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Tuits promocionados. Cui prodest?

Estamos hartos de decirlo. Twitter no es un buen lugar para exponerte si no tienes la trastienda bien limpia. Y menos pagando. Lo que voy a decir aquí igual molesta, pero como es mi opinión y tengo con qué soportarla, supongo que al menos servirá para dar motivos a todos aquellos que están en contra de pagar a Twitter por los promoted tweets.

Veamos algunos ejemplos recientes vistos en mi timeline.

 

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No quería hacer un sesudo análisis de lo evidente, pero me pregunto… ¿cuánto le costó a El Corte Inglés conseguir la escalofriante cifra de 30 retweets y 41 favoritos? ¿Los dueños del videojuego ya han demandado al establecimiento? Porque tela. Bueno, y eso por no hablar de la segmentación, evidentemente errónea, y el empleo de “venirse”, en según qué países de habla hispana, puede significar cosas que desconoce el redactor del tuit en cuestión.

Más ejemplos.

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En este caso, me preguntaba yo quién habría aconsejado a una aseguradora meterse en semejante berenjenal. Daba cancha a un amplio espectro de usuarios: desde los desengañados por la escasa cobertura de las pólizas en general (no sólo de Catalana Occidente en particular), hasta los interesados en la cuestión de la independencia o secesión de Cataluña. Y todo para conseguir el magro beneficio de 3 retweets, que suponemos amigos y familiares del community manager.

Este me encanta:

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Y aquí, con un retweet en dos días y dos favoritos, es donde yo veo la verdadera utilidad de los tuits promocionados: ¿Quieres saber qué está haciendo mal una marca y cuál es su problema de reputación? ¿Cuáles son sus trapos sucios? ¿Qué es lo que dice la gente, lo que cree la gente, qué tienes que esforzarte en contrarrestar si estás dentro como dircom o como director de Marketing? Pincha el tuit promocionado y entérate.

A veces, los que nos vemos en el espejo, somos los tuiteros y aparece nuestra simpleza:

 

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Moraleja: merece la pena promocionar un tuit si eres una ONG con buenas prácticas, porque las respuestas negativas de cuatro desalmados se ven compensadas con los retweets y favs de otros usuarios. Y si crees que algo en tu organización va mal, mira las respuestas porque han de servirte de orientación, como poco.

Ojo que también hay casos de éxito, hay algunos aquí. Las cifras no resisten ninguna comparación.

Con quienes más me he divertido últimamente ha sido con las campañas relacionadas con el reciclaje. Aparte de alguna triste metedura de pata en la publicidad convencional (unos mupis en el Metro “reciclaban” la imagen de Mariví Bilbao, un año después de que la popular actriz hubiera fallecido), gracias a los tuits promocionados de Ecovidrio vimos que hay cierta corriente de opinión a favor de que nos paguen por reciclar:

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El tema es que los españoles estamos ya muy viajados. Como tenemos gran parte de la juventud exiliada,  sabemos que en otros países reciclar te da unos céntimos, y aquí la cosa es bien distinta.

Todo esto ya pasa cuando una marca está en Twitter. Se expone a comentarios así, pero yo no habría visto los problemas de Nestlé o Ecoembes si estas compañías no hubieran pagado por aparecer en mi TL. Y creo que esto es algo sabido de sobra por muchos que siguen vendiendo tuits promocionados por -supongo- el margen que se llevan. ¿Qué otra razón puede haber?

 

 

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Reinvéntate tú

La última vez que trabajé en un medio de comunicación, integrada en una ruidosa redacción, espoleada por la hora del cierre, fue en 2009, en el extinto Diario Metro. Cuando cerró, supe que ya nunca más volvería a escribir en un medio, que aquello para lo que yo había estudiado y luchado durante toda mi vida iba a desaparecer. Supe que allí terminaba todo.

