: los medios tenemos cierta fuerza, pero no tanta como nos creemos”.
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