Entonces ya se empezaba a escuchar lo de “reinvéntate”. Muchos compañeros y amigos incorporaban la “reinvención” a sus bio de Twitter, a su perfil en LinkedIn, a su lista de tareas. A mí aquello siempre me pareció que era como hacer dos veces algo erróneo. Inventarse cuando lo más difícil en esta vida es saber quién es uno de verdad suena a ponerse una máscara, a idear “otro yo” que tape al anterior, que lo maquille y disimule. Re-inventarse es volver a cometer el error de esconderte a ti mismo. Como si te hubieran pillado en falta.

Pese a que 2009 ya queda lejos, sigo oyendo el “reinvéntate” como una orden que escupen bocas cada vez más indecentes. Directores de periódicos, empresarios, entrenadores personales, políticos, … ¡políticos! El pasado jueves volví a escuchar ese latiguillo y a leer a amigos míos que estaban, decían, reinventándose. Habían asumido ese mantra y ahí estaban, intentando deshacerse de sí mismos para ser otros, culpables de ser ellos. Me dolía porque es gente a la que aprecio y de cuya valía profesional puedo dar fe por escrito, por triplicado y por registro. Entonces posteé lo siguiente:

"Me ha costado décadas saber quién soy. Ahora lo sé. Al próximo que me diga que me reinvente le doy".

“Me ha costado décadas saber quién soy. Ahora lo sé. Al próximo que me diga que me reinvente le doy”

Como se ve, no estoy sola en esa percepción de que se nos está tomando el pelo muy por encima de nuestras posibilidades y paciencia.

Señores de la reinvención: llevo toda la vida innovando. Tengo 42 años y correo electrónico desde hace más de 20. Cuando ninguno de ustedes sabía qué era Menéame o Digg, yo ya los utilizaba para promocionar noticias y sacar temas (los colegas de profesión sabéis qué es eso), y no los sacaba de la portada de Menéame, sino de la lista de “pendientes” donde muchas veces había noticias más interesantes que lo que se promocionaba a portada.

Cuando ningún medio español utilizaba Twitter, yo ya tenía usuario (no el de ahora sino un seudónimo, bien es verdad) y aprendí a buscar historias para contarlas y a localizar posibles testigos de un suceso. Aprendí a escuchar y a monitorizar.

Cuando en 2008 ningún medio se hacía eco del pinchazo de la burbuja, en mi periódico contábamos la saturación de los juzgados 31 y 32 de Capitán Haya, juzgados de lo hipotecario, donde no daban abasto a desahuciar gente.

Años antes de que Efe comprara grabadoras digitales, yo ya tenía una porque Javier Chivite, que me conoce bien, me la había regalado por mi cumpleaños aunque costaba más de 30.000 pesetas, con lo que eso era entonces. Y cuando mucho después la agencia decidió que había que cambiar las cassettes por otra cosa, me dio las cuatro o cinco grabadoras digitales que había en el mercado para que las probara e hiciera un informe técnico con el que decidir qué modelo comprar a los redactores. Por lo que veo en los canutazos, en Efe todavía usan el que yo recomendé.

Cuando en 2009 llegué a la comunicación institucional dije que había que empezar a utilizar las redes sociales para comunicar y no se me hizo caso hasta que fue demasiado tarde. Quizá me faltó pedagogía, no digo que no. Pero hoy todos mis compañeros de departamento tienen Twitter y aunque nos han dispersado sembrando de sal lo que hicimos, seguimos conectados, comentando e influyendo.

Mientras, los directores de los medios de comunicación corren como pollo sin cabeza en busca de un nuevo modelo de negocio, un grial, una nueva “edad dorada” del periodismo, con cifras de ventas y publicidad cada vez más mortecinas, sin un futuro claro y sin saber qué hacer para salvarse del naufragio, y tratan de flotar hundiendo a sus diezmadas redacciones en el silencio, el SEO, el todo por el click. Señores, no se reinventen. Váyanse. Han llegado tarde a todo. Y dejen a sus periodistas hacer periodismo, que igual es lo que los ciudadanos echan de menos en sus medios. Váyanse pronto no sea que también lleguen tarde a la solución del problema.

Por lo que a mí respecta, no me pienso reinventar. No me he quedado atrás nunca. A los que desde su poltrona claman por la reinvención les llevo años de ventaja.

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Yo confieso que me distraigo

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A menudo vemos que determinados acuerdos, decretos leyes o noticias sobre nuevos abusos al común de los mortales se aprueban en días en los que está programado un derby o un “clásico” de fútbol. Veo a muchos tuiteros, cuyo enorme compromiso social les avala, criticar a cuantos comentamos en Twitter el partido del momento, y el reproche que se nos hace es el de “nos quitan tal cosa, pero seguid viendo el fútbol”.

Me gusta el fútbol. Y la Fórmula 1. Soy deportista y me gusta seguir determinados deportes porque me divierte. Soy competitiva, soy del Atleti, y me parece que la F1 es uno de los espectáculos más brillantes que existen. Me gusta también leer, leer ficción quiero decir; ir a la ópera -no puedo ir desde hace años, es muy cara- y al teatro, y por supuesto, por encima de todas esas cosas, el cine. Me gustan los besos, los que nos damos y los que deseamos dar aunque no podamos darlos. Y disfruto de montar en bicicleta, jugar al pádel y patinar cuando puedo, disfruto de viajar. Todo eso, lo confieso, me distrae de estar todo el día en la calle con una pancarta, con una causa. Es verdad.

Me distraen los besos de mis hijos, sus tareas del colegio, me distraen mis amigos con sus cosas, las cervezas en el bar, y bailar. Y el sexo me distrae. Me distrae cocinar y comer bien, que me encanta aunque el estómago ya no me deje disfrutar de determinadas cosas. Me distrae aprender nuevas habilidades que puedan serme útiles en el futuro, también eso me distrae.

Pero ¿quiere eso decir que ignoro lo que está pasando? Es decir, si tuiteo sobre la posible venta de Falcao por parte del dúo prescrito que dirige el Atlético de Madrid sin legitimidad ni vergüenza, ¿estoy faltando a algún deber ciudadano? ¿Quiere decir esto que las personas, sobre todo los tuiteros, blogueros y demás fauna webícola, sólo podemos tener en nuestro perfil un interés, una misión, una pasión? ¿Quiere esto decir que, cuando estás comprometido contra la desigualdad y la injusticia, no caben en tu vida la risa, el amor, la juerga, o el senderismo? Estas personas que hablan del fútbol como el nuevo opio del pueblo, ¿no tienen otros intereses que aquellos que manifiestan en su timeline? ¿No puede haber, entre quienes nos oponemos a los desahucios salvajes, a la ruina inducida desde el poder, a la desprotección de ancianos, niños y dependientes, espacio y tiempo para otras cosas agradables de la vida? ¿Acaso cualquiera que se interese por una carrera de F1 está a favor del desfalco que supuso el Gran Premio de Valencia? Me van a perdonar ustedes, pero me parece una forma demasiado simple de ver a las personas.

Es más, me parece que las personas que se comportan así en redes sociales, hacen un uso de su marca personal similar al que hacen las marcas comerciales. La que vende coches, sólo vende coches y sólo le preocupa el mundo que rodea al automóvil. Afortunadamente, las personas somos mucho más ricas, en matices, en claroscuros, en puntos de vista, en afectos y en intereses, que las marcas comerciales. Por eso creo que una persona no es una marca. Pero eso ya lo trataré más adelante, en otro post.

Supongo que hay perfiles también que sólo hablan de fútbol y no admiten ningún otro tema. Eso me parece también simple, pobre y triste. Porque entre otras cosas, la crisis económica, sus consecuencias, la burbuja inmobiliaria y otra serie de cosas que nos afectan y que son TT cada dos días, tienen mucho que ver con la forma en que el fútbol se gobierna desde hace años. Si sabes que los actuales directivos del Atlético de Madrid están condenados por apropiarse indebidamente del club, y empiezas a conocer sus amistades, y empiezas a hurgar en sus intereses, quizá comprendas muchas cosas.También en el fútbol hay protestas de gente consciente. Y todo está conectado.

Eso no quita para que yo siga disfrutando de todo aquello que, unas horas a la semana, me distrae, me emociona y me hace olvidar que vivimos en una isla rodeados de mierda.

